Rubén Uría

El Barça se abraza al juego y el Madrid al resultado

Barça y Madrid, en periodo de guerra fría mientras tratan de apaciguar sus broncas de tiempos pasados, chocaron en su primer duelo de temporada. Con demasiadas cautelas, ambos estuvieron a años luz de su potencial. Blancos y culés, aún en pretemporada, ofrecieron un partido generoso en entrega y errores, donde merodeó el peso de la responsabilidad a perder. Porque, por mucho que la Supercopa de España sea un título menor, perder ante el eterno rival siempre es interpretado como un signo de debilidad extrema de cara a la opinión pública, ansiosa de arrimar el ascua a su sardina cuando está en juego medir la supremacía doméstica y también la hegemonía entre los dos gigantes europeos. El Barça no entró al campo con el acelerador a fondo. El Madrid entró con el freno de mano echado. Se limitó a cerrar espacios, desplegó una doble línea de presión y esperó aculado atrás para proteger el perímetro de Casillas. Un plan eficiente, pero pobre, porque el Real Madrid se olvidó de buscar la portería contraria y ser ambicioso, algo que siempre debe desprenderse de la genética de la blanca. Ese fue el gran reproche a un primer tiempo reservón. Y si el Madrid no quería, el Barça no sabía. El equipo de Vilanova aletargó el ritmo del partido, fue barroco a través de posesiones eternas y adoleció de profundidad. Dominó y combinó, pero no tuvo velocidad de ejecución, ni vuelo. Sin alma, Barça y Madrid firmaban una siesta de pijama y orinal.

El segundo acto, como no podía ser de otra manera, mejoró. Hubo más espacios, más electricidad, alma y una montaña rusa de emociones, coronadas en goles. Intercambio de golpes. Cristiano, de cabeza, descorchó el partido. Primer remate a portería, gol. Sin solución de continuidad, en posición de fuera de juego, Pedrito puso la réplica batiendo a Casillas. Espoleado por la bisagra de Sergio Busquets y por la ingravidez de Iniesta, el Barcelona creció. Messi, tras derribo absurdo de Ramos a Iniesta en el área, puso por delante al Barça. Y Xavi, tras otra jugada de tiralíneas del manchego de oro del Barcelona, pareció cerrar el partido. El Barça estaba en modo liquidación, pero no fue así. Casillas salvó el cuarto gol azulgrana y acto seguido, en la misma jugada, el Real encontró un aliado inesperado, Víctor Valdés. El portero culé rescató esa vieja máxima no escrita que dice que el fútbol es, sobre todas las cosas, un juego de errores. Valdés cometió una torpeza infinita ante Di María, se adornó sin motivo y el Madrid sacó petróleo, convirtiendo una quimera blanca en una Supercopa factible. El Madrid se fue del Camp Nou satisfecho de haber salido ileso de un castigo más severo. El Barça se marchó vestuarios pensando en lo que fue y en lo que pudo haber sido.  El Barça se abrazó al juego. El Madrid, al resultado.

Rubén Uría / eurosport

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