Rubén Uría

Barça: una idea, así de sencillo

Cuando acabó el partido en La Rosaleda, Martín Demichelis, en un alarde de sinceridad, confesó que había tenido ‘ganas de aplaudir’ al Barça. Palabras que provocaron sarpullidos en diferentes colectivos inasequibles al desaliento, incapaces de reconocer lo obvio, porque no les gusta el fútbol, sino sólo su equipo. Horas después de la enésima exhibición del Barça, han vuelto a aparecer los exégetas del resultadismo para pisotear los méritos del prójimo. Siempre con los tacos por delante. Se les han unido los cerebros rapados adictos a la conspiración, jaleadores oficiales de esa nueva religión que consiste en mirar la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Y desde luego, no levantarán el pie del acelerador los suministradores de estramonio nocturno, siempre fieles en su línea editorial destructiva si se trata de hablar de cualquier cosa menos de fútbol, algo que desdeñan, para abrazarse a la polémica, la zafiedad y el comentario de barra de bar. No importa qué fútbol se juegue. Ni que Demichelis haya dicho en voz alta lo que piensan la mayoría de aficionados a los que les gusta el fútbol y no sólo su equipo. Ellos seguirán viviendo en su realidad paralela, en esa constante irritación, recostados en sus placebos arbitrales y sus rencores. Asumido.

Mientras tanto, en el mundo real, los aficionados a los que les gusta el fútbol y no sólo su equipo, disfrutan del, posiblemente, mejor equipo de la historia de este deporte. A nivel de títulos nadie podrá competir con el Real Madrid de Di Stéfano que concatenó cinco Copas de Europa, porque la historia le coloca en una vía inalcanzable. Ahora bien, en cuanto al juego desplegado, nadie ha alcanzado las cotas de belleza y de regularidad de este Barça. En su momento parecía que Pep Guardiola había construido el equipo eterno, el de los seis títulos. En ese momento, en el Nirvana culé, se presumió que esos jugadores habían alcanzado su techo. Meses después, Guardiola decidió abandonar el Barça estresado, consciente de que, si permanecía, podía acusar del desgaste y erosionar el vestuario. Se fue, quizá porque ya no podía mejorar, acaso para no tomar decisiones drásticas, puede que para evitar su decadencia y mantener intacto el recuerdo de uno de los mejores equipos de todos los tiempos. Decisión fue correcta. No todo el mundo sabe en qué momento irse. Guardiola hizo lo mejor para él y para el equipo. Así de sencillo.

La herencia de Guardiola pasó a manos de Tito Vilanova. Muchos pensaron que esa sucesión sería era un paso atrás, que no sería capaz de ganarse a los jugadores, que le temblaría el pulso y que el Barcelona descendería varios peldaños en su nivel de excelencia. Los primeros partidos invitaron a pensarlo. En algunos encuentros el Barça coqueteó con la derrota y cometió errores defensivos de bulto, pero no salió penalizado. Tenía más puntos que juego, pero poco a poco, según fue desalojando la enfermería y fue recuperando efectivos, el Barça progresó hasta alcanzar su mejor versión. Y en eso ha tenido mucho que ver Tito Vilanova. Con sencillez, naturalidad y un liderazgo silencioso, ha dado continuidad a la obra bien hecha. Su Barça tiene los mejores resultados de su historia. Tendrá que refrendarlo con títulos, pero nadie en su sano juicio podría atreverse a cuestionar a este equipo. Tiene nivel extraterrestre:  ha completado la mejor primera vuelta de la historia de la Liga con 55 puntos de 57 posibles, suma 18 victorias y un empate, cosecha 10 victorias de 10 posibles a domicilio y ha marcado 64 tantos en una vuelta.

Sin embargo, la mejor noticia para este Barça no se encuentra en la sobredosis de azúcar que sugieren sus números, su clasificación, su ventaja sideral sobre el resto o su número de goles convertidos. Son tan buenos que este Barça tendrá imposible mejorar esos resultados en la segunda vuelta (para ello debería firmar un pleno, 57 de 57, así que bajará sus números). Pero atención, más allá de los guarismos está el modo de jugar y en esa parcela es donde este Barça da la sensación de que todavía incluso puede conseguir crecer más y llegar a jugar todavía mejor. Increíble, pero cierto. Sí, este Barça aún tiene más ahí abajo, en el sótano, y está dispuesto a sacarlo. Es improbable que siga ganándolo todo, porque algún día tendrá que perder, pero está alcanzado su mejor versión y cada día que pasa, sus jugadores juegan mejor.

Es la consecuencia de una idea futbolística. Un patrón de juego que garantiza seguir jugando bien en el futuro. Quizá no a este nivel, pero sí con un estilo y una identidad definidas. Con jugadores no tan buenos, con otros entrenadores o con diferentes variantes, pero siempre en torno a una idea común: la pelota. La fórmula del Barça no responde a jugadores y entrenadores coyunturales, sino a la constancia de un semillero de talentos en La Masia, al espíritu de fabricar Balones de Oro en vez de comprarlos, a la herencia respetada y sublimada, de Cruyff a Van Gaal, de Rijkaard a Guardiola y de Tito a su futuro sucesor. Nunca más habrá un Messi, un Iniesta o un Xavi. Vendrán otros. Mejores, iguales o peores. Que ganen más o menos, que jueguen mejor o peor, pero la idea permanecerá. Una idea de fútbol fanática. La pelota por encima de todo y de todos. Todo equipo, por bueno que sea, tiene fecha de caducidad y puede morir de éxito, como los jugadores y los entrenadores. Pero nadie puede matar una idea futbolística. Para los que viven en su mundo de realidad virtual, una idea no significa nada. Para los que disfrutan del fútbol y no sólo de su equipo, una idea lo es todo. Eso es este Barça. Una idea que merece ser aplaudida. Así de sencillo.

Rubén Uría / Eurosport

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