La Unidad

Homo Erectus

Los tiempos avanzan una barbaridad. Así miramos desde abajo a la ingeniería, la tecnología o la medicina. Sin embargo no es menor el asombro al comprobar que la ciencia nada puede hacer por un hombre sano y robusto en la primavera de la vida. En una versión más siniestra incluso mueve al escalofrío un diagnóstico —falta de cartílago— cuya peor previsión advertía que de seguir jugando al baloncesto los huesos que unen las rodillas sufrirían una fricción directa, sin nada que los separe y almohadille, como las primitivas chascas de sílex para prender fuego. "Si continúas es muy posible que en unos años ya no puedas caminar" (Don Roberts, ortopedista, Portland T. Blazers).

El hombre común, de vez en cuando perplejo por esos milagros que cuentan quitar un injerto de aquí y reponerlo allá, unas manos de muerto que sirven a la vida o un nuevo rostro donde no lo había, se pregunta cómo es posible que la ciencia no sea capaz de bajar a la carnicería a comprar cuarto y medio de cartílagos para las rodillas de un deportista. No hay que darle más vueltas. No se puede hacer nada. Ahora que se apaga la noticia nada salvo despedirnos.

El caso de Brandon Roy remite algo a la tragedia sufrida por Andrew Toney luego de una plenitud de también cinco años. Que el bueno muera pronto no suele ser común ni en el cine ni en el deporte. Y más raras aún las carreras de apenas un lustro suficientes para recoger un brillante legado. Algo que recordar para siempre.

A Roy pudieron incluso bastarle cinco partidos. Su estreno tuvo lugar en Seattle: 20 puntos. Al siguiente, 19. Tres partidos después quedaba fuera otros 20. Esta breve secuencia lo cuenta todo: su tierra natal, el rango de anotación donde quedará mejor definido, una adaptación inmediata y la sombra de las lesiones. Así empezó y así ha terminado.

Decía Beckley Mason que durante sus postrimerías en la Universidad de Washington Roy era ya el mejor jugador de baloncesto, profesional o no, natural de Seattle, como si el mundo no supiera nada entonces. Aún hoy sorprende que aquel joven estuviera cerca de no haber sido nunca universitario por algunos de esos defectos que se cuentan en el cerebro. A edad escolar flaqueaba en la lectura, la dicción, la comprensión y todo aquello relativo a la expresión. Antes de que el esfuerzo brindara su recompensa Brandon encerraba algo de discapacitado. Ya más tarde, para poder sufragarse los estudios, se empleó limpiando contenedores en el puerto de Seattle a once pavos la hora. Su premio, la graduación. Y un sueño al alcance, la NBA.

A ella llegaría en una de esas posiciones algo alejadas mediáticamente del podio. Por delante de él, Andrea Bargnani, LaMarcus Aldridge, Adam Morrison, Tyrus Thomas y Shelden Williams. Una sexta plaza vía Minnesota para terminar en Portland, donde su técnico, Nate McMillan, siendo aún jugador en Seattle, había apuntado su nombre en una libreta durante el campus que presidía cada verano, cuando nadie podía siquiera intuir aquel matrimonio futuro.

De cuantas cosas ofreció la temporada NBA de 2007 una de las más firmes se instalaba en aquel joven escolta de los Blazers, que para enero abría tal diferencia con el resto de novatos que para cuando tuvo lugar la votación coparía 127 de las 128 primeras posiciones. El galardón lo llevaba grabado en su camiseta: ROY (Rookie Of The Year). En la historia de la NBA tan sólo un jugador había alcanzado ese premio con menos partidos disputados que él. Pat Ewing lo hizo con 50 en 1986. Roy con 57.

Desde el primer segundo de juego Brandon presentaba tan insólita madurez que Zach Randolph, el último vestigio de la infame era Jail Blazers, acabaría siendo traspasado a final de año como la prueba final del cambio de rumbo. Su adiós abría definitivamente la puerta a Brandon Roy para iniciar una nueva era que ni siquiera precisó de transición.

Ya en su segunda temporada sucedió al 5-12 inicial una racha de 13 victorias seguidas en diciembre con el absoluto mando del escolta. Sin que Oregon mediara Roy era presentado ya a nivel nacional como "The Face Of The Franchise", la de más joven plantilla de toda la NBA. Sancionado felizmente por McMillan el liderazgo era cosa suya y esa misma temporada ya era All Star, cita a la que habría estado condenado anualmente.

En adelante Portland figuraba un esquema sencillo, casi esquelético. Mediante una fe que rozaba el dogma McMillan impuso en los jovencísimos Blazers una disciplina militar cuyo mando en pista tenía como alfa y omega a un solo jugador. En una plantilla sin el concurso de Greg Oden pero con la sucesiva presencia, fresca y atlética, de LaMarcus Aldridge, Nicolas Batum, Martell Webster y una pareja extranjera —Sergio Rodríguez, Rudy Fernández— que parecía proyectada hacia la velocidad, el sistema McMillan despertaría algún recelo en prensa y gran público por lo obtuso de los engranajes y el grosor de los barrotes, por la obsesión ciega en el juego posicional, de rehogado lento y lustroso, y un baloncesto blindado. Para ello era necesario un ejecutor y unas manos totalitarias. Esto era Brandon Roy.

Pero todo funcionaba. Pese a su juventud el equipo era regular y aplicado. Ascendía. Los Blazers habían dado el salto de calidad suficiente para que la creencia en el sistema les permitiera sobreponerse a un interminable desfile de lesiones y sumarse anualmente a los playoffs en el dificilísimo Oeste. Y nada de lo que ocurriera escapaba a las manos de Roy, de eficacia y liderazgo incontestables.

La simbiosis entre técnico y jugador no tenía parangón en la liga. Así los Blazers eran la velocidad de crucero de Roy. Marvin Williams, entonces en Atlanta, lo definía con gráfica precisión: "He's always patient". Y si el diseño del equipo era al mismo tiempo el de un jugador los Blazers practicaban el baloncesto de menor ritmo de toda la liga. Así cuando el cronista de Portland, Jason Quick, ilustraba a Roy por el "methodical tempo of his play" lo estaba haciendo con el equipo entero.

Roy no era sólo ritmo y promedio. Para febrero de 2009 acumulaba un total de 24 canastas que igualaban o adelantaban a su equipo en el marcador con menos de 35 segundos de juego. Y por encima de todas ellas, el hiperbólico triple ante Houston en noviembre de 2008 para vencer en la prórroga, una de esas acciones símbolo de consagración. Para su tercera temporada Brandon estaba ya instalado en la élite de las estrellas. Alcanzaría entonces el segundo mejor quinteto de la liga, un honor ignorado en Portland desde Clyde Drexler en 1992.

En aquel año 2009 los Blazers alcanzaban las 54 victorias, una cifra nunca antes conquistada por un equipo tan joven. Como apuntaba estos días Henry Abbott el gran logro de los Blazers de Roy pasaba por representar como nadie una segunda línea de ataque a los favoritos, a las franquicias más poderosas. En una NBA perdida en quimeras de igualación Portland irrumpía como la parte alta de la clase media, de mayor dignidad cuanto más joven el proyecto y mayor número de problemas parecían los Blazers conseguir superar. De ahí que pase por sobrante no superar la era Roy una primera ronda de playoffs. Todo sería cuestión de tiempo en unas condiciones que nunca fueron normales en Oregon.

La temporada pasada, cuando sus rodillas habían ya encendido todas las alarmas y sus minutos en pista se convertían en una limosna clínica, aún restaba al chico de Seattle el partido de su vida, una de esas noches de especial y genuina predilección, ahora lo sabemos además, frente a los Campeones. Para el futuro, revisar el cuarto partido de primera ronda ante Dallas, equivale a descifrar al Roy de mayor pureza, el del método y la fe como atajo a la gloria. Poco antes de finalizar el tercer cuarto los Blazers perdían por 23 puntos (44-67). Un triple de Roy dejaba la diferencia en 20. A partir de aquel momento, ante el público más entregado en Portland desde el anillo de 1977, Roy, sola y genuinamente Roy, encadenaba un total de 18 puntos como si hubiera hecho falta el doble para terminar con un 3+1 y un tiro a tabla que increíblemente les daba la victoria (84-82) igualando la serie (2-2).

Que fuera un espejismo no restó magia a una noche que terminaría, nadie lo sabía entonces, como su gran despedida. Porque allí se acabó todo por mucho que la noticia llegara meses después.

Una vez confirmada la desdicha toca perfilarle como jugador, algo relativamente sencillo dada su compacta naturaleza. Del primer al último día Brandon Roy fue siempre y con una exactitud asombrosa el mismo jugador.

Cerebral, metódico y ordenado, calculador hasta aburrir o hechizar, Ian Thomsen se atrevió a referirle hace tiempo en Sports Illustrated como "the backcourt version of Tim Duncan". Con ello se le concede el beneficio del baloncesto más técnico y edificante; se le admite así como Old School, un viejo honor editorial de elevar a un jugador por encima del plano atlético tradicionalmente atribuido a los jugadores de raza negra. Y más aún en las posiciones bajas.

Ya como novato fue bautizado por Brian Wheeler como The Natural por la aparente facilidad de su juego. Y sin embargo pocos jugadores más artificiales que Roy en lo que llevamos de siglo. Desde un prisma teórico Brandon Roy era un anotador pesado, ampuloso y barroco, que precisaba de tal tonelaje retórico para sus aclarados como brillantes terminaban resultando sus finalizaciones. Donde el tiempo escapa, Kevin Durant. Donde en cambio se detiene, Brandon Roy.

Roy nunca fue ligero. Su discurso en pista, de interminables secuencias de bote, abundaba en recursos de cadencia más suave que la robótica en Petrovic, pero de igual esplendor en detalles. Su deliciosa técnica de lanzamiento era un tributo al olvidado Brian Winters.

Con Roy se va un jugador que en términos positivos cargó con el peso de una franquicia, ahí sí, de manera natural, como sin esfuerzo. Pero a la vez se marcha un jugador aprisionado entre los barrotes de su propio molde, aún más acentuado al amparo de McMillan. Cabría sin él concebir una versión nadie sabe si más ligera de Roy. Tan sólo con algo menos de poder.

A sus 27 años nos deja un jugador melodioso, imponente, de fuertes pómulos, ojos hundidos y algo melancólicos, una fisonomía en pista hipnóticamente erecta y poderosa, uno de los exteriores, en suma, más elegantes que nunca conoció la liga. Su baloncesto serio de tomo grueso desaparece. Roy es ya un jugador de estantería. Una pieza de cristal que abrir sólo en las mejores citas.


Gonzalo Vázquez [también en El Punto G]

Últimos posts

Blogs destacados