Rubén Uría

Sin antídoto contra la maldición alemana

El Madrid se encontró un partido intenso, extenuante, de máxima exigencia física.  El escenario habitual que se suele encontrar en Alemania, ese país que tiene atravesado según las estadísticas. Después sus múltiples excursiones a tierras germánicas, el Madrid volvió a salir escaldado. Con bajas sensibles y la enfermería a rebosar, el equipo de José Mourinho pareció encontrarse con demasiados obstáculos en su camino. El equipo blanco no se arredró pero fue superado por pequeños detalles que, sumados, acabaron siendo  lapidarios. De entrada, en frío, Khedira se rompió y Alonso se quedó sin escudero. A esa adversidad el Borussia, con esqueleto de amianto, aprovechó errores ajenos y fue un trueno en el intercambio de golpes, con dos relámpagos como Reus y Gözte.

Jürgen Klopp, un técnico de buena reputación, supo interpretar a la perfección en qué dos lugares podría ganarle la partida a un rival de potencial superior. Primero, neutralizó la salida de balón de Xabi Alonso, el principio de todo para el Real Madrid; y segundo, cebó todos sus ataques en amartillar la banda ocupada por un lateral de emergencia como Essien. Primero, tapando a Xabi, obligó a Pepe a asumir la tarea de sacar la pelota jugada. Las pérdidas se sucedieron. En una de ellas, el Madrid acabó pagando un alto precio. Pepe regaló un balón en zona comprometida y Lewandowski fusiló a Casillas. Ante ese contratiempo, el Madrid tuvo réplica de oropel: pase prodigioso de Özil al espacio y Cristiano vacunaba al meta del Dortmund. El alemán ponía la poesía y el portugués cobraba derechos de autor. Ahí, por desgracia, se acabó la letalidad madridista. .

El segundo frente fue la banda de Essien, sangría y martirio permanente. Una hemorragia abundante que el Madrid no supo cerrar a tiempo. El Dortmund descubrió una autopista por ese carril y dio luz verde para lanzar aluviones por ese flanco. Los alemanes eran un martillo pilón. Una y otra vez, golpeaban sobre el yunque de Essien. Dos contra uno siempre. El Real no fue capaz de encontrar antídoto táctico a un socavón que señala en dos direcciones: primero, al verde, por falta de solidaridad del compañero que debe hacer las ayudas; segundo, al banquillo, por la posible falta de reflejos del entrenador para solucionar el problema. Los alemanes repitieron jugada hasta la saciedad. Llegada en superioridad, dos contra uno, centró y puerta atrás para la llegada de la segunda línea. Casillas le sacó dos a Khel. En la tercera, tras un desafortunado despeje suyo, Schmezel descargó un latigazo cruzado para el que el Madrid nunca tuvo respuesta.

En lo individual, el Madrid apenas dejó dos nombres propios dignos de elogio: Varane, solvente siempre, maduro a pesar de su juventud y sobresaliente en un escenario donde se pudo medir su estatura futbolística; y Di María, que lo intentó en solitario, huérfano de socios. El resto estuvo lejos de su mejor nivel: Cristiano se acabó después de su gol, Benzema estuvo discreto, Özil pareció exhausto y tanto Pepe como Ramos no vivieron una de sus noches más felices. El Madrid no supo cómo ayudar a Essien en su banda y tampoco encontró remedio a que los alemanes estrangulasen por sistema a Alonso, el principio de todo el fútbol de creación del Madrid. Tras encajar la cuarta derrota de la temporada en apenas trece encuentros, Mourinho desdramatizó y apeló a la enjundia de un grupo donde ha cedido el liderato. En un partido exigente, el Madrid volvió a salir atormentado de Alemania. Tendrá que esperar a mejor ocasión para sacudirse su particular maldición.

Rubén Uría / Eurosport                      Foto: AFP

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