Más preocupado por el césped y el frío que por la categoría de su rival, el Real Madrid se plantó en Moscú con la intención de evitar cualquier susto. Mourinho ideó un equipo con más músculo (Khedira) y más trabajo (Callejón), evidencias de que pretendía un equipo compacto, serio, ordenado y poco dado a conceder alegrías. Con la vista puesta en el Bernabéu y con el objetivo de no encajar gol, el Madrid mandó siempre en el partido. El CSKA se encomendó a Doumbia y Dzagoev, pero apenas fue capaz de inquietar la meta de Casillas, bien protegida por Ramos y Pepe. Con el Real asentándose y con Xabi Alonso marcando su territorio como medio sostén, llegó un contratiempo inesperado para Mourinho. Benzema se rompió y dejó su lugar a Higuaín. La jugada, por desgraciada, arrancó una mueca de Mou. A la espera de una primera exploración de los médicos, el de Setúbal animó al francés y arengó a los suyos a controlar todavía más el partido. Sin prisa pero sin pausa, el Madrid fue cogiendo ritmo y aunque no pisó el acelerador a fondo, descargó varias acciones sobre la meta local. Primero una combinación de lujo, culminada por Higuaín y Callejón, salvada por el portero in extremis. Después, un disparo alto de Cristiano, implicado en esa evolución más gregaria que le demanda su entrenador. Eran claros avisos de que su superioridad era abrumadora y de que, si metía el turbo, la zaga rusa acabaría entregando la cuchara. Eso se produjo después de un fallo en cadena de toda la retaguardia del CSKA que, imitando los números circenses de la mujer barbuda, se empeñó en hacerle llegar la pelota a Cristiano Ronaldo. El luso, que se ofreció siempre, engatilló un zurdazo seco y adelantó al Madrid. Los rusos, sin capacidad de respuesta, parecían asustados. El Madrid, sin agobio alguno y con más comodidad de la prevista, alcanzó los vestuarios con el botín más preciado en su poder, un gol fuera de casa.
En el segundo acto, el Madrid siguió ejerciendo un control total. El CSKA era ingenuo, apenas tenía fútbol y sólo proponía pelotazos directos. Pepe, cómodo ante el incordio de Doumbia, se creció. Esa era la buena noticia. La mala, que Özil, intrascendente, se diluía bajo cero. Los moscovitas, en plena pretemporada, después de tres meses sin competición, sentían las piernas de madera. Pero el Madrid no parecía demasiado animado a liquidar el pleito. Los rusos querían, pero ni sabían ni podían. El Madrid sabía y podía, pero tal vez no quería. Así que el partido, de manera inevitable, decayó hasta niveles soporíferos. Aburrido del juego de su propio equipo, Slutsky reaccionó y decidió mover el banquillo: metió a Oliseh (profundidad) a Honda (fibra) y a Necid (torre). Más desorden. Ambos equipos, con el Madrid contagiado del ritmo cansino del CSKA, corrían como un coche de bomberos hacia un fuego equivocado. El partido languidecía, el Madrid se recostaba en su ejercicio de practicidad y Mou daba entrada a Albiol para frenar la última acometida local. Cristiano, Ramos y Callejón, pudieron sentenciar el partido. Pero entre su falta de puntería y la ausencia de una pizca más de ambición, el Madrid perdonó. Los rusos llegaron con vida a la orilla, asomaron al balcón del área y cuando el choque agonizaba, Wernbloom metió la pierna para fusilar, a quemarropa, a Casillas. Fue el triste epitafio final para un Madrid tan superior como mate. El Real se fue de Moscú recibiendo un castigo con una moraleja extrema: Quien perdona, paga. Volverá a la competición doméstica con sensación agridulce. Dolorido por haber sufrido un accidente innecesario cuando había extremado las precauciones para evitarlo y pendiente de la lesión de Benzema, pero satisfecho por tener la eliminatoria de cara.
Rubén Uría / Eurosport


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