Valladolid, 28 may (EFE).- El ex director deportivo del Real Valladolid, José Luis Pérez Caminero, compaginó, a lo largo de tres temporadas, una gran capacidad para sacar máximo rendimiento al poco dinero con que contó para construir plantillas, con una "elegancia" digna de los mejores diseñadores.
El madrileño (8 de diciembre de 1967) accedió a su cargo en el verano de 2005, un año después de que el equipo vallisoletano descendiese a Segunda División con él como jugador. Víctor Orta, actual secretario técnico del Sevilla, le acompañó en la temporada 2005/2006, constituyendo así un tándem que reemplazó a Santiago Llorente.
Entonces, tras doce meses viendo los toros desde la barrera, Caminero decidió arrimar el hombro, subirse al carro de un nuevo proyecto cuyo objetivo era regresar a Primera, y aprovechar su sapiencia futbolística con el fin de otorgar un aire renovado (con un talonario muy limitado) a una plantilla recelosa y dividida.
En aquella temporada, el proyecto fracasó, en buena medida debido a que no se encontró el entrenador (Marcos Alonso y Alfredo Merino) capaz de exprimir un grupo en el que algunos futbolistas convertidos en deidad cobraban por encima de su rendimiento.
Hacia el final del campeonato, el Real Valladolid coqueteaba con el descenso a Segunda División B y estuvo a punto de "echar la persiana". Los malos vicios de años anteriores lastraron la primera temporada de Caminero con un estatus en el Real Valladolid distinto al de capitán.
Una campaña en la que los trajes impecables, las gafas de sol y su pelo negro engominado definían una apariencia diferente a la que poseía cuando estaba en contacto con la misma hierba que ahora le gusta pisar, aunque sea vestido de Emidio Tucci en vez de Kelme.
Dos móviles, uno en el bolsillo derecho del pantalón. El otro pegado a la oreja, "tratando" alguna incorporación o baja. En el pie derecho, un balón que mima, sabedor de cuánto le ha brindado en la vida.
Como jugador, Caminero será recordado por el regate a Miguel Ángel Nadal, por conseguir el 'doblete' con el Atlético de Madrid y brillar en el Mundial de Estados Unidos. Aquel campeonato del Mundo en el que Italia nos eliminó en cuartos de final enseñándonos su libro de estilo al completo y en el que él se erigió como el mejor jugador español del momento.
Su historia con el Real Valladolid es distinta. Más bien, casi entraña devoción por unos colores por los que ha llorado, tanto de alegría como de tristeza. Un ascenso y un descenso como futbolista en dos etapas diferentes marcaron el devenir de su historia balompédica fuera de los despachos.
Dentro del que acaba de desocupar, entre los vídeos y la televisión de 29 pulgadas, aún reside el orgullo de devolver a una ciudad a la elite. El ascenso que logró cuando consiguió dar con la tecla adecuada: José Luis Mendilibar.
Fue hace dos temporadas y con el técnico vasco en el banquillo, Caminero consiguió el entendimiento para sentar las bases de un Real Valladolid que, después de haber alcanzado la permanencia en la campaña de su regreso, en la que, según él, iba a ser "la Cenicienta", es un equipo en el que nadie hace la guerra por su cuenta. "Hombres en vez de nombres". Una nueva filosofía.
Pero en estos dos años también le ha dado tiempo para bloquearse mentalmente. El sufrimiento, la incertidumbre y la tensión le han agotado hasta el punto de no cortarse la melena o afeitarse la barba hasta que se alcanzase un determinado objetivo. Eso sí, manteniendo siempre "la percha".
Ha habido contrataciones que no han funcionado, otras que, de momento, están por explotar, mientras que, en el caso de jugadores como Joseba Llorente, Álvaro Rubio, Borja Fernández y Sisi González, su aprovechamiento ha sido alto en virtud de la cuantía económica desembolsada por ellos.
Ahora, Caminero ha optado por cerrar su ciclo con el Real Valladolid debido al "desgaste". Su próximo objetivo: sacarse el carné de entrenador nacional y cimentar una carrera como técnico.



