Rubén Uría

El año mágico del Atlético de Simeone

Está a años luz del mérito incalculable de milagros deportivos como el Levante (Moneyball en el Ciudad de Valencia) o el Rayo Vallecano, prodigios de rentabilidad deportiva en economía de guerra, pero nadie en su sano juicio podría poner en duda que 2012 ha sido un año histórico para el Atlético de Madrid. Un club que durante años ha vagado abrazado a la mediocridad del dúo prescrito, que lejos de contratar lo que necesitó el equipo, siempre fichó aquello que le venía mejor a su negocio. En apenas doce meses, envueltos en su enésimo proceso de autodestrucción, los aún propietarios sospecharon que el público tenía cuello para girarse al palco y se echaron en brazos de su penúltimo escudo humano, fichando a Diego Pablo Simeone. Paraguas, clavo ardiendo, ídolo. Una bala de plata para salvar su desastrosa gestión, propia de la teoría del absurdo.

Esa decisión, doce meses después, es una medalla que se cuelga una directiva que ahora presume de la estabilidad que jamás supo encontrar para la institución. Pero como hay cosas que ni siquiera ellos son capaces de estropear, el fichaje de Simeone ha supuesto mucho más que un bidón de óxígeno para los del palco. Una bendición para una afición condenada a dos décadas de desprestigio e ignominia. Con él se ha echado al monte la utopía y el Atlético cree en lo que hace, sabe a qué juega y a quién representa. Ha construido un equipo serio, ha moldeado un vestuario comprometido, ha logrado que el equipo pase de ser el hazmerreír permanente a ser una alternativa de poder, ha conquistado dos títulos y ha rubricado números que le otorgarían el liderato de cualquier campeonato europeo salvo en España, donde manda el mejor Barça de todos los tiempos.

Durante este año mágico del Atlético, no han faltado agoreros, falsos profetas y medios de comunicación empeñados en ignorar el mérito rojiblanco.  Acostumbrados a ocupar el mismo espacio mediático que la sopera oficial por cupones de Kaká, los atléticos han tenido que hacer de tripas corazón leyendo, escuchando y viendo, que sólo se ha mencionado al Atlético para vaticinar que era flor de un día, que Falcao se marcharía en cuanto le diese la gana al pagacláusulas, que el equipo se caería en diciembre y que el globo se desinflaría después de un par de derrotas. El Atlético, partido a partido, con la premisa de que el esfuerzo no se negocia, ha ido desmontando todas y cada una de las profecías de los apocalípticos. Sin duda, 2012 ha sido el año del Atlético.

Su evolución ha sido gigantesca: ya no se arrastra por esos campos de Dios, sino que pelea como un pequeño para ser un grande. Ya no se regodea en su maldito traje fatalista del Pupas, sino que lo pisotea cada fin de semana, con ambición y hambre. Y ya no se detiene en aquella fruslería de estar siempre pendiente del Madrid, sino que se mira en el espejo y sabe que para crecer todo empieza en uno mismo. No tiene los mejores jugadores que el dinero puede comprar, pero sí un es un equipo de autor con mayúsculas. El equipo de Simeone. Un entrenador que piensa en la grada y no en el negocio, que conecta con la hinchada y no es el testaferro de un negocio de dos. Que no se encuentra en el top-10 de mejores técnicos, porque no entrena a uno de los dos de siempre, pero que ha devuelto al Atlético al lugar que siempre le perteneció.

Bastan dos datos para ilustrar en qué se ha convertido este Atlético: el curso pasado, tenía 20 puntos en 17 jornadas, ahora tiene el doble, 40; y además, el Atlético, en 2012, ha alcanzado mejor porcentaje de victorias (40 de 58 partidos, 69%) que el Real Madrid de los récords el año pasado (41 de 60, 68%). Pueden seguir negando a este Atlético, seguir diciendo que se desinflará o seguir relegándole a un lugar marginal. Pero con cinco veces menos presupuesto que los dos de siempre y los números en la mano, el mérito está ahí. Antes de la final de la Supercopa ante el Chelsea, Simeone dijo: ‘El presupuesto se iguala con el corazón’. En eso anda este Atlético. No puede fichar los mejores jugadores que el dinero puede comprar, pero lo que ha hecho Simeone no se compra. No tiene precio.

Rubén Uría / Eurosport

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