La Liga - Un partido plácido (que no es poco)

Eurosport - lun 17 mar 18:09:00 2008

En Madrid quedan cada vez menos barberías y esto es un problema gravísimo al que la autoridad no presta la atención que merece.

FOOTBALL 2007-2008 La Liga Atl. Madrid-Levante Diego Forlán se abraza a un aficionado tras lograr un gol - 0

Antes en Madrid abundaban las barberías de barrio en las que los barberos el cortaban a uno el pelo a navaja o a tijera y le daban loción Floid si le daba por afeitarse, pero ahora no hay más que peluquerías franquiciadas unisex en las que señoritas con camisetas negras le dicen a uno cómo se debe cortar el pelo. Se lo dice la señorita al cliente, sí, como lo oyen, y no al contrario. Uno le dice que quiere el pelo como toda la vida, a juego con su rebeca de lana y su camisa Oxford y su reloj de cuerda y sus gafas de pasta y su aspecto de tipo sin nada que contar salvo si acaso las deudas y la señorita le dice a uno que no, que los rasgos de su cara requieren otra cosa. Y lo dice normalmente de una forma despectiva: ese corte de pelo no le va, dice, no le va a Vd (es un decir, porque le tutean a uno sin pedir permiso), no le va con esa cara redonda, con esa nariz tan grande, les falta decir con esa cara de triste, o de imbécil, o de pobre hombre. Además luego le llenan a uno la cabeza de productos de olores penetrantes y de gel fijador que le deja a uno el pelo duro como la madera, como a esos proto-punks que usaban agua con azúcar para fijarse las crestas y de paso atraer a todas las abejas de la comarca. Y le cobran. Y mucho. Le insultan a uno, le hacen oler como una señora saliendo de misa, le hieren la autoestima y le cobran una fortuna.

Antes, cuando no existía el reguetón y las medias del Atleti eran de lana gruesa, uno iba al barbero, al barbero de su calle, al de siempre, al que le había cortado a uno el pelo desde chico y que conocía sus gustos y pretensiones y los remolinos del pelo de cada cliente. Con una especie de bata o blusón azul claro o blanco con un bolsillito por el que asomaba un peine, el barbero, más bien el Maestro Barbero, le cortaba a uno el pelo exactamente como uno quería y le daba palique y sabía si uno era del Atleti o si le gustaban los toros o si le interesaba invertir en bolsa. A veces uno pedía un afeitado y entonces al barbero se le iluminaban los ojos, agradecido ante la oportunidad de lucirse ante la concurrencia. Y le enjabonaba a uno con el mimo de un restaurador de óleos flamencos, y le afeitaba con suavidad y precisión quirúrgica y le daba una loción o un tónico o como fuera que se llamara antes lo que ahora llamamos afterséif y presumía de apurado y uno se pasaba la tarde tocándose la cara, suave como el mármol. Y además te cobraba poco y siempre lo mismo, precios oficiales que aparecían en un cuadrito enmarcado sobre la pila de los lavados. El barbero era el único que te cortaba el pelo, el único del que te fiabas, el refugio seguro en el que cobrar confianza antes de una entrevista de trabajo o de una cita con una morenaza, un demiurgo. Pero las barberías ya no son negocio y los maestros barberos no encuentran aprendices a quienes transmitir su arte, no encuentran chavales dispuestos a pasar su vida inclinados sobre calvas y pelazos, no pueden competir con el glamour de las franquicias de nombre italianizante. Y luego está lo de Sweeny Todd. Los barberos desaparecen como desaparece el lince y las barberías van cerrando y por cada una de ellas que cierra quedan cientos de clientes huérfanos, sin rumbo, resignados a ponerse en manos de desconocidos/as con camisetas negras que le afean a uno haber nacido con entradas.

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Ayer el Atleti jugó un partido plácido, tranquilo como una tarde de sábado, relajado como un rato en el barbero. No sufrió y eso es noticia siempre que el Atleti juega contra un equipo de la parte baja de la clasificación, y no se llevó ninguna amarilla, y eso siempre es noticia. Forlán jugó bien y marcó dos goles, y eso casi no es noticia ya, y a Agüero, algo despistado a ratos, le bastaron dos o tres cositas para dejar claro quién es quién y por qué hay que tener más cuidado con él que con cualquier otro. Como contrincante, el Levante (de quien ahora hablaremos, tras esta licencia poética).

Salió el Levante con medio pie en segunda división y sin cobrar y nadie lo diría. Limitados en calidad individual y algo desmoralizados por los acontecimientos, los jugadores del Levante jugaron como si algo serio se jugaran y eso es de agradecer a esta plantilla tan maltratada por su propio club, que no les paga. Sé yo de poca gente que trabaje sin cobrar y éstos son unos. Puede que los jugadores aprovechen los partidos para enseñarse a otros equipos (algo por lo que no se les puede criticar), o, por más inusual que nos parezca, puede que lo hagan por profesionalidad y vergüenza torera. El caso es que el Levante vino vestido de verde limón (una crueldad innecesaria para una plantilla que no cobra) e intentó jugar y ganar y no dio ni una patada y estaría feo por parte del que suscribe, siempre defensor de las buenas costumbres y aferrado a los tiempos en los que las cosas no se hacían sólo por interés, no dar las gracias a los jugadores del Levante por lo visto ayer, aunque fuera poco.

Son necesarios varios nombres propios para ilustrar la crónica de un partido sin historia: Simao, por bueno; Cléber y Pablo, por pitados; Camacho, por ausente; Forlán, por costumbre, de quien casi no hablaremos que luego nos llaman parciales y partidistas y partisanos y hasta parabólicos. Así que Forlán va servido por hoy, miren con qué rapidez despacho yo algunas cosas.

Simao jugó bien, y eso no es noticia pero sí una buena noticia. Simao vio que enfrente tenía a Descarga y lo aprovechó, entrando por su banda con autoridad y vocación incisiva. Simao tuvo un detalle feo al devolver un balón en un bote neutral, presionar y provocar que Descarga la echara fuera. Los dos discutieron cómicamente sobre lo ocurrido y Descarga le dijo pero hombre, cómo me la mandas ahí y Simao le dijo pero hombre, si te iba fácil y Descarga le dijo será fácil para ti, que yo soy Descarga y Simao dijo ajajá. Un rato después Simao entraba por la banda de Descarga, se iba a la línea, amagaba, se iba para dentro y le pasaba un baloncito a Forlán que Forlán metió con autoridad y le dio un abrazo a un señor del Peñarol que carga con la bandera del equipo de su alma de fondo en fondo. Antes Simao había marcado un gol así en voz baja, dándole flojito a un balón que le llegó rebotado a la cabeza y que al portero del Levante le dio vergüenza coger para no darle un disgusto a la hinchada colchonera. Simao llega bien a los partidos más importantes de la liga, algo que el equipo agradecerá y sobre todo agradecerán Forlán y Agüero, hasta ahora muy solos en la pelea por meter goles. A principio de temporada uno esperaba buen juego y veinte golitos entre Maxi, Simao, Reyes y Luis García y por ahora sólo cumplen el segundo y, en menor medida, el primero

Ya de salida, cuando el señor de los videomarcadores cantó los nombres, se pitó a Cléber y a Pablo. Se pitaba a ambos cuando tocaban el balón y también cuando no lo tocaban. Se pitaba a dos jugadores distintos con pasados distintos y a uno, que tiene poco que hacer, le dio por pensar qué se pitaba en realidad. A Pablo, Pabloque para el Forzaatleti, se le podía pitar por su feo gesto pasado de firmar con un candidato a la presidencia del otro equipo grande de la capital, y mira que se le ha pitado ya por eso a este chiquillo. Se le pitaba también, cree uno, por jugar mal y por fallar en momentos importantes y por dejarse quitar la posición por jugadores que abultan menos que él y por no entrar a rematar los corners con la autoridad que su envergadura debería conferirle y por meterse goles en propia meta. Cruel, puede ser, pero así son las cosas del fútbol y en parte esos pitidos potenciales van en el suculento sueldo de los futbolistas. Que sea justo o indicado hacerlo es otro cantar. Pero el caso es que Pablo no encaja bien las críticas de la grada y se pone nervioso y saca la lengua y la quiere dar con una pierna y la da con otra y no siempre en la dirección adecuada. Pablo paga por sus flirteos con el enemigo y paga también su propia blandura a la hora de enfrentarse a sus hechos pasados y lo demuestra jugando descentrado, perdiendo el sitio y moviendo las piernas como Lina Morgan cada vez que le toca despejar un balón.

El caso Cléber puede ser distinto. Piensa uno que se le pita por no ser bueno, por dar la bola muchas veces hacia atrás y por aportar poco. Pero sobre todo se le pita por estar ahí en vez de Camacho, que es otro de los primeros y privilegiados nombres propios protagonistas de esta frase aliterada y, ya de paso, de todo el texto. A Cléber se le pita porque no está otro, y así se pita a Aguirre por ponerle y no poner a Camacho, y por haber echado a Maniche y dejarnos con Very Cléber. Se pita de paso al director técnico, ese señor con traje que habla de equipos grandes sin tener claro qué son ni quiénes son, y se pita a la directiva por no gastarse el dinero en jugadores clave, por decir una y otra vez que el club no tiene un duro a pesar de haber vendido todo salvo las rayas del escudo y el tocado plumífero de Indy. A la directiva, dicho sea de paso, también se le abronca desde la grada y desde la entrada del campo, por más que la prensa nos venda que la afición está a partir un piñón con el dicharachero presidente de la entidad y loca por irse a la Peineta. Pero a lo nuestro. Cléber se lleva una bronca que quizás no merezca y pone la cara que ponen los señores que van a un bar a comprar un mechero y se llevan un guantazo de propina dirigido a un cliente que faltó a Curro Romero (que, todo sea dicho, es algo que bien merece un guantazo). Jugó Cléber pitado el primer tiempo, e intentó hacerlo bien y aportar algo y como vio que le iban a pitar en cualquier caso, en el segundo tiempo se dedicó a recorrer el círculo central dando pasitos cortos y mirando el partido de lejos. No quiso Cléber aprovechar las facilidades del rival para lucirse y prefirió mirar el paisaje mientras Raúl García corría lo que en él viene siendo habitual, o sea, mucho. Y fue Raúl García quien se fue a la ducha para que entrara Camacho, porque vio Aguirre que si sale Cléber del campo se lleva una pitada horrorosa y no era cuestión de amargarle el día al pobre. Así que salió Camacho y el poco rato que estuvo lo hizo bien, y también lo hizo bien Miguel de las Cuevas, que incluso hizo un par de buenos pases largos y nos dejó a todos, otra vez, con las ganas de verle más rato.

Una cosa sí echamos de menos en el partido de ayer: las pruebas. Antes, cuando el Atleti se fiaba de sí mismo, cuando venía un equipo de la parte baja de la tabla y en dos semanas se jugaba el ser o no ser, se hacían pruebas. Salía un chaval de la cantera de lateral, se probaba con el líbero jugando de medio centro y con un interior de extremo, a ver qué tal. Ahora no. Tan justito parece el equipo que las figuras tienen que jugar el partido entero hasta cuando sería mejor probar a otros. Los suplentes no cuentan ni para enfrentarse al último de la clasificación de la liga y primero en la lista de acreedores. Todo un síntoma, piensa uno, todo un síntoma. El entrenador no se fía de la plantilla, y de hecho muchos futbolistas del primer equipo no se fían de algunos compañeros y otros no se fían de ellos mismos . Mala noticia cuando al Atleti le toca ir a casa del Sevilla, un rival incomodísimo que ocupa un puesto injusto para su potencial con un centro del campo que puede provocar pesadillas en jugadores y afición colchonera. Y luego a Villarreal a jugar contra un equipo que nos suele peinar a raya. El Atleti se juega todo en dos partidos fuera del Calderón y los precedentes no invitan a la juerga sino más bien a la penitencia y el recogimiento cofrade, a recorrer las calles del centro con un cirio y un capuchón. O a comer torrijas, que en eso sí que somos buenos.

Carlos Fuentes / Eurosport