Rubén Uría

Barra libre con Kaká

De Ricardo Izecson Kaká se han escrito y escuchado tantas cosas durante su militancia en el Real Madrid que se necesitarían talar todos los árboles de la selva del Amazonas para tener el papel suficiente para poder imprimir los millones de epítetos insulsos, fruslerías, análisis descabezados y teorías del absurdo que han intentado, sin éxito,  justificar la historia de un estrepitoso fracaso deportivo y económico. El brasileño cuya gloria pertenece a Jesús, que tiene la sonrisa del millón de dólares, que no tiene una mala palabra y por desgracia no ha tenido tampoco ni una buena acción, llegó al Real Madrid vitoreado y jaleado, por quienes disfrutaron al comprobar que Florentino Pérez lograba vencer allí donde Ramón Calderón había sido derrotado. El fichaje del brasileño, a pesar de estar lastrado por las lesiones y de haber iniciado su cuesta abajo en su rendimiento, fue tan celebrado por el periodismo que conviene revisar hasta qué punto se cometió una equivocación que acabó engordando la decepción de un aficionado que, ante tantos comentarios elogiosos, quedó decepcionado con el brasileño para el fin de sus días.

Sí, Kaká era un gran jugador, un junco endiablado al contragolpe, un tipo con un disparo terrorífico y una llegada brutal, una perla.  Todo eso, para sonrojo del periodismo — de quien esto escribe en primer lugar — acabó siendo un espejismo. De ese Kaká, del presunto crack por el que Florentino empeñó 65 millones de euros para colgarse la medalla de triunfar donde Calderón había hecho el ridículo, de ese futbolista, no quedaba nada. Apenas ramalazos de un futbolista genial en decadencia, incapaz de superar la competitividad de sus compañeros, de desafiar su destino, de rebelarse ante su situación, de darse cuenta de que estaba en la obligación de devolver todo lo que el Real Madrid le había dado con su fichaje.  Al contrario. Kaká ha sido la operación más ruinosa de la historia del club, el bluff más sonado de Florentino Pérez y el jugador que más ha decepcionado al tendido siete del Bernabéu. Lo ha sido a pesar de que el Madrid siempre le ha esperado, a pesar de que el periodismo le concedió una bula que otros para sí hubieran querido, a pesar de que, como era el fichaje unipersonal del presidente, pocos eran capaces de señalarle en público, porque el miedo es libre y conviene no moverse para seguir saliendo en la foto.

Florentino Pérez, hábil negociador, acertó al contratar a Zinedine Zidane por una millonada para revertir la historia del Madrid. También lo logró cuando desactivó a su principal rival para arrebatarle a Figo por otra cantidad prohibitiva. Kaká, desde hace tiempo, es la otra cara de la moneda de un presidente que, a pesar de la cantidad de palmeros que le rodean, también es humano y también comete errores. Kaká es el más grave de su presidencia. Hay quien dice que Kaká es el ejemplo de que, entre el honor y el dinero, lo segundo es lo primero. Es posible. También lo era cuando Florentino no escatimó en billetes verdes para conseguir que el entonces honrado Kaká vistiera de blanco, pero entonces nadie se puso a debatir entre el honor y el dinero del Milan. Kaká ha sido una ruina para el Real Madrid. Como Ibrahimovic para el Barça. Hay que decirlo con naturalidad, sin historias para no dormir. Asumirlo, procesarlo y contarlo. Por eso ahora los directivos del Real Madrid andan por los pasillos como la niña del exorcista, buscando comprador de manera urgente para un jugador al que el resto de clubes no quieren ni regalado, por su alta ficha y su abulia.

Conviene recordar cómo se ha llegado a este punto. Kaká ha pasado de estrella mediática a tener fama de egoísta. De solución a marrón presidencial.  Sólo hace falta ver su devaluación progresiva a través de las portadas de los diarios: El Inter quiere a Kaká, el Milán también, el PSG, la Fiorentina, el Manchester City, el Genguang chino y ahora por lo que parece, es el Red-Bull estadounidense el que estaría encantado de poder ficharle. Hasta ahora, ninguno se ha animado a pagar. A ciencia cierta, resulta imposible saber cuántas veces se ha publicado, con profusión en el encabalgamiento, con precisa información y amplio despliegue, cuantas ofertas ha tenido Kaká para irse del Real Madrid. El caso es que, hasta el día de hoy, jamás lo ha hecho. A eso hay que unir, antes del desfile de presuntas ofertas por el brasileño que, antes de que fuera presentado en sociedad como un tipo que se está aprovechando del club que le paga. Nada que ver con el tipo al que se presentó en sociedad como un gentleman del fútbol, por cierto, cuando se le fichó.

De Kaká, que era un pie divino antes y ahora hace honor a su apodo pero sin K inicial y sin acento, se dijo lo siguiente: Que Florentino le reservaba el 5 de Zidane; que sería el mejor fichaje en muchos años; que cambiaría la historia del club; que era un fuera de serie; que aportaría más que Cristiano; que sin sus lesiones el Madrid le habría ganado la Liga al Barça el año de Pellegrini;  que con Kaká el juego del Madrid era otra cosa; que Kaká era un líder real para el equipo; que llegaba por fin la hora de Kaká (aunque el reloj se le hubiera parado hace tiempo); que Dios es justo, así como suena; que sus compañeros confiaban en él para ganar La Décima;  que Mourinho le dijo que, con él como entrenador, volvería a ser el número uno; y que Kaká es un ejemplo por cómo se machaca, cada día, en el gimnasio, con la ilusión de un juvenil. Todo eso se ha escrito y dicho. El fracaso, estrepitoso, no ha sido propiedad exclusiva de Kaká. Otros han fracasado tanto o más que él.  Barra libre.

Rubén Uría / Eurosport

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