Rubén Uría

Boca limpia, culo sucio

Andrés Iniesta se ha sentido ofendido por las palabras de Pepe, que acusa a algunos jugadores del Barça de hacer teatro. Ofende que abra la boca quien debería tenerla siempre cerrada. Alguien debería asesorar a Pepe sobre la existencia de un dicho popular, muy gráfico, que no debería ignorar: no se puede tener la boca limpia si se tiene el culo sucio. Dicho eso, el fondo de la cuestión responde a una serie de sucesos ocurridos en diferentes escenarios, donde algunos jugadores han quedado retratados en diferentes imágenes de televisión. Y la televisión les delata: algunos teatralizan en exceso. Ese mensaje debería ser analizado por el Barça. A algunos de sus jugadores nos le gusta lo que reciben, pero siguen sin cuidar lo que emiten. Que Pepe esté desacreditado para hablar de juego limpio no quita para que la cuestión señale a algunos futbolistas azulgrana. Compañeros a los que Iniesta no debería proteger, sino reprobar, como ocurre en la Premier League, por formar parte de la cultura de la piscina. El teatro en ningún caso es comparable a la violencia en forma de patadas, pero irrita y abochorna si se produce de manera sistemática.

Hay nombres propios que forman parte del club de finge bien y no mires con quién. Uno es Alexis Sánchez, que se revuelca por el césped en cada contacto, grave o leve, y que casi siempre intenta sacar partido engañando al árbitro. Y  esos no son los valores de los que su club presume. Otro habitual es Dani Alves. El caso del brasileño es una fotocopia del de Pepe. Si el central del Real Madrid está deslegitimado para hablar de juego limpio, el del Barça está desacreditado para sacar pecho. En cuestión de trampas, él es una autoridad en la materia. Nadie podría dudar de su categoría como futbolista, pero nadie podría negar que produce vergüenza ajena cuando embarra los partidos con acciones indignas del escudo que defiende y la camiseta que viste. Su repertorio resulta despreciable y continuado en el tiempo. Alves  tiene tics marrulleros, muchas veces deja la pierna a destiempo, es 'top' a la hora de meterse en charcos arbitrales y está en las antípodas de esos valores de los que la prensa catalana siempre saca pecho. Alves tampoco es el Santo Niño del Remedio.

Otro miembro de esa particular cofradía del finge bien y no mires con quién es un estupendo jugador como Sergio Busquets. Alguien que, para desgracia propia y sonrojo ajeno, sigue sin corregir su defecto de exagerar cada caída, algo que realiza para obtener una ventaja llena de intereses bastardos: que castiguen al rival con amonestaciones o expulsiones, aunque no se correspondan con lo sucedido. Sergio es pieza clave en el Barça y en la selección española, pero también se ha destacado por conductas puntuales del género despreciable. Muchas veces contribuye a ensuciar el juego limpio, exagera agresiones e imita el salto mortal con tirabuzón cuando recibe una patada. Justo lo contrario a lo que hace cuando él es quien pega y no quien recibe. Una fea costumbre.  Sus simulaciones, compatibles con cualquier nominación a los Oscar, no concuerdan con los valores que se enseñan en La Masia.

Mal negocio para el Barcelona, un club que dice creer en los valores. Y para su prensa afín, experta en ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, que se vanagloria del seny de su equipo y lo usa como arrojadiza hacia el Real Madrid. Si ese discurso se sostiene, si de verdad el Barça cree en los valores y respeta el fútbol sin trampa, no debería permitir que algunos  jugadores sigan con esos cursillos de interpretación y simulación. Deberían ser sancionados. Y pedir perdón, públicamente, por su triple perjuicio: primero, dan una imagen penosa de su equipo; segundo, engañan al árbitro para perjudicar al rival; y tercero, estafan a los aficionados que han pagado por ver un espectáculo de once contra once.

En nuestra cultura deportiva se suele escuchar la despreciable frases de que 'el fútbol es para listos'. En base a esa ley no escrita, los que fingen son genios y los árbitros -con perdón-, gilipollas. Una situación injusta y denigrante. El marrón para el árbitro, la medalla para los actores. Fingir y engañar no puede formar parte del fútbol. Si es verdad que el Barça quiere alardear de valores, debería cortar por lo sano la vena simuladora de algunos de sus jugadores. De lo contrario, la gangrena se extenderá y habrá que amputar. El Barça, como el Madrid, tiene la vitrina llena de títulos. Tiene Champions, Ligas, Copas y demás, pero si pierde su imagen, lo pierde todo. No se puede hablar de valores para luego ensuciarlos cuando conviene. Lo dicho: no se puede tener la boca limpia si se tiene el culo sucio.

Rubén Uría / Eurosport

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