Rubén Uría

En el último aliento, San Jordi

El poco fiable y siempre ácido The Sun se despachó al decir que el Celtic de Glasgow tenía las mismas posibilidades de ganar en el Camp Nou que Barack Obama de confirmar la existencia de extraterrestres. El entrenador católico, Neil Lennon, pedía 11 héroes para conquistar Barcelona. Y su portero, el pulpo Forster, se lo tomó al pie de la letra. En modo William Wallace, frustró todos y cada uno de los avances del Barça, más romo que nunca y menos brillante de lo acostumbrado. Forster, embutido en un traje naranja chillón, extendió sus tentáculos para sacarle pelotas imposibles a casi todos los culés. Donde no llegaba él, estaba el palo. Forster le dio un beso a la madera tras repeler un chutazo de Villa. Era el minuto 94. Todo hacía presagiar que sería una noche intensa en la redacción de The Sun, donde algunos de sus redactores ya buscaban un buen lugar para adoptar la táctica del avestruz y meter la cabeza en un agujero. En esas, mientras los escoceses se hacían una colecta para financiar una estatua de bronce en honor a su portero, Adriano centró desde la banda derecha, su banana se envenenó y llegando desde la banda contraria, Jordi Alba apareció para cantar bingo.

Al contrario que Felix Baumgartner, que no escribió testamento porque intuía que no iba a morir, el Celtic era consciente de que debía escribir el suyo por si el Barça tenía una de sus noches más inspiradas. No fue así. Es más, el Barça se puso la soga al cuello con otra concesión defensiva, la enésima, tras remate de Samaras y toque de Mascherano. Jugada desgraciada, pero que no fue la única ocasión en la que se descubrieron los apuros del Barça en el concepto defensivo, asignatura pendiente y mal endémico. Cualquier balón al área culé se convierte en un martirio sin Piqué, Puyol o Abidal. Tan previsible como lógico, tan doloroso como real. Obligado a remar contracorriente, con las musas de Messi distraídas y sin profundidad, el Barça tuvo instantes de duda. Ni siquiera cuando empató Iniesta, culminando una jugada facturada en un sello de correos, pareció que el Barça volvería a su carril habitual, el de la brillantez. Un segundo más lento en velocidad de ejecución y un punto más trabado en todas sus transiciones, no era capaz de reventar el candado céltico.

Siempre superior, el Barça pudo ganar antes del límite, pero mezcló noticias positivas con defectos que, por repetitivos, empiezan a ser groseros. La cara fue para Marc Bartra, otro miembro de Producciones La Masia, que apareció para firmar una actuación notable. Tuvo una buena lectura, fijó bien su posición, estuvo serio al quite y a punto estuvo de haber marcado en dos incorporaciones al ataque. La cruz fue para Song y Alexis. El primero se inhibe del juego, no tiene influencia y no encuentra su sitio (no era central pero tampoco brilla como pivote). El caso de Alexis es más delicado. No es un recién llegado, pero abusa de la paciencia del equipo y resta más de lo que suma. Al espacio es brillante, pero en estático es más estorbo que solución.  Tito Vilanova, con unos números incontestables después de sus primeros 100 días en el Barça, tiene tarea pendiente. Hay más. Por ejemplo, definir el papel futuro de David Villa en el equipo. Cuando se lesionó de gravedad, al existir dudas sobre si podría recuperarse, el club le ofreció a Tito fichar a un delantero. El entrenador declinó confiando en Villa. Ahora llega el momento de que pase a ocupar, sin dilación, el papel que, por gol y calidad, merece. Será el mejor fichaje.

A la espera de mayores desafíos, de desalojar una enfermería repleta de inquilinos y de ir engrasando una máquina de enorme potencial, el Barça sigue acumulando victorias. Ante el Celtic volvió a ganar. Esta vez fue en el último suspiro del último aliento. Durante demasiados minutos fue víctima de la frustrante sensación de chocar, una y otra vez, contra un bosque de piernas escocesas. Hasta que Forster se olvidó de ser William Wallace y apareció San Jordi desde la orilla izquierda.

Rubén Uría / Eurosport

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