Rubén Uría

Cuando el ciclismo es épica a golpe de riñón

Purito Rodríguez, un ciclista de una pieza, exploró los límites de campeón de Alberto Contador y le tuvo contra las cuerdas. Le bloqueó mentalmente, le cogió la rueda siempre que quiso y supo mostrarse como un líder excepcional, capaz de imponer su estilo para llevarse tres victorias de etapa.  Contuvo a Contador, le hizo sufrir lo indecible y llegó a hacerle dudar.  Fue así hasta el puerto de La Hoz, un obstáculo que, en la hoja de ruta de la Vuelta,  apenas podía parecer una tachuela sin importancia. Allí fue donde Contador, espoleado por un diablillo que dijo tener sobre el hombro, desencadenó un ataque a la antigua, en plan kamikaze.  Poseído por el espíritu de Claudio Chiapucci o por el de Pepe Recio junto a Perico en aquella emboscada que acabó con el escocés Robert Millar. Fue un ataque rabioso, acaso la penúltima bala que le quedaba en la recámara al pistolero de Pinto.  Por primera vez, Purito no pudo seguir su estela.  Sus piernas no eran de hierro, sino que las sentía de madera. Había recibido la visita más temida por cualquier ciclista: el hombre del mazo. En la misma carretera pero más adelante, Contador era una furia desatada. Buscaba redimirse de su sanción  — no se probó el doping pero sí su positivo-, y hacer buena la ley no escrita que reza que, en ciclismo, nada está decidido hasta que no se cruza la última raya. Pedaleó sin descanso, sin tregua, hasta abrir boquete. Como si no hubiera un mañana, como si le fuera en ello la vida. Así fue como ganó la Vuelta.  Con un ataque a la antigua, a lo kamikaze, dejándose el alma en cada pedalada.

Contador atravesó la meta levantando el puño en alto, en plan campeón. Purito, entregado a su suerte, consciente de haber sufrido una pájara,  luchaba por llegar a la cima. El pinteño exteriorizaba su alegría y derramaba lágrimas de felicidad. Joaquim Rodríguez,  que había llevado por la calle de la amargura al nuevo líder de la carrera, tenía que entregar el jersey rojo que con tanta dignidad y esfuerzo había defendido, agigantando su pedigrí delante de las televisiones de toda España. Purito fue explícito: 'Contador ha ganado con dos cojones. No es el día más triste de mi vida, lo único que importa es que mañana los periódicos hablarán mucho de ciclismo, ha sido un etapón'. Grande en la bicicleta. Aún más pie a tierra. No perdió él, ganó el ciclismo. Fue la rúbrica a una Vuelta a España con aroma a revival, con denominación de origen ochentero. Una carrera sin dueño, repleta de emboscadas y de ataques.

Así es un deporte de extrema dureza que convierte a pequeños hombres en gigantescos dioses.  Este es el ciclismo que levanta a los aficionados de sus asientos. El de los ataques, el de la épica en los puertos, el de la entrega. Este es el ciclismo que los aficionados quieren creer, al que se agarran con toda su fe, para desdeñar al que vive pendiente de las exigencias de las marcas patrocinadoras,  de las instrucciones conservadoras de los famosos pinganillos y de esas farmacias que tanto daño han hecho a la credibilidad de este deporte.  Nadie quiere volver a dudar de la grandeza de estos maravillosos pigmeos que, a esforzado golpe de riñón, son un regalo para la vista y un alimento para la leyenda. El ciclismo necesita reivindicarse. Ser verdad. Sólo gestas legendarias como las de esta Vuelta son capaces de borrar la química de las farmacias. Este es el ciclismo en el que la gente quiere creer.  No quiere sospechas y fármacos, sino épica y pasión.

Rubén Uría / Eurosport

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