Ojo a la lista

Blog Podio Olímpico: El hombre que humilló a Hitler

Atenazado por el frío, muerto de miedo y hundido en el barro de una sucia trinchera del frente alemán, Lutz Long escribía su última carta a Jesse Owens. El germano presentía su muerte y pedía a su gran rival que le contara a su hijo quién había sido él realmente. Pocos días después moría en la batalla de San Pietro en la II Guerra Mundial.

"No sé si Lutz Long creía en Dios, pero de lo que sí estoy seguro es de que Dios creía en Lutz Long". Esas fueron algunas de las frases que escribiría años después Owens sobre su alter ego y amigo en su libro de memorias (Jesse, the man who outran Hitler).

Toda una declaración de principios cuyo origen se remontaba a los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, donde un negro de Alabama, un nieto de esclavos, un hijo de un recolector de algodón, derribó, con tres carreras y un salto —cuatro oros olímpicos y cuatro récords del mundo- la apología de la pureza étnica aria de aquellos Juegos, los de Adolf Hitler y el nacionalsocialismo.

Para la ocasión, la capital germana se inundó de esvásticas nazis y banderolas olímpicas, que salpicaban la avenida que lleva al Berliner Olympiastadion. Allí, bajo la atenta mirada de más de cien mil personas, tuvo lugar uno de los hitos olímpicos más importantes de la historia: en la ronda de calificación del salto de longitud, Owens hizo nulo en sus dos primeros intentos, y Long, su gran rival, se acercó a él y le indicó que debía de saltar unos centímetros antes de la marca para no arriesgar, ya que su salto sería suficientemente para poder pasar la mínima sin problemas. Y así fue.

Aquel gesto le costó el oro al alemán, ya que Jesse calificó para la final y le batió con un increíble salto de 8,13 metros. Un récord que tardó 25 años en batirse y que junto a sus preseas en el los 100m, 200 y 4x100 le convirtió en el Rey de aquellos Juegos Olímpicos, y a Long, en su mejor amigo y uno de aquellos alemanes que sí se enfrentaron al terror del régimen nazi.

jesse2Durante su estancia en el país teutón, Owens firmó miles de autógrafos y se le permitió viajar junto a los blancos y hospedarse en los mismos hoteles que ellos; lo cual en ese momento no dejaba de ser una graciosa ironía, ya que mientras en la Alemania nazi era considerado un ciudadano más, en Estados Unidos, lejos de ser un héroe nacional, fue olvidado antes de bajarse del avión.

"Cuando volví a mi país natal, después de todas las historias sobre Hitler, no pude viajar en la parte delantera del autobús. Volví a la puerta de atrás. No podía vivir donde quería. No fui invitado a estrechar la mano de Hitler, pero tampoco fui invitado a la Casa Blanca a dar la mano al Presidente", denunciaría años después el estadounidense.

Owens sobrevivió el resto de sus días haciendo de todo para ganarse la vida: corrió contra caballos, fue bailarín, jugó con los Harlem Globetrotters, despachó en una gasolinera y trabajó en una tintorería. Una cajetilla diaria durante más de tres décadas se lo llevó por delante a causa de un cáncer de pulmón: tenía 67 años y el honor de dar nombre a la avenida que lleva al Berliner Olympiastadion ... Si el Füher levantara la cabeza.

Álvaro Ferreres

Facebook - https://twitter.com/#!/alvaroferreres

Últimos posts

Blogs destacados