Ojo a la lista

Blog Podio Olímpico: Oliver Twist (París 1900)

Me van a perdonar el comentario, o no, pero por si alguien no se ha enterado: puedo viajar en el tiempo -rollo neutrino- y he estado presente en todos los Juegos Olímpicos de la historia. Ya les conté la semana pasada como siendo un simple aguador gané el maratón de Atenas de 1896. Y en esta ocasión, les voy a descubrir cómo un niño de doce años, que pasaba por allí, fue y es el campeón más joven de la historia de los Juegos.

Hay chavales que acogotarían al mismísimo Freddy Krueger: pequeños delincuentes en potencia capaces de cualquier cosa. A veces esperando en el metro, parado en un semáforo o paseando por la calle uno se cruza con uno de esos que apunta maneras y mete miedo: quiero esto, quiero aquello, cállate y aquí mando yo, mientras una madre con más paciencia que el Santo Job le mira con cara de "yo lo mato". Y la verdad, poco o nada tienen que ver estos con los Oliver Twist de aquella época. Nosotros éramos niños curtidos a guantazos, con poco futuro, ningún presente y la necesidad marcada en el rostro.

Cuando uno vive en las calles no hay varitas mágicas ni ábrete sésamo. Eso son cuentos de chinos. La realidad era que éramos esclavos de nuestro tiempo y de la explotación infantil. Sobrevivíamos de las oportunidades que una gran urbe podía ofrecernos, en una época donde integrados en la Exposición Universal de París de 1900 se celebraban los segundos Juegos Olímpicos Modernos de la historia. Y fue allí, donde un día me cruce con dos remeros holandeses desesperados en busca de un timonel.

Resulta que la pareja de tulipanes, que a la postre ganaría el oro, descubrió en el último momento que su timonel excedía el peso reglamentario, por lo que se lanzaron a la calle en busca de un sustituto. Justo antes de la regata y a orillas del rio Sena, surgió la oportunidad. Roelof Klein y Francois Brandt me escogieron por azar, por unos francos y por bajito, pequeño y cabezón. Un golpe del destino para que -se me disculpe la metáfora melómana- un simple peón de negras se convirtiera en el Rey de las regatas de aquellos Juegos.

Es la repanocha la vida, nunca fui consciente de lo que acababa de conseguir. Y apenas recibí el premio en el podio me perdí entre el gentío sin mirar atrás. Sin saber, que me había convertido en un mito. Lo único que tenía en mente era acercarme a la inauguración de un mastodonte de hierros que llamaban la Torre Eiffel y que tenía a todos los parisinos 'encabronaos': 'Est une chateau de merde', decían algunos poniendo morritos. A mi, aquello me pareció 'magnifique'.

Podio Olímpico: El héroe olvidado (Atenas 1896)

Álvaro Ferreres

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