cholosimeoneLas oficinas del Atlético de Madrid SAD son el camarote de los Hermanos Marx. La agencia de compra-venta de jugadores (y ex jugadores, que ahora está de moda), no escatima en fuegos artificiales. El trasiego de representantes (Mendes y Quilón nunca dejan remite en el sobre, para no dejar sus huellas), la deuda astronómica de la entidad (215 millones sólo con Hacienda, que no somos todos), las reformas por derribo (finiquito de Manzano, espectáculo circense) y los masajes navideños al oculto (Gil Marín pasó revista, sin polígrafo una vez más, en diferentes medios de comunicación) forman parte de la enésima huida hacia adelante de la propiedad. Su jugada maestra responde a un protocolo de actuación habitual: la culpa nunca la tienen ellos. Por eso llega Diego Pablo Simeone, un ídolo. Nada mejor que una bandera para tapar la realidad. Pero el problema atlético jamás ha sido de entrenador. La familia Gil lleva estrangulando al Atlético 24 años. Tres datos avalan la inestabilidad y el clima de autodestrucción que ha sufrido el club gracias a sus 'modélicos' gestores: En 1987, el Atlético tenía ocho Ligas y el Manchester United, siete. Durante toda la era Gil, el Atlético logró ganar una y mientras tanto, el United conquistó doce. Y mientras que en los últimos 24 años el Manchester United sólo ha tenido un entrenador (Alex Ferguson), los Gil han incurrido en 49 cambios de entrenadores. Gran 'gestión'.
A ese historial se enfrenta Simeone, un entrenador con un libro de estilo que habla de compromiso y que tiene como frase de cabecera una máxima: 'El esfuerzo no se negocia'. El argentino debe ser una inyección de vitamina B-12 en un equipo que necesita recuperar su autoestima, su ardor guerrero y su identidad, códigos que sí maneja Simeone. Su ascendente sobre Falcao (ambos están muy unidos desde su época en River), su presión en el centro del campo (estilo Bielsa) y su agresividad ('en la vida hay que creer y dejarlo todo') pueden imprimir el carácter que demanda la grada, harta de un equipo sin alma. Sin embargo, Simeone no sólo asume un reto profesional clave en su carrera de entrenador. También asume el riesgo de firmar con los Gil, con unos superiores que sólo atienden a su negocio, descapitalizando y desmantelando la parcela deportiva siempre que sea una bendición para su bolsillo. Que le pregunten a Quique Sánchez Flores [De los 14 jugadores que conquistaron el título europeo en Hamburgo, los Gil han vendido a ocho y si finalmente venden a Reyes, serán nueve]. Nadie mejor Simeone para pacificar los ánimos. Y nadie mejor para la propiedad, que pone alfombra roja al 'Cholo', arrogándole el papel de salvador la patria y recuperador del sentimiento atlético (como si los Gil alguna vez hubieran entendido qué demonios significa eso), con un discurso populista en vena.
Simeone, torniquete momentáneo de un club devorado por la grangrena, sujetará el negocio de dos tipos que siempre recurren a lo único que se les da realmente bien: echar al técnico. Simeone tiene carisma, cierto, pero ¿cómo va a encajar ese carácter, nada diplomático, en los pasillos de la SAD? Tendrá que convivir con ejecutivos que tratan a la afición como clientes y que están acostumbrados a pagafantas de turno, a los que despiden sin saber para qué los habían contratado. Hasta ahora, Simeone tenía lo único que Gil y Cerezo, condenados por los tribunales, jamás tendrán: Credibilidad y cariño de la afición. Ahora se convierte en un empleado más del Gilifato. Tendrá que luchar contra el sistema, pero desde dentro del sistema. Por eso Gil, culpable, y Cerezo, marioneta, presumen de su nuevo escudo nuclear anti-misiles. Contratan un paraguas perfecto. Con Simeone en la trinchera, muchos dejarán de girar el cuello al palco. En esa silla eléctrica se han sentado 35 antes que él. Sólo Luis Aragonés salió ileso del desafío de escalar el Everest con mochila y sin sherpa. Por eso le descartaron. A él jamás le pudieron mangonear. Suerte para Simeone. La va a necesitar.
Rubén Uría / Eurosport


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