Rubén Uría

Banderas y fronteras

Sorprende que haya sorprendidos con el hecho de que Pep Guardiola haya reiterado, una vez más, que se siente catalán y que está orgulloso de serlo. Su significación pública con motivo de un acto independentista durante La Diada es parte de una realidad social que a unos les entusiasma, a otros les provoca rechazo y a otros, por diferentes cuestiones, les es  indiferente. Sería absurdo es negar la evidencia del sentimiento independentista como ignorar el enfado de quienes lo consideran una aberración. En esas, Guardiola, exento de su vínculo contractual -que no sentimental- con el Barça, envió un mensaje tan escueto como explícito: 'Aquí tenéis un voto más'. Su aparición en ese foro ha desatado una cascada irrefrenable de comentarios y críticas, a favor y en contra.

Hay quien le echa en cara que se preste a cuestiones políticas, como si por ser personaje público le inhabilitase para expresar sus convicciones. Hay quien le acusa de hipocresía porque, en su día, lejos de priorizar su catalanidad negándose a jugar con la selección española, acabó enfundándose la roja.  En aquellos días había un imperativo legal que le instaba a ello, pero también podría haber renunciado, como Nacho, aquel lateral del Compostela que se sentía cien por cien gallego. Y hay quien, como en el caso de su ex compañero Alfonso Pérez Muñoz, se cuestiona si Guardiola se alegra de los éxitos de España, sin cuestionarse qué sentiría él mismo si dudasen sobre qué sentía cuando marcaba goles para el Real Madrid siendo del Barça de pequeño. 

A todas esas interrogantes, cuestiones y reproches, a su falta de coherencia o a su compromiso con lo que siente como país, a por qué no desafió el imperativo legal y jugó con España, a si se alegra o no de los éxitos de la selección, sólo puede responder Guardiola. El es el único que sabe cómo se siente. En cualquier caso, son legión las personas que le admiran no por su ideología o por sus ideas políticas, sino por ser uno de los embajadores universales que más han defendido otra bandera, la del fútbol. Como, por ejemplo, José Angel Iríbar, que sostuvo una ideología política controvertida, cercana al mundo pro-etarra. A pesar de eso, los aficionados siguen recordándole por sus extraordinarias paradas y por las veces que salvó a la selección española. La gente, detestase o no sus ideas políticas, sigue admirando a Iríbar por el portero que fue. 

A título personal, porque no represento a nadie y apenas me represento a mi mismo, no comparto las ideas políticas de Guardiola. Las respeto, pero ideológicamente estoy en las antípodas de su voto en una cartulina verde. Ahora bien, héroe o hipócrita, separatista o mártir, vote lo que vote, piense lo que piense y sienta lo que sienta, los aficionados seguirán reconociendo a Guardiola como uno de los mejores entrenadores de la historia. En mi caso, sin pretender convencer a nadie, siempre le recordaré bajo una bandera, la del fútbol, por encima de cualquier otra. Una bandera, esta sí, universal. Apolítica. Redonda. Libre.

Entiendo que haya gente que sienta rechazo hacia su ideología y al que le presenta como proyección pública de la catalanidad. Somos libres de pensar y sentir como queramos. Quizá algún día seamos lo suficientemente maduros como para tolerar a quien no piensa como nosotros. Quizá algún día, asumamos que los debates sobre  cuestiones identitarias, fronteras y banderas, son perezosos. Y que en demasiadas ocasiones, separan más que unen. Quizá algún día escuchemos a los demás para dejar de escucharnos a nosotros mismos.

Rubén Uría / Eurosport

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