Rubén Uría

Casillas, los valores y el Balón de Oro

San Iker Casillas, el ángel de Navalacruz, merece el Balón de Oro por su impecable trayectoria, por su ascendente sobre el resto de compañeros de la selección — las palabras del padre de Xavi delatan lo que fu un secreto a voces — y por su decisiva contribución a la mejor España de todos los tiempos, por ser un guardián entre el centeno que siempre está de guardia.  Sobrados motivos para que la prestigiosa publicación 'France Football' se esté planteando la posibilidad de considerar seriamente la candidatura de San Iker, al que todavía no se ha canonizado en este país, como futurible ganador del Balón de Oro. Sin duda alguna, Casillas ha hecho méritos para conquistar tan preciado galardón y ser el heredero natural de Luis Suárez, el único futbolista español que tiene ese trofeo en sus vitrinas.  Como Andrés Iniesta, el jinete pálido de Fuentealbilla que ha sido elegido Balón de Oro de la Eurocopa y ha vuelto a enamorar al mundo por  su fútbol de seda. La trilogía española podría completarla Xavi Hernández,  la mejor metáfora del estilo de España y el Von Karajan indiscutible de los éxitos del Barça. Ojalá alguno de los tres fueran capaces de conseguir tan preciado galardón.

Mi impresión es que la trilogía española merecen un Balón de Oro,  pero sus posibilidades son remotas por la inevitable presencia de Leo Messi, ese marciano que, dicen, nació en Rosario y que, como escribió Segurola, es Maradona todos los días. Casillas y compañía saben que comparten época con el mejor de todos los tiempos, con alguien que está fuera de concurso, con alguien que  está llamado a destrozar todos los récords, para superar a Maradona, Pelé o Di Stéfano.  Podemos jugar a confundir nuestros deseos con la realidad, pero salvo sorpresa monumental, el Balón de Oro volverá a ser pertenencia exclusiva de Messi.  Pero volvamos a Casillas: además de su calidad futbolística, en su caso existen atributos más que reconocibles en un campeón. Hablamos de valores. Los que San Iker demostró cuando consoló, uno a uno, a todos los jugadores italianos. Los que enseñó al mundo cuando se dirigió a un auxiliar arbitral para pedirle respeto por los italianos, para no alargar su agonía. Los que tuvo cuando, en mitad de un clima belicista entre los dos gigantes de nuestro fútbol, tendió la mano a su compañero Xavi para no erosionar el ambiente de la selección.  Casillas encarna valores que refuerzan su candidatura: Humildad, compañerismo, liderazgo, fair play y señorío.  Cuestiones que constituyen motivo de orgullo para los españoles y los extranjeros, sean del equipo que sean.

Resulta motivo de satisfacción que una gran parte de la prensa extranjera se haya percatado que Casillas personifica los valores que han logrado que España sea una selección admirada en todo el mundo. No por ganar, sino por su manera de ganar.  Periodistas franceses, italianos y alemanes destacan la calidad deportiva de Casillas, respaldándola, como debe ser, con su gigantesca estatura humana.  Ahora bien, lo que rechina es que una corriente ruidosa del periodismo deportivo español se rasgue las vestiduras exigiendo el Balón de Oro para Casillas por sus valores, su fair play y su señorío, cuando esa misma corriente se han pasado dos largos años vomitando sobre esos valores, ciscándose sobre el señorío y llamando hipócritas o falsos humildes a quienes predicaban esos valores con los que ahora se llenan la boca. Antoni Daimiel, maestro de periodistas, escribió hace horas un párrafo maravilloso que define, a la perfección, el oficio de la falsa profecía: 'Hay gente que afirma categóricamente lo obvio y lo contrario con una semana de diferencia y total impunidad amparada en su libertad de gusto y opinión. Y lo hacen como si la memoria del resto no fijara, como si déficits de hierro y potasio fueran generalizados o google y youtube no existieran'. No es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.

Rubén Uría / Eurosport

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