Rubén Uría

El abogado defensor del señor fiscal

Si Messi es Maradona todos los días, Cristiano es el Messi del Real Madrid. Aferrado a la voracidad sin límites de Ronaldo, el Madrid solventó un pleito copero que comenzó con arranque de caballo andaluz y que, con la postrera expulsión de Ramos, pudo acabar en parada de burro manchego. Cristiano, omnipotente, desplegó su mejor versión y sembró el pánico. En estático, en pared, en velocidad o en solitaria pelea contra el mundo, el potro volvió a ser el factor diferencial para su equipo. Si el Madrid despega, Ronaldo vuela. Si el Madrid sufre, Ronaldo alivia. Él parece bastante más regular que su equipo, que sigue ofreciendo un rendimiento con dientes de sierra: en algunos momentos se parece al campeón del pasado curso y en otros, se desdibuja hasta vulgarizarse. Cristiano nunca libra. No afloja. Y de cara a gol, ni entiende de treguas, ni las concede. Él y sólo él, fue la clave para que el Real Madrid superase el obstáculo del Celta. En Vigo peleó lo indecible y fue el autor del gol de la esperanza tras un mal partido de su equipo. En el Bernabéu fue martillo pilón cuando el Madrid carburó y también cuando se vio en apuros.

Al margen de Cristiano Demoliciones SA, dos nombres propios: Xabi Alonso e Iker Casillas. El primero tuvo que abandonar el césped por un golpe fortuito en el cuello. Su ausencia volvió a encender todas las alarmas: sin Alonso, el Madrid perdió la brújula y languideció por momentos. Que no hay recambio ideal para Alonso ya se sabe. Que el Madrid siga sin tratar de aprobar esa asignatura, es más preocupante. El segundo nombre propio de la noche fue Casillas, que no es ningún monumento para su entrenador, pero que sigue siendo milagrero de postín. Anoche, cuando más apretó el Celta, el mejor portero del mundo que está peor que Adán para Mourinho, sacó dos manos portentosas y evitó un tormento al Madrid.  Antes del encuentro, la mayoría del Bernabéu vitoreó a Iker. Él, en el terreno de juego, se encargó de recordarle al público porqué se ha ganado ese cariño y ese estatus de mejor portero del mundo. Para todo lo demás, se bastó y se sobró, imperial, Cristiano.

Más allá del césped, más división de opiniones, más trinchera y más plebiscitos. Efectos secundarios de artículos, debates, encuestas y cintas de vídeo. Que para unos apagan el fuego con gasolina y para otros, retratan al banquillo. Una parte de la grada reprochó y la otra, respaldó. O viceversa. Un sector del madridismo piensa que el portugués es un magnífico entrenador, pero entiende que no debe seguir conduciendo al equipo desde el alboroto. Y otro sector entiende que los periodistas han adelantado por la derecha a los colegiados como grandes culpables de la situación de su equipo. Afección o desafección, todo centrado en Mourinho. Un personaje determinante, clave en la obtención de Liga, Copa y Supercopa ante el, posiblemente, mejor equipo de la historia del fútbol. Sucede que ahora, cuando se gana menos que antes, sus formas pesan más que antes. Esas formas graciosas que le reían antes y que ahora, por lo visto, no son tan graciosas cuando se ve al Barça en una vía láctea inalcanzable, a 16 puntos.

Mou no es un nazi, ni un fascista declarado ni tampoco es Charles Manson. Es un excelente entrenador de formas abrasivas, estresantes, quejicas y acusadoras. Su método de vida es la presión. La que ejerce sobre sus equipos y sobre los contrarios. Una presión que cuando la controla, le convierte en un motivador nato. Y que, cuando le desborda, le convierte en un pirómano. No ha descendido del cielo, aunque algunos lo crean, para llevar por el buen camino, el que señala su dedo, a una desesperada tribu. Y tampoco, a pesar de los múltiples fregados que monta, debe ser objeto de persecuciones o determinados ajustes de cuentas por quienes ahora se sienten legitimados al calor de los resultados. Sus partidarios siguen considerando a Mourinho un mártir que responde a las agresiones externas de quienes, según ellos, desean controlar-manejar-influir-destruir al Real Madrid. Sus detractores siguen creyendo en el Mourinho entrenador, pero están irritados por esa prótesis de chico malo a la que el portugués, por alguna razón inconfesable, se niega a renunciar.  Habrá más ruido y más encanallamiento en torno a Mourinho. Él se considera top, pero ahora que no tiene los grandes resultados a los que acostumbra, cuenta con un aliado de época. El entrenador con aires de fiscal cuenta con un abogado defensor inmejorable: Cristiano.

Rubén Uría / Eurosport

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