Rubén Uría

Primer asalto: ni vencedores ni vencidos

Suele ocurrir. El periodismo pasó días profetizando duelo al sol entre Cristiano y Messi, días imaginando sospechas arbitrales, horas debatiendo acerca de los inquilinos de ambas porterías e incluso calibrando la magnitud de las diferentes bajas que lastraban al Madrid. Todas esas hipótesis acabaron yéndose por el desagüe. Sin los incendios innecesarios de épocas no tan lejanas y los dos equipos dispuestos a combatir fútbol con fútbol, se pudo disfrutar de un duelo de altura, sin pamemas, fuegos cruzados o victimismos infantiles. Sólo fútbol, en estado puro. Madrid y Barça, estilos tan contrapuestos como legítimos, reclamaron el centro del ring para intercambiar golpes. La teoría indicaba que uno de los dos no acabaría de pie pero, sorprendentemente, ambos acabaron ilesos y con la barbilla arriba. Fue un primer round de altura, intenso, donde la pelota se protegió como un diamante y se persiguió como si fuese la última Coca-Cola en el desierto de Gobi.

Un pleito sano, sin sobredosis de testosterona, donde dos estilos antitéticos se empeñaron en medir fuerzas centímetro a centímetro. El Madrid tuvo respuesta al desafío que le planteó el que, si no es el mejor equipo de la historia, está muy cerca de serlo. Esta vez no hubo ese enroque que tanto desairó al Bernabéu en Champions, sino que el Madrid se asemejó a su mejor versión, que le concede la etiqueta de equipo sólido, némesis culé y capaz de hacr caminar a cualquiera por la cornisa. Los blancos presionaron de manera asfixiante, muy arriba, trabando al Barça para destrozar su línea de creación. Su virtud consistió en imprimir un ritmo de alto voltaje. Precisamente, el que menos le conviene al Barça, que necesita correr poco y que corra la pelota. Menos vértigo y más pausa, más combinación y menos ida y vuelta. El partido estuvo trufado de dominios alternos, de ráfagas de buen juego y de ocasiones claras. El primer tiempo se jugó a lo que le convenía al Madrid (ritmo alto, desabrido, a golpe de corneta), y el segundo acto se pareció al escenario preferido del Barça, con más circulación, más control y paciencia para dominar la escena.

El planeta tenía la vista fija en Cristiano y en Messi, pero ambos acabaron fuera de plano por culpa de la continuidad de las sinfonías de Iniesta y el concierto de violín de Özil. Aunque si hubo dos héroes reconocibles, esos fueron Piqué y Raphael Varane. El azulgrana, defensa con alma de delantero, estuvo impecable. Supo tener la cabeza fría tras ver una amarilla en el primer minuto de juego, fue un baluarte defensivo, le ganó la partida a Cristiano, fue admirable al cruce y además, el sostén de su equipo cuando el Madrid apretaba las clavijas. Al otro lado de la ventanilla emergió Varane, recomendado por Zidane y ratificado por Mourinho, que se ganó al tendido siete del Bernabéu con una actuación portentosa. Firmó un hat-trick lapidario: evitó dos goles cantados y además, marcó cuando su equipo estaba en pleno apagón. Desactivó a Messi, hizo un gol, evitó dos y abrió la puerta grande del Bernabéu demostrando que tiene recursos para ser un central de jerarquía: potente, serio, fiable, rápido y además, elegante.

El fin de fiesta, después de una batalla intensa y atractiva, dejó alivios y lamentos. El Barça lamentó su falta de puntería y haber perdonado ocasiones claras para poner la eliminatoria de su lado (Pedro, mano a mano ante Diego López no vacunó), pero se mostró aliviado porque se lleva para Barcelona un resultado favorable, que le concede ligera ventaja. El Madrid salió aliviado por el tanto postrero de Varane y pensando que la eliminatoria está abierta, aunque lamentando su falta de pegada en los primeros minutos, algo que habría expuesto sobremanera al Barça, obligándole a jugar a campo abierto. Fue un partido de altura, se desdeñó la polémica, se aparcó el ruido insoportable que había encanallado el último rally de clásicos, y el sabor de boca dulce. No hubo vencedores ni vencidos en el primer asalto copero. El gran triunfador fue el fútbol. Sólo fútbol. No era imposible.

Rubén Uría / Eurosport

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