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Blog Podio Olímpico: El piel roja (Estocolmo 1912)

A lo largo de mis viajes en el tiempo -ya les conté mis peripecias en Atenas (1896) y París (1900)- nunca me sentí tan denigrado como en los Juegos Olímpicos de Estocolmo de 1912, donde bajo el nombre de Jim Thorpe gané dos oros, los del pentatlón y el decatlón, convirtiéndome en la estrella de aquellos Juegos hasta que me lo arrebataron todo por una norma injusta, a mi parecer, y por indio.

Todos me conocían como Wa-Tho-Huk -sendero brillante-, un seudónimo que definía mi origen y que me acompañó como una marca a fuego toda mi vida. Ser amerindio en los Estados Unidos a principios del siglo XX era como llevar taparrabos y un carcaj con flechas a la espalda, y si además eras una estrella del deporte, los prejuicios raciales se multiplicaban como conejos.

Por definición, el prejuicio es algo que antecede al juicio, es decir, que carece de una reflexión; además de ser irracional, ignorante y racista. Una retahíla de adjetivos que definen perfectamente por qué fui desposeído de las dos preseas que conquisté en aquellos Juegos.

Me crié en la nación Sac y Fox de Oklahoma, desde donde convertirse en atleta era algo poco más que imposible: una vez más fue el destino el que decidió por mí el día en el que paseando por la pista de la Universidad de Carlisle reté a varios saltadores locales de los que di buena cuenta. Un trampolín que me llevó a convertirme en atleta y a la postre en jugador de fútbol americano, béisbol, baloncesto, hockey sobre hielo y tenis. En fin, está feo que lo diga yo, pero era una bestia parda.

Llegué a los Juegos como uno más, pero pronto empecé a destacar y fui acumulando victorias a costa de rivales como George S. Patton, un chaval blanco y fibroso que años más tarde sería uno de los generales más destacados en la II Guerra Mundial. Los Juegos de Estocolmo fueron un rotundo éxito y dejaron imágenes que dieron la vuelta al mundo: como la del Rey Gustavo V de Suecia o el Zar Nicolás II de Rusia entregando a un indio enorme regalos para conmemorar sus victorias. En cuestión de días me convertí en una celebridad en los Estados Unidos y a mi llegada fui recibido como una auténtica estrella hollywoodiense. Se imaginan, un piel roja convertido en un héroe nacional.

Muchos pensarán que aquello era el sueño dorado de cualquier indio domesticado de la reserva, y no andarían desencaminados, pero la realidad me dio un guantazo el día que algunos periódicos yanquis publicaron que había jugado profesionalmente al beisbol antes de ir a los Juegos: por aquel entonces todos los participantes olímpicos tenían que ser amateurs. El COI, pese a que la demanda estaba fuera de plazo, me despojó de todos mis títulos.

La verdad de aquella sanción estaba cargada de connotaciones raciales, en un país donde los negros y los mestizos todavía tenían que ganarse el derecho a viajar en la parte de atrás de los autobuses. Durante toda una vida, Wa-Tho-Huk estuvo defendiendo su inocencia: en 1983 y de la mano de Antonio Samaranch, el COI devolvió los títulos a Thorpe, que hacía treinta años había muerto en la indigencia ahogado por las deudas y las sombras de su pasado. El pasado de un piel roja reconocido por muchos como uno de los mejores deportistas estadounidense del siglo XX.

Álvaro Ferreres

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