Rubén Uría

Cuando crecer pasa por la guardería

En horario de sesión golfa, cortesía de los operadores de televisión y las correspondientes tragaderas de los clubes, el Atlético acabó su estreno liguero sobre la una de la madrugada. A falta de una alternativa medianamente seria a Barça y Madrid, había cierto interés en saber qué ofrecería el Atlético,  aspirante a todo cuando comienza el campeonato que suele quedar en candidato a nada allá por diciembre. El Atlético, de glorioso pasado pero sospechoso presente, arrancó tratando de definir su identidad deportiva. A su llegada, Simeone activó la actitud del grupo e inculcó su genética combativa. Suficiente para dejar de hacer el ridículo cada quince días, para alcanzar un título y para vegetar en Liga en tierra de nadie, a un mundo de Madrid y el Barça. Ahora el Atlético está obligado a dar un paso al frente. Decidir si  quiere ser toro o torero.  Con su apuesta inicial ante el Levante, un equipo de presupuesto enano y corazón gigante, el Atlético ofreció sesenta minutos de lo de siempre: intensidad, choque, errores puntuales, esfuerzos individuales y un puñado de jugadas atropelladas. Ausente de criterio, de manejo, con Diego en Alemania, sobraban melonazos y faltaba sutileza, requisito imprescindible a la hora de gestionar fútbol asociativo. A pesar de los esfuerzos de Arda, que hizo mucho y bueno, el Atlético necesitaba más. Asociación, toque, desborde y descaro. Estaba en el banquillo: Oliver Torres y Kader. Chicos que la afición desea ver en el campo por dos razones de peso: primera, porque aportan más que los teóricos titulares; y segunda, porque con la familia Gil en el palco, siempre es preferible disfrutar de gente enamorada de la camiseta que defiende, que de productos de una agencia de compra-venta que no saben para quién juegan ni qué representan.

Con la guardería en el césped, el Atlético creció. Arda & Oliver formaron una pequeña sociedad que logró hilvanar jugadas. Kader también aportó su granito de arena: verticalidad y emboscadas en banda. No fue suficiente para ganar, pero sí para mejorar. Al final el Atlético se marchó del campo del Levante como llegó, con un punto, pero rumiando una duda que deberá resolver con urgencia: seguir apostando por lo mismo, lo que le proporcionará un cuarto o quinto puesto en Liga y quién sabe si otro trofeo europeo, o dar un triple salto mortal y apostar por una cantera que tiene más fútbol que algunos de sus presuntos titulares. Más allá del resultado, de lograr otro séptimo puesto u otro título menor, el Atlético está ante una oportunidad inmejorable para reactivar su potencial.  Con la cantera, esa de la que presume pero por la que casi nunca apuesta.  Oliver y Kader son una realidad: por fútbol y por identidad. Durante la era Gil, la afición del Atlético ha interiorizado que, para ser séptimos sin jugar a nada, para no pelear la Liga y para jugar bien un partido de cada diez, siempre hay tiempo. Los Gil entraron en el Atlético pero el Atlético no entrará jamás en ellos, de ahí que el público reclame a quienes sí forman parte de su religión. A esos niños que, como ellos, sí están orgullosos de la camiseta que defienden.

A Oliver Torres se le adivina el fútbol bien jugado y la elegancia a la hora de levantar la cabeza, pero no puede ser presentado en sociedad como el salvador del Atlético. Tampoco Kader, un afilado puñal, puede ser etiquetado como la gran esperanza del club.  Sin embargo, a nadie escapa que ambos mejoran lo que hay y que simbolizan el espíritu canterano que el Atlético de Vicente Calderón siempre tuvo, ese que acabó sepultado por las compra-ventas sospechosas y las comisiones de turno.  El fútbol es, sobre todas las cosas, un estado de ánimo. Y el aficionado del Atlético tiene derecho a querer ilusionarse. Oliver es eso. Ilusión. La que desprende con la pelota pegada al pie, cabeza siempre alta. La que contagia al público. La que transmite cuando toca la pelota y cualquiera, sea del equipo que sea, intuye que algo va a pasar. Eso es el fútbol. Juego, ilusión, emoción. Un deporte en el que los espectadores quieren disfrutar de los que juegan bien,  sea cual sea la edad que indique su carné de identidad.  El público prefiere echarse al monte con talentos de guardería antes que seguir confiando en  nómadas a los que les da igual ocho que ochenta que ochocientos cincuenta. La pelota está en el tejado del Atlético: más de lo mismo o paso al frente sin mirar fechas de nacimiento. A veces, crecer pasa por una guardería.

Rubén Uría / Eurosport

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