Rubén Uría

Atlético, preparado para cualquier guerra

Con dinámica de equipo grande — que se gusta cuando golea y que gana cuando no juega bien-, el Atlético se plantó en el Villamarín siendo consciente de lo que se jugaba: consolidar su apuesta en el segundo puesto o conformarse con un puesto lejos de la ambición de su entrenador. Enfrente estaba el Betis, un equipo de autor. Coypright Pepe Mel, novelista de éxito y entrenador de incuestionable valía. La cita comenzó con el Atlético descarrilando en una jugada absurda. Salvador Agra colgó una pelota desde la izquierda, Miranda hizo honor a su apellido y Asenjo aireó sus tragaderas. Fortuna y desgracia. Bola extra para el Betis, teoría del absurdo para el Atlético. En otra circunstancia, el Atlético se habría disuelto ante la adversidad como un azucarillo en el café, pero eso no va con los equipos de Simeone. Su lema consiste en que 'el esfuerzo no se negocia'. Y eso aplicó el Atlético, esfuerzo. También fútbol. Apareció Arda Turan para expresarse con la pelota y liderar. Suficiente para que Radamel Falcao, la batidora humana del área, volviese a ejercer de asesino en serie. El Tyson de Colombia rebañó un centro raso, envenenado, para empatar el partido. El Atlético crecía y el Betis reculaba. Casto, hasta en tres ocasiones, detuvo el ciclón colchonero. Al filo del descanso, nuevo infortunio colchonero: Juan Carlos centró sin ángulo, la pelota encontró en su camino el cuerpo de un defensa y Asenjo, desconcertado y falto de reflejos, no acertó a desviar. Premio gordo para el Betis, volver e empezar para los Cholo Boys.

Apoyado en el ideario de Simeone, en su espíritu de retroceder nunca, rendirse jamás, el Atlético salió dispuesto a soltarse de la mano de su amiga mala suerte. Con decisión, con hechuras de equipo grande y con la vehemencia de siempre, el Atlético aceleró el pulso del partido. El Betis replegó y por ahí empezaron sus males. Perquis derribó a Falcao dentro del área, vio la roja directa y el colombiano vacunó de nuevo desde los once metros. Su registro: cinco partidos, siete goles. Menos mal que estaba tocado. Tras sellar dos tantos, el angelito que remataría una lavadora caída del cielo y que patearía un ovni de vuelta a Saturno, se marchó al banquillo. Cholo recordó eso de más vale prevenir que curar y dio entrada a Diego Costa: un delantero-gregario, que alterna errores de bulto con derroches físicos elogiables. Esta vez su aparición fue más que positiva. Entró al campo, disputó una pelota perdida en el área y liquidó a Casto, el héroe de la noche. El colegiado tampoco ayudó al Betis: obvió una mano de Filipe dentro del área y lejos de enmendar su error, acabó expulsando a Campbell por protestar. Raúl García, en el descuento, anotó el cuarto para un Atlético que, al margen del error arbitral, mereció la victoria. Por ocasiones y entereza.

Atlético, alternativa de poder necesaria. El equipo del Manzanares se postula como la única fuerza capaz de abandonar ese cuarto oscuro de las comparsas que, contra su voluntad, no puede competir contra los dineros de Madrid y Barça. Antes de la Supercopa ante el Chelsea, Simeone pronunció una frase histórica: 'El corazón igualará al presupuesto'. Este Atlético, que ya no es un tigre de papel sino un tigre que ruge, personificado en Falcao, se está empeñando intentar igualar, con corazón, el presupuesto de madridistas y azulgranas. Por ahora es segundo. Queda un mundo por delante, pero Simeone vive con una obsesión en su cabeza: en el fútbol siempre hay que creer. Y este Atlético se lo cree.

Rubén Uría / Eurosport

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