Rubén Uría

El Barça sale ileso en el último aliento

Sevilla, pared y navaja. El Real Madrid ya sufrió en sus carnes el poder de demolición de un equipo, el de Míchel, que anda sobrado de testosterona, de organización y de fútbol. En la retaguardia los sevillistas levantaron una pared con una zaga compacta. A eso se unió el factor Maduro, sobresaliente a la hora de desarticular el fútbol de Xavi. Sin balón, el Sevilla siempre supo manejarse. Ahora bien, con la pelota en sus pies, fue veneno puro, sobre todo en el primer acto, donde acabó sometiendo con justicia a un Barça superado, golpeado y sin espacios. La receta local tuvo tres ingredientes: Medel como escoba, Rakitic como arma arrojadiza y Negredo como martillo pilón. La guinda de esa tarta la puso el de siempre, Jesús Navas, esa navaja de Los Palacios que acuchilla cualquier defensa y que está en estado de gracia. Sus cabalgadas sacaron los costurones del Barça y permitieron hacer vulnerables a los defensas azulgranas durante toda la noche. Primero a través de Trochowski, en un gol donde Valdés & Alves se repartieron la culpa, y después gracias a Negredo, el Sevilla estuvo a un centímetro de llevarse la victoria. No lo logró, entre otras cosas, por la reacción de un Barça desesperado por remontar y por las decisiones inexplicables de un árbitro inexplicable.

Barça, de menos a más. Sin la quinta velocidad de siempre, el Barça encajó dos puñetazos en la cara, con la firma de Trochowski y Negredo. Pasó una eternidad al borde del precipicio. Y esta vez, su suplicio tuvo nombres propios: Alexis sigue sin entender el ABC culé (precisión, paredes, liberar a Messi), Alves sigue desaparecido en combate (indolente) y Song sigue desnaturalizado como central (lento y sin oficio). Moraleja: no todo el mundo puede ser Javier Mascherano. El Barça reaccionó en las cuerdas, para darse cuenta de que estaba teniendo el corazón del tamaño de un guisante. Herido, se aferró a Busquets, ese tipo que soluciona cualquier emergencia sin hacer ruido. Buen negocio. A Sergio se unió Fàbregas, memorable para liderar y demostrar que asume su responsabilidad en condiciones adversas. Él empató y devolvió al Barça al carril. Messi apenas apareció. Cuando lo hizo, logró enhebrar un pase en un sello postal y encontró a su mejor socio, Fàbregas. Suficiente para empatar. En el límite, sobre la hora, con el Sevilla resistiendo cada envite, llegó el tanto de David Villa. El asturiano, lejos de su mejor forma pero con más ADN Barça que Alexis de aquí a Santiago de Chile, encontró su primera pelota en el área y vacunó. Final amargo para un gran Sevilla, hemorragia de alivio para un Barça que ganó en el último aliento. El equipo de Vilanova, con más puntos que juego, salió ileso. Debe corregir errores, ajustas piezas y relevar a futbolistas que no están o que estorban más que aportan. Mientras tanto, mira a la clasificación. Tiene más trabajo de lo que dicen los números. Por muy buenos que sean. Que lo son.

La noche tróspida de Mateu. El lunar negro fue el árbitro preferido de Mourinho, Mateu Lahoz, que cuenta con buena prensa porque dejar jugar siempre, suceda lo que suceda. En Sevilla dio motivos a sus críticos. Se inhibió de pitar cuando le tocaba hacerlo, interpretó el fútbol como lucha libre, y cuando se atrevió a hacer sonar el silbato, fue un despropósito. Alexis o Negredo, sospechosos habituales de la cultura de la piscina, no le ayudaron. Pero Mateu cometió el peor pecado posible para un árbitro: quiso ser protagonista cuando menos falta hacía. Expulsó a Míchel, dejó sin sanción entradas durísimas y obvió una mano de Thiago que acabó en gol de Barça. Antes de todo eso, Lahoz, en su noche más tróspida — adjetivo de moda, no reconocido por la RAE-, decidió echar a Medel dejando al Sevilla en inferioridad.  El chileno, que debería ser reprobado por su técnico por ser habitual en estos lances, se encaró con Cesc y sacó la cabeza a pasear. El de Arenys exageró y Mateu, que a veces no llega y otras se pasa, echó la mano a la roja. Dicen las leyes no escritas del fútbol que lo peor que le puede pasar a un partido cargado de grandeza es que se acabe hablando del árbitro. Mateu, tróspido, lo logró.

Rubén Uría / Eurosport - Foto: Reuters

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