Rubén Uría

Cary Grant un día, Karl Malden de por vida

Cary Grant, el galán por antonomasia de Hollywood y piedra angular de las maravillosas películas de suspense de Alfred Hitchcock, acuñó una frase que pasó a la posteridad sobre la perfección de su personaje: 'Todos quieren ser Cary Grant, incluso a mi mismo me gustaría ser Cary Grant'. Atractivo, inteligente, elegante, Grant tenía la misma facilidad para salir ileso y bien peinado de un tiroteo que para conseguir las llaves del dormitorio de cualquier mujer sobre la faz de la tierra. Su personaje era tan irresistible, tenía tanto encanto, que hasta el propio Cary Grant estaba enamorado de aquel personaje, porque siempre había soñado con ser Cary Grant en la vida real. Ese síndrome, el de Cary Grant, es el que experimentan los componentes de un país llamado Futbolandia, donde los héroes del domingo tienen trato de auténticas estrellas, a las que periodismo y opinión pública ponen alfombra roja. Al otro lado del deporte, en la cornisa más peligrosa y a golpe de esforzado piolet hasta la cima, asoman una legión de héroes anónimos, opuestos a ese síndrome de Cary Grant. A esa estirpe pertenecen Joel González Bonilla, un chaval de piernas kilométricas de Figueras, que alcanzó el oro olímpico derrotando a un coreano en un deporte inventado por coreanos. O Brigitte Yagüe, una Van Damme en miniatura de 48 kilos, que conquistó la plata después de un ramillete de combate brillante, donde sólo fue peor que una china tan plástica como quirúrgica en sus técnicas.

Oro y plata, ambos españoles agitaron el medallero, acabaron con la corriente pesimista de los primeros días y dignificaron su esfuerzo para remover conciencias entre aficionados y periodistas. Hoy, Joel y Brigitte disfrutan de la gloria efímera, de los titulares gigantescos y de la púrpura de la fama. No siempre fue así. Joel llegó a Londres siendo un absoluto desconocido para el gran público, ese que sólo mira de reojo a los Juegos a la hora de exigir medallas, porque no anda precisamente interesado en otras disciplinas minoritarias como el taekwondo. El nuevo campeón olímpico sostiene que el taekwondo es 'una partida de ajedrez con patadas'. Él estuvo siendo el Kasparov de Figueras durante cuatro años, donde no perdió un sólo combate, ganando dos Mundiales y dos Europeos. En cualquier país del mundo, a excepción de España, habría tenido una consideración de estrella. Pero no, Joel no llegó siendo Cary Grant. Al contrario, tuvo que demostrar que era Karl Malden, alguien nada guapo, menos irresistible y menos elegante que Grant, pero más creíble, más constante y tan capaz como como él. Con su victoria, un premio a un largo esfuerzo, a una vida de rigor, ha dado un espaldarazo a su deporte y ha sido rey por un día. Quizá mañana, quién sabe si dentro de un mes, Joel y Brigitte, héroes populares por un día, volverán a dejar de sentirse Cary Grant y tendrán que volver a la soledad y el silencio de interminables sesiones de trabajo. España se ha bañado en oro y plata gracias a su pujanza, pero ambos volverán a ser condenados al ostracismo.

Ni siquiera David Cal, el gallego que en piragua podría llegar a la luna y que vino de Cangas de Morrazo, es inmune a ese olvido que volverá a envolverle cuando los españoles curemos nuestra ansiedad a base de medallitis. Él, que ya es el medallista olímpico más prolífico de nuestro país, por delante de nombres como los de Arantxa Sánchez-Vicario o Joan Llaneras, también volverá a sentirse lejos de la púrpura, de la fama y del reconocimiento de una sociedad que, por desgracia, sólo le recordará cuando vuelva a necesitar una medalla que echarse a la boca. Será en Río de Janeiro. Joel, Brigitte o David forman parte de esa estirpe de actores secundarios que se esfuerzan día a día en silencio, que merecen más reconocimiento y que, ahora, cuando la fiebre por las medallas arrecia, han tenido la fortuna de ser Cary Grant por un día. Dentro de un rato, cuando desciendan del Reino de los Cielos, nosotros, como buenos desagradecidos, volveremos a colocarlos en segundo plano, bien lejos del centro de los focos. Como si no se lo hubiesen ganado. Como si nuestra condición, por alguna ignota razón, nos impidiera reconocer su valía, premiarla y tomarla como ejemplo para descubrir nuevos deportes, nuevas disciplinas, nuevos héroes. Nuevos ídolos, sin pies de barro, que un día son Cary Grant pero que, el resto de sus vidas, son como Karl Malden. Magníficos actores secundarios poco valorados.

Rubén Uría / Eurosport

Últimos posts

Blogs destacados