Alonso y el significado de inocencia

Eurosport - sáb 15 sep 12:07:00 2007

De todos los pecados en los que puede incurrir un deportista, hacer trampas es el peor. Atenta contra el primer principio de cualquier competición, que no es otro que la deportividad. Alonso sabía qué tramaba su equipo, y nada hizo. Por acción u omisión, eso le hace culpable, o al menos, cómplice.

FORMULA 1 2007 Belgian GP Fernando Alonso (McLaren-Mercedes) - 0

Tanto Fernando Alonso, como Pedro de la Rosa y luego Lewis Hamilton - realmente no importa el orden de los factores, sólo que Alonso es el único campeón del mundo -, han ido demasiado lejos. Indultados, protegidos, agraciados, que la FIA les permita seguir compitiendo no les hace inocentes. Cuando menos, son cómplices. Cómplices de hacer trampas con reiteración, cruzándose decenas de correos electrónicos, con alevosía, durante bastante tiempo, y sacando ventaja de sus actos. Ellos o McLaren, que a fin de cuentas, es lo mismo. Cuánta ventaja, es incalculable. Pero en realidad es un detalle sin importancia. Se juzgan los hechos, no los réditos conseguidos.

El premio Príncipe de Asturias de los Deportes, como reza dentro de las bases de la Fundación Príncipe de Asturias, "será concedido a aquella persona o personas, o institución que, además de la ejemplaridad de su vida y obra, haya conseguido nuevas metas en la lucha del hombre por superarse a sí mismo y contribuido con su esfuerzo, de manera extraordinaria, al perfeccionamiento, cultivo, promoción o difusión de los deportes". Alonso no sólo ha mancillado el nombre del Príncipe de Asturias, sino que ha demostrado la clase de persona, o al menos la clase de deportista que es. No hablamos ahora de ser simpático ante la prensa. No se trata de ser altivo o engreído; reservado o introvertido, de hablar solo para una cadena de televisión o para una emisora de radio. Alonso ha ido mucho más lejos. Ha pasado la raya. Ha cruzado la línea. Ha hecho trampas, por acción u omisión. Sin escrúpulos, y aún peor, sin ningún remordimiento, como demostró el mismo día de la sanción de la FIA, cuando recalcó lo tranquilo que estaba mientras llegaba al circuito de Spa, mientras en la sede de la FIA se decidía el futuro de McLaren. Total, al asturiano le daba lo mismo su equipo. Él ya tenía la palabra de la FIA acerca de su inmunidad. Él se había salvado. Yo, mí, me, conmigo, en singular. A él no le iba a pasar nada, y nada le importaba lo que fuera a ocurrir con McLaren, la escudería tramposa. En su mundo, Alonso vive para él, como ha demostrado. Quizá es cuestión de ser pragmático, pero la diferencia entre la honestidad y la no honestidad es que el fin no justifica los medios, y mucho menos en el deporte, que vive sobre todo de ciertos códigos inquebrantables. El honor, el respeto a las reglas del juego, son sagradas. Alonso es el Citius, Altius, Fortius, pero desde ahora, con trampas.

Sólo el más rancio de los chauvinismos es capaz de mirar hacia otro lado mientras ve en Alonso una víctima, o un testigo. Testigo protegido, lo llaman algunos... No. Alonso es culpable. Culpable de espionaje. O cómplice, que da lo mismo. Él se ha beneficiado del espionaje del equipo. Es culpable de conocer secretos de Ferrari. Culpable de estafa: a la competición, a los aficionados, a sus rivales. Y le han pillado, al tiempo que pillaban a McLaren. No se puede ver un santo en Alonso y un villano en McLaren. Que él haya salido limpio de toda la trama se debe a la parte oscura del mundo del deporte de elite que nadie entiende.

Alonso, a estas alturas cada vez está más claro, ha hecho trampas. Como Hamilton y De la Rosa. Y como todo McLaren. Pero Alonso es el campeón. Alonso es Magic. Sus seguidores se cuentan por legión. Él ha hecho nacer un deporte en España. El crédito es todo suyo. Alonso es el Principe de Asturias más joven de la historia. Y es el propio Fernando Alonso quien lo deshonra. Por analogía, su caso es exactamente igual de grave que el ciclista que se dopa, el árbitro que amaña partidos, el equipo que compra árbitros. Un Iban Mayo, un Tim Donaghy, una Juventus de Turín. Alonso es el estudiante modélico, premio fin de carrera, pillado copiando en el examen. Por eso el bochorno es de dimensiones incalculables, aunque este eco esté completamente silenciado.

Alonso seguirá su vida. Se irá de McLaren, donde dicen sus incondicionales que se siente maltratado, y puede que vuelva a Renault. El deporte es tan irónico que puede que un día acabe en Ferrari, que es el Brasil de la Fórmula 1. Y no pasará nada. Eso ya lo hemos visto antes. De momento, Alonso se va con el horizonte despejado, y nadie osará cuestionar su campeonismo. De hecho, volverá a ser campeón del mundo, casi con toda seguridad, ahora o en el futuro. Pero no. Nunca más será un gran campeón. La historia queda ahí para siempre, escrita.

Carlos Monasterio / Eurosportnews
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