• Fibra bajo fibra

    Terminado el quinto partido de las Finales, con los Spurs agitándose en el escenario por la celebración del título, Dwyane Wade y LeBron James subían al estrado de prensa para poner punto final a la temporada. La intervención de James giraba entre dos pulsos. Uno, el merecido elogio a los campeones. “Eso es un equipo y así debería jugarse al baloncesto”. Y otro, el debido freno a las preguntas sobre su futuro y si la derrota alteraba los planes. “Ni siquiera he pensado aún sobre ello”.

    Con el sudor residual que la ducha no había logrado aún detener, era una obviedad. James decía la verdad,

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  • El baloncesto no es una ciencia. Y nada más afortunado que no lo sea. Su realidad, siempre cambiante como un ente vivo, admite mejor el vasto campo del arte y ensayo, de la creación múltiple sin una única fórmula, de la proliferación de caminos que conduzcan a Roma.

    Por eso el baloncesto es uno de los deportes más ricos jamás inventados. Porque su estrategia multiplica las formas de ganar. Entre los Celtics de 1974, los Sixers de 1983 y los Lakers de 2001, tomando tres ejemplos campeones casi al azar, el volumen de diferencias aplasta al de similitudes que no explica a solas la circunstancia

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  • Hay algo inédito en Kawhi Leonard. Algo aún no traducido. Encontrarle precedentes es revolver a ciegas en el baúl y sacar trozos de diverso tamaño de Tayshaun Prince, Andrei Kirilenko, Doug Christie, Eddie Jones, Latrell Sprewell, Dan Roundfield y hasta Bobby Jones. Tan extraño resulta que preguntado por él su compañero Jeff Ayres daba una respuesta impecable: “Kawhi Leonard is different”. Y como nadie sabe hasta qué punto lo es y cuánto recorrerá del camino que lleva tiempo trazando, todavía queda lejos el molde mayor, el más fascinante y morboso de todos: Scottie Pippen.

    Hoy Leonard parece

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  • Russell Westbrook pertenece a la incómoda especie de jugadores que abren posturas extremas sin posible acuerdo intermedio. A sus 25 años no admite la condición de maldito porque no ha cubierto tres cuartos de carrera. Pero a tan pronta edad simboliza como nadie el estigma de villano. Los motivos son a un tiempo difusos y concretos. Y cabría destacar tres: un exceso hormonal en su juego, una aparente burla a la tradición y la compañía de quien se ha ganado el corazón público como una estrella angelical.

    Aunque por lo visto, el reparto de papeles no da para dos buenos.

    Russell Westbrook

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  • Antes de su inesperado derrumbe tuvieron tiempo los Pacers de cobrarse una víctima, una sola, acaso la más inocente de todas. Hacía un lustro además que Greg Oden no volvía como jugador a Indiana, la tierra que lo vio crecer desde que sus padres emigraran allí cuando el pequeño contaba nueve años.

    Sucedió en la última gran victoria de Indiana en Regular, la que parecía sellar el Este luego de cinco meses ininterrumpidos de trono incontestable. Era la sexta titularidad de Oden, quinta consecutiva y a pantalla nacional, el mejor escenario para que innumerables curiosos que algo habían oído

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  • Unos Pacers, como caso oportuno, son imposibles al mando de Jimmy Dolan. La gestación de un gran equipo NBA suele precisar unos requisitos –equilibrio, draft, tiempo y mercado– a los que el dueño de New York Knicks ha mostrado una fuerte alergia los últimos trece años. En lo más profundo de su psique reside la idea de que las soluciones, antes que colectivas, son unipersonales, obra de un hombre elegido, de un chamán que prenda la chispa que haga arrancar el motor. Un motor el orden de cuyas piezas habrá montado Dolan de forma apresurada, diferente a los estándares y hasta contraria a lógica.

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  • En la progresión de los jugadores condenados a ser grandes, incluso muy grandes, hay siempre una deliciosa etapa inicial de pudor, una fase a salvo de pecado. Entre la arrogancia natural de una estrella y su fase embrionaria hay el mismo camino que entre el niño y el tirano. Por eso la personalidad no ha invadido aún a Anthony Davis. No tiene color ni peso. Es demasiado joven para eso. Y hay un contraste enorme, casi escandaloso, entre lo que es capaz de hacer y su juego en voz baja, como si aún le dominara el recato de no hacer ruido ni causar daño.

    Y sin embargo lo inflige.

    A eso de los

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  • Son ya cerca de treinta años que dura una apasionante controversia de salón bajo el título que da nombre al artículo, un fenómeno que desde 1985, fecha de publicación del estudio The Hot Hand in Basketball: On the Misperception of Random Sequences, ha movilizado a unos cuantos investigadores y puesto en cuestión uno de esos estados que parecen cobrar vida tal cual se producen y en cuya existencia creen firmemente los jugadores. No así los estadísticos.

    El fenómeno de la Hot Hand o mano caliente es una tendencia que el baloncesto traduce a través de esas rachas de acierto en el tiro que

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  • Mejor empezar por el principio. Cuando un jugador ha lanzado a canasta queda prohibido tocar el balón en su fase descendente así como hacerlo una vez la bola toque el tablero. Y queda también prohibido que las manos –compañeras o rivales– entren en contacto con el aro, la red o el tablero cuando el balón está en ese último tramo que precede a la posibilidad de canasta. El espíritu de la norma podría resumirse bajo la orden “¡no toquen nada!” cuando el balón se está pensando si entrar o no. Estas restricciones forman parte de un conocido paquete de nueve puntos dentro de lo que el reglamento
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  • Encierra también su interés medir a los jugadores por el impacto visual que causan. Preguntarse por qué unos pocos ejercen como una automática atracción en el observador. Y no hay partido con los Timberwolves por medio que Kevin Love no devore la pantalla a dentelladas, que no resulte absoluto protagonista de la velada sin que el signo del desenlace importe, ya sea para detonar una explosión numérica o regresar abatido al banquillo con ese imponente orgullo del espartano herido.

    Solo que de ambas cosas juntas empieza a saber Love demasiado. Incluso más que nadie. De hecho, desde su llegada a

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  • A diferencia del baloncesto de equipo, que conserva en el tiempo unos patrones estables, el baloncesto individual, el que define jugadores, tiende a romper con el pasado, a alejar y menguar lo anterior y en algún caso a humillarlo. Por eso no podemos enfrentar a Mikan y Shaq sin caer en el sadismo. Como tampoco ignorar que Paul George simboliza algo muy moderno que amplía las fronteras de la posición más abierta de todas. George se nos ha echado encima en una era que creíamos blindada a James y Durant.

    Su entorno es además ideal.

    Parecían los Pacers venir a replicar el modelo Pistons 2004, o

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    Javonte Douglas

    Es una entrada corta. Pero la promueve la emoción de lo insólito. En el baloncesto hay, como en los demás deportes, terrenos por lo general inalcanzables que rara vez fueron conquistados. Están ahí y dormitan en silencio. Son límites, barreras invisibles, que si alguna vez trascienden quedan entonces poderosamente grabadas en la retina. 

    Y la retina no sabe de registros. Sí de imágenes.

    Una de estas fronteras se expresa en el baloncesto al hipnótico momento en que la cabeza de un jugador alcanza la altura del aro. Un acto que todavía hoy sigue siendo objeto de rarísimo dominio y, por ello, de

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  • A propósito del periodo posterior a la hipnótica The Jinx (1969-1987), que impedía repetir título, la temporada NBA 2014 arranca con un escenario similar al formulado en 1988 (Lakers), 1990 (Pistons), 1992 (Bulls), 1995 (Rockets), 1997 (Bulls), 2001 y 2010 (Lakers). O lo que es lo mismo, por la presencia de un patrón hegemónico en vías de consumar la proeza menos común del palmarés: el Threepeat.

    En un abrir y cerrar de ojos Miami tendrá así la privilegiada posibilidad de unirse a Celtics, Lakers y Bulls como el cuarto equipo en tripitir y el tercero no llamado Celtics o Lakers en alcanzar

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  • Durante toda su carrera, cuando los números no alcanzaban la patológica profundidad de hoy, Wilt Chamberlain hubo de sufrir el desprecio de la crítica, que le contemplaba como un dominador inútil, un ganador de batallas pero no de la guerra. A su retirada en 1973, con sus facultades intactas, Chamberlain esgrimía una defensa pueril y veraz: “Nadie quiere al gigante”.

    No pasaría un lustro antes de que el mismísimo Abdul-Jabbar, que ya contaba un anillo, saborease la ingrata sensación de recibir su quinto MVP a la vez que feroces reproches por despedir la temporada con un 0-4 a manos de los

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  • No es descabellado considerar sus siete años en Orlando por 93 millones de dólares como uno de los contratos más ruinosos jamás firmados. Tampoco es incierto que Grant Hill se sintiera durante todo aquel tiempo profundamente culpable. Y aún más veraz, que nada pudo hacerse más que lo que se hizo.

    Grant Hill falleció como estrella para siempre un partido maldito de Regular. Sucedió en Philadelphia, a una semana de los playoffs del año 2000 al torcerse el tobillo izquierdo. Una torcedura y la lógica molestia. Nada más parecía. Y por prudencia fue apartado las tres noches restantes. Pero no de

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  • Este miércoles se cerraba la contratación de Igor Kokoskov como asistente de Mike Brown, de vuelta a los Cavaliers. Juntos y acompañados gobernarán la próxima temporada los destinos del ilusionante proyecto de Ohio. Brown sigue siendo un experimentalista. Kokoskov, un brillante gestor de pizarra que presagia pronto futuro.

    Con 27 años, en 1999, Kokoskov debutaba como asistente técnico en Estados Unidos con la Universidad de Missouri. Un año después ingresaba en la NBA y ahí sigue desde entonces. En 2010 se convertía en ciudadano americano de pleno derecho. Sin embargo ciertas líneas de prensa

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  • A los 21 años, uno después de ser nombrado mejor novato y dos de ingresar en la liga, Amar’e Stoudemire recibió el mejor regalo posible en el nombre de Steve Nash para disparar su sentido y carrera. Si el base canadiense era la guinda a los delirios ofensivos de D’Antoni igualmente lo sería para la explosión definitiva de Stoudemire, a cuyo perfil de martillo vino Nash a ejercer de mortífera mano durante los siguientes seis años.

    Con la perspectiva todavía fresca la figura del Stoudemire de Phoenix tiene su interés. Mientras las nuevas atribuciones de su posición transitaban entre la

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    Que el baloncesto es bello es una verdad a medias. Por primavera, por eso del ganar y que la vida vaya en ello, prefiere enfangarse hasta los tuétanos. Belleza y victoria no se niegan. De hecho suelen terminar juntas. Pero hasta que lo consiguen suelen desairarse la una a la otra más de lo que sería deseable.

    Los preliminares del anillo son buenos tiempos para la épica y malos para la lírica. Solo que alguna vez, rara la ocasión, también se cuela el verso en plena batalla. Y merece entonces muy mucho ver lo que ocurre.

    Cuando la belleza asoma la vista se detiene, desaparece todo lo demás y

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  • Mike D’Antoni no era primer plato. Por no ser, ni postre. Era el siguiente paso improvisado a un desfile de absurdos iniciados a la ruptura entre Phil Jackson y Jim Buss, una reyerta de orgullos que terminó por liquidar la opción más razonable al adiós del primero. Que Brian Shaw no ocupara el banquillo angelino se debió únicamente al deseo de Buss de secar hasta la última gota de la era Jackson. Aunque para ello tuviera que humillar a Kupchak a la vil condición de subordinado. Sin nada que decir ni decidir.

    Con el núcleo del vestuario aún vivo la llegada de Mike Brown invertía por completo

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  • “Indiana’s defense has been the gold standard in the NBA since Day 1” (Kevin Arnovitz).

    En el transcurso de la temporada valen tres tipos de proyecto: el intacto, así como está Miami, el quebrado, donde cae la estrella (Chicago) o la mitad del equipo (Minnesota), y el intermedio, donde valorar pérdidas de diverso grado. A este tercer grupo pertenece el equipo de Indiana.

    Cuando los Pacers tocaron techo, en la semana del trade deadline de febrero, el Indianapolis Star presionó a la directiva –Donnie Walsh y Kevin Pritchard– para realizar un traspaso. A través de un valiente editorial Bob

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