Si alguien espera que utilice este blog para atizar sin piedad a Pablo Laso, creo que es mejor que no siga leyendo. No lo hice en su día con Ettore Messina, enorme entrenador. Y me quedé prácticamente solo en su defensa. Laso no es Messina, es evidente por su trayectoria, pero su apuesta me parece coherente, mirando lo que tiene en la plantilla. En el Real Madrid hay una buena dosis de talento. La mayoría de sus jugadores tienen clase, una técnica individual sobresaliente y una forma de entender el baloncesto que aconseja correr. Correr y correr.
Hoy en día, sin embargo, solo con el talento, no le ganas a nadie. Sobre todo en partidos señalados en rojo en el calendario. En el almanaque de Grescrap Bilbao Basket, en la fecha de ayer, 8 de febrero de 2012, había un círculo rojo. Rojo sangre. El equipo de Fotis Katsikaris iba a afrontar uno de los partidos más importantes de su historia. Una historia longeva, pero que ha cobrado nuevos bríos en los últimos dos años, hasta colocar a los hombres de negro a la altura de los grandes equipos de España. Faltaba sellar el pasaporte europeo. Y se hizo por la puerta grande, apelando al espíritu Miribilla (ése que va camino de conocer Kirilenko antes de retornar a la NBA), con un entrenador formidable y un grupo de jugadores con un carácter titánico, entre los que destacan una columna vertebral de ex madridistas por el mundo, que tienen evidentes cuentas pendientes con el club de Chamartín.
Aaron Jackson estaba muerto, dormitando al menos. Hasta que el pasado domingo resucitó en Madrid. Su partidazo y la tángana final enrabietaron al norteamericano, que volvió a dejarnos anoche su mejor versión. Aaraon Jackson en modo jugón está en el Top 5 de bases de la Euroliga. Y ayer se merendó a sus homólogos blancos. Y Mumbrú le dio una lección a Suárez y Singler. Y Vasileiadis, tremendo, le demostró a Carroll y Pocius que la clase y la vena de la yugular hinchada no son incompatibles. Y Fischer, Banic, Hervelle y Mavroeidis le demostraron a las torres blancas que la unión hace la fuerza y que con intensidad se suplen las posibles carencias.
Y, sí, en el banquillo, Katsikaris transmitía fuerza, mientras que a Laso, atónito, le faltaba carácter en los tiempos muertos que seguramente llegaron demasiado tarde.
El bochornoso comienzo de partido del Real Madrid requería gritos más que jugadas
Falta de actitud. Falta de actitud en un partido vital. Y otra vez en Miribilla, donde los blancos parecen salir acomplejados por un rival que va camino de convertise en su bestia negra, nunca mejor dicho. Tras un partido como el de ayer, toda crítica es más que merecida. Incluso las más feroces. La actitud, como el valor en la guerra, se presupone. Todo se le puede perdonar a un equipo en un mal día. Todo, menos la actitud. Y en este sentido, algunos jugadores empiezan a quedar marcados. Son, evidentemente, los que ya estaban con Ettore Messina el año pasado en el famoso partido ante el Montepaschi Siena. Un partido intrascendente que provocó la dimisión del técnico italiano. La historia se repitió semanas después en Miribilla con Molin en el banquillo. Todos esos jugadores están en deuda con el club que les paga, todos han sobrepasado los límites en el epígrafe de actitud.
La constatación del hecho la situamos en uno de los tiempos muertos pedidos por Pablo Laso en el tercer cuarto. Laso hablaba, mientras la mayoría de jugadores giraba la cabeza hacia otro lado, con la mirada perdida. La mirada del complejo Miribilla.
@fernan_ruiz




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