Eurosport - sáb 10 may 20:57:00 2008
Rijkaard se va igual que llegó, sin hacer mucho ruido. El holandés aterrizó en 2003 para iniciar un nuevo proyecto en el Barcelona y se marcha cinco años después con cinco títulos, pero con dos años en blanco, demasiados para seguir al frente del banquillo culé.
Joan Laporta llega a la presidencia del Barça tras ganar, dicen que contra pronóstico, las elecciones del verano de 2003 tras el gobierno Gaspart. Bajo el brazo del entonces joven abogado y de Sandro Rosell llega una arriesgada apuesta para sentarse en el banquillo del Camp Nou: el holandés Franklin Edmund Rijkaard.
Como futbolista fue de sobra conocido por su juego y por sus muchos éxitos deportivos repartidos entre el Ajax y el AC Milan: siete ligas, tres Copas de Europa, una Supercopa de Europa y una Eurocopa con Holanda en el año 88. Como entrenador, antes de recalar en la ciudad condal era una auténtica incógnita: sólo unos meses de experiencia como ayudante de Hiddink en la 'oranje', más tarde seleccionador absoluto, y una temporada en la Eredivisie con un equipo de tercera fila, el Sparta de Rotterdam.
Con este escaso bagaje al frente de un equipo, el holandés tenía la difícil misión de devolver al Barça a lo más alto después de cuatro años sin un solo título y con un equipo inmerso en una plena crisis de identidad, de juego y de orden interno. Con él llegó Ronaldinho, el que más tarde sería artífice de su estilo sobre el terreno de juego, pero su primer año también fue en blanco. No obstante, ese equipo sí empezó a gestar lo que sería meses después tras una segunda vuelta de Liga espectacular. Nueve victorias consecutivas en la recta final, subcampeonato y a solo cinco puntos del Valencia, vencedor final.
Rijkaard y el nuevo Barça iban en serio, y las llegadas de Samuel Eto'o y Deco, especialmente, apuntalaron a un equipo diseñado para ganar títulos. Esta Liga no se escaparía, y los blaugrana ya iban luciendo un juego eminentemente ofensivo, de mucho toque, de constantes llegadas y con una media goleadora envidiable (el máximo realizador con 73 goles). Pero este perfeccionamiento del concepto futbolístico también se tradujo en una gran seguridad defensiva, en la 2004-2005 los culés también fueron los menos goleados (solo 29 en contra). La Champions fue la asignatura pendiente, el multimillonario Chelsea se cruzó en el camino de este equipo y en una dura y a la postre cruel ronda de octavos, el Barça dijo un adiós prematuro a su aventura europea.
Lo mejor estaba por llegar. Unos meses después Rijkaard sería testigo de una de las mejores temporadas en la historia del club, nada menos que otra liga y la segunda Champions League. El Barça practicó, de largo, el mejor fútbol del continente. Nadie le tosió en la Liga, incluso fue capaz de dar un baño al Real Madrid, con ese 0-3 y salir aplaudido del Bernabéu y en Europa se volvió a cruzar con el Chelsea, pero esta vez, las víctimas serían los londinenses. Ganaron en Stamford Bridge y en el Camp Nou, y fueron marcando un camino hacia la final de París, donde ganó, no sin apuros, al Arsenal de Wenger y Henry.
Como todos los ciclos, el declive empezó una noche de agosto en Mónaco. El Sevilla pasó por encima del Barcelona y le arrebató la Supercopa de Europa. Sería el inicio de ese cero de siete doloroso, con la Liga regalada al Madrid en las últimas jornadas. Esta última temporada ha sido un calco de la anterior, pero con el yugo de los 'Fantásticos' encima. Mala gestión de la que podría haber sido la mejor plantilla en la historia del club y final de ciclo evidente, ahí es donde empezó el adiós anunciado de Rijkaard.
A Frank se le ha acusado de muchas cosas. Por partes. La prensa catalana siempre ha demostrado tenerle muchas ganas, primero porque nunca ha dado pie a titulares polémicos, y segundo, en los pocos partidos que perdió el Barcelona en la primera etapa del holandés, se le tachó de ser un entrenador sin recursos tácticos y sin capacidad de reacción cuando el partido y el marcador no iban de cara. Esto último no solo lo piensan los colegas barceloneses, porque es cierto que en la segunda etapa, la que no ha habido ni un solo título, el técnico ha pecado de cometer el cambio fácil, el de Andrés Iniesta, por otra opción. Esto es solo un ejemplo de esas deficiencias, aunque haría falta un análisis más pormenorizado para desgranar sus fallos de pizarra.
De lo que no se le puede tachar es de arrogante, de estúpido o de hablar más de la cuenta cuando las cosas no han ido bien. Un entrenador que declara en una entrevista que hace "de todo por tener contentos a sus jugadores" cuando el método del látigo ha fracasado por sí solo (véase Koeman, sin ir más lejos), merece que éstos hubieran hecho algo más por él en estas dos últmas campañas. Este haya sido su error tal vez, dejar que sus baluartes se hayan acomodado (Ronaldinho) o como en el caso de Eto'o sí se hayan empeñado en perturbar esa paz perpetua dentro del grupo.
Todo esto, más no haber sumado ningún título en 24 meses, y no haber sabido manejar como toca la gestión de los 'fantásticos' este último año, igual que las voces disonantes en el vestuario, es lo que ha hecho que Rijkaard diga un adiós forzado a este banquillo. Sería injusto culparle a él solo de todo esto, pero más injusto sería que este entrenador, que ha hecho un poco más grande al Fútbol Club Barcelona, se marche dentro de dos semanas por la puerta de atrás.
Adrián G. Roca / Eurosport