Rubén Uría

Barça: autocomplacencia o autocrítica

El Barça mira la clasificación y se abraza a sus impresionantes números. Está en la punta del campeonato y conserva una renta de ocho puntos sobre el vigente campeón. Sin embargo, avanza la inquietante sensación de que este Barça tiene más puntos que juego. En su fase creativa, todo nace en las botas de Messi, la piedra angular del poder ofensivo del equipo. Al argentino le complementan dos valores siempre estables: Xavi Hernández (el metrónomo) y Andrés Iniesta (el prestidigitador).  Tres mosqueteros que siempre, viento a favor o de cara, acaban por liderar al equipo. A ese trío cabe añadir la figura de un cuarto mosquetero en plena madurez, Sergio Busquets. Un jugador estupendo, notable al quite y bisagra de los mecanismos de todo el equipo. A Busquets sólo se le puede reprochar su constante tendencia a exagerar. Dicho eso, Sergio es lo más fiable de este Barça. Sostiene al equipo en la dificultad, no comete errores y distribuye la pelota con eficacia. La trascendencia de Busquets en este Barça es capital. Crece cada día más.

Una vez constatados los poderes de esos cuatro mosqueteros, este Barça nota deficiencias en conceptos innegociables de su ideario. No es ese rodillo imprable sustentado en el juego de posición, sino que es más industrial y más directo. Algo que le expone más a cometer errores defensivos y que abre la puerta a partidos de ida y vuelta, lejos del control que siempre tenía sobre el gobierno de los encuentros. Hay nombre propios que siempre suman al colectivo por su actitud irreprochable: Pedrito, Mascherano con los mejores ejemplos. Sin embargo, existen problemas identificados en el grupo. Que la defensa se resiente es un indiscutible: Puyol (el corazón), Piqué (la salida limpia de balón) o Abidal (siempre se le echa de menos) se han pasado más tiempo en la enfermería que en el césped.

A esa adversidad se añade el problema de la doble A: Alexis y Alves. El chileno, sobresaliente con espacios y deficiente en estático, sigue sin responder al patrón de juego que necesita el equipo. Su virtud es la potencia y el despliegue, pero adolece de precisión, distracción y capacidad para el engaño. El caso de Alves es sintómatico. Locomotora humana de impresionante empuje, está viviendo de las rentas. Sin su velocidad, en cobertura y en ataque, el Barça ha perdido gran parte de su producción ofensiva. A eso hay que añadir un caso único, el de Villa, que entiende el fútbol de asociación del Barça y que asegura un número de goles vitales para el equipo. A pesar de su contribución, anotando goles decisivos desde el banquillo, no jugó ante el Real Madrid. Villa es un activo imprescindible para la selección española, pero no parece serlo en este Barça. Mal negocio. El asturiano pide paso y el Barça le necesita. Quizá más que nunca.

Recostado en su colchón de puntos, importante pero no determinante, el Barça se encuentra en un dilema existencial. Seguir mirando a la clasificación o reflexionar acerca de sus problemas en el juego. El equipo de Vilanova tiene dos caminos: poner sordina a sus defectos o tratar de corregirlos. Si no se mira a sí mismo, lo ideal es atender a vídeos sobre la violencia ajena. Una cortina de humo mediática que podría llevar al grupo a desembocar en la autocomplacencia, acelerando ese proceso irreversible que lleva a los campeones a morir de éxito. Si toma el camino de la autocrítica, si se esfuerza en detectar los problemas, si busca soluciones y emplea su energía en renovar piezas que parecen desgastadas, el Barça recuperará sus constantes vitales, su velocidad de crucero y su libro de estilo. La radiografía de este Barça desemboca en una disyuntiva: autocomplacencia o autocrítica, esa es la cuestión. Lo primero podría destruirle. Lo segundo, devolverle su identidad.

Rubén Uría / Eurosport

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