Rubén Uría

El camino que no señala el dedo

El Real Madrid cierra la primera vuelta con números estratosféricos. Líder, con una renta amasada de cinco puntos sobre el Barça, se aferra al campeonato. Ante el Athletic sufrió por el método Bielsa: presión asfixiante, personalidad, valentía y una manada de lobos que se asomó al balcón de Casillas con tanta frecuencia como mala puntería. El violín de Özil, la calidad de Marcelo y el martillo pilón de Cristiano, amén del buen pie de Granero —ovacionado por el público, aviso a navegantes- acabaron brillando en un choque de trenes que destiló electricidad y espectacularidad. Fue una victoria merecida del Madrid, quizá abultada para los méritos del Athletic más intenso y valiente que recuerda el Bernabéu, que acabó sepultado por una expulsión — justa, inocente- y no pudo mantener su nivel en inferioridad.  Trufado por el show de Mateu Lahoz, eterno opositor a juez de la contienda en 'Pressing Catch', el Madrid dibujó otra remontada que puso trempante al público. Hubo épica, la marca de la casa, pero también hubo fútbol de altura. Generoso, trepidante y voraz, el Madrid restañó las cicatrices de la Copa ante un equipo mejor de lo que reflejó el marcador. Messi había ofrecido otro concierto en re menor en La Rosaleda y la respuesta del Madrid fue magnífica. En lo global, levantó un choque cuesta arriba; en lo particular, Cristiano anotó dos goles de penalti, y acabó la primera rueda del campeonato abonado a la impresionante cifra de 23 tantos. Faltaba escuchar a Mourinho.

Molesto por la noticia de Marca, que reveló una conversación áspera en el vestuario del Madrid, Mou alcanzó las bambalinas satisfecho por los tres puntos y por la respuesta del equipo al trauma culé, pero contrariado por recibir algunos silbidos y por su obsesión por cazar al presunto chivato que filtra sus roces con el vestuario. El de Setúbal, entre incendio e incendio, con la inestimable contribución del altavoz mediático, ha convertido los partidos en un elemento superfluo que espacia sus ruedas de prensa, la de la víspera del partido y la que lo zanja. Ayer fue fiel a su pirotecnia ante la prensa, ese colectivo que cae en 'prostitución intelectual' cuando le critica, pero que se libera de ese calificativo cuando le dora la píldora. No quiso responder a la información de Marca (siempre hay empleados atentos a la hora de retirar el micrófono si se formulan cuestiones espinosas), recordó que fue el Madrid quien fue a buscarle a él y no al contrario y se inflamó al referirse a los pitos. Para él, no son un problema. 'Zidane ha sido pitado aquí, Ronaldo también, Cristiano, el Bota de Oro, ha sido pitado aquí ¿Por qué´no puedo ser pitado yo aquí?'. Su epitafio final fue un aviso para navegantes, un aviso a la afición del Real Madrid: 'Yo trabajo. Puede ser que un día consiga responder y puede ser que un día se queden tristes'.

El que no escucha al madridismo (en cuestión de alineaciones, creí entender en su día), fue todo oídos.  En una institución legendaria, donde la exigencia está en las nubes por la genética y el ADN de esa camiseta, pasan jugadores, entrenadores y presidentes, pero el patrimonio indiscutible y permanente del Real Madrid son sus aficionados. Y los que no son amigos de escuchar, ayer tuvieron que hacerlo. El mensaje del público fue claro: los del dedo que señala el camino, los del sector más radical y menos autocrítico, fueron solapados por quienes entienden que el Real Madrid no puede obedecer a una versión arrugada, recortada y mezquina, sino a un equipo vertical, de ida y vuelta, que apueste por el intercambio de golpes y por el fútbol de ataque en su máxima expresión. Más ante el Barça. Porque, aunque el desafío es enorme y los madridistas saben que se enfrentan al mejor equipo de la historia o a uno de los mejores, el Bernabéu desea que su equipo, si tiene que morir, muera matando. Al contrario que en el Inter, el Chelsea o el Oporto, a los aficionados del Madrid si les importa el cómo. Exigen jugar al ataque. Y prefieren perder, si hay que hacerlo finalmente, con las botas puestas, pero no arrugados como pasas. Está en juego la imagen del Madrid. Hay quien se jacta de que el dedo de Mou señale el camino, pero el Bernabéu prefiere otro discurso. El madridismo quiere plantar cara al Barça. No quiere hablar con patadas ni cicaterías. Prefiere fútbol.

Rubén Uría / Eurosport

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