Rubén Uría

Cristiano y Papá Falcao, los tristes

Cristiano está triste. Es un caníbal insaciable, un Eddy Mercx en calzones, un Atila que ha marcado más de 150 goles en el Madrid, perfora porterías sin descanso, es tan autoexigente como ganador compulsivo, es una fuerza de la naturaleza y podría batir el récord mundial de abdominales. Es el jugador más caro de la historia del club, el gran ídolo de la afición y un referente indiscutible. Cree que el mundo le tiene envidia porque es guapo, rico y simpático, dice que se motiva cuando ve los rostros de odio de los aficionados, que los que le gritan Messi son anormales y se autodefine como el primer, el segundo y el tercer mejor jugador del mundo. Exige al presidente del club a una reunión privada, con monitor de por medio, para revisar los comentarios periodísticos de la pareja de su capitán, dicen que no se habla con Marcelo porque siente que le traicionó al apoyar a Casillas y recela en privado de quien no le ensalza en público. Pero Cristiano está triste. No es por dinero, dice. Ni por los premios individuales, dice. Tiene demasiado respeto por sí mismo y por el Real Madrid, dice. Su agente lo sabe, pero no lo puede decir. Quiere más reconocimiento, dicen.

El padre de Falcao, como Ronaldo, parece que también está triste. El sueño de su hijo es el Real Madrid, dice. No fue a la final de la Supercopa porque pensaba que los ilegítimos propietarios del Atlético querían traspasarle, porque dirigen un grande de Europa como si fuese una agencia de compra-venta de jugadores. En su tristeza, Papá Falcao ha pronunciado dos palabras proscritas en los foros atléticos: Real Madrid. Papá está triste. Su hijo, en cambio, es feliz. Él también perfora porterías sin desmayo, es una tuneladora y presenta estadísticas mareantes, siendo el gran ídolo de toda una afición. Tiene todo el apoyo del vestuario y no tiene que reclamarlo. Él no se autodefine como el primer, segundo y tercer mejor jugador del mundo, ni dice motivarse con odios e  insultos ajenos, ni alardea de ser guapo, rico y simpático. Su valor añadido es haber llevado a su equipo a cotas de popularidad poco recomendables a quienes prefieren que el Atlético ocupe el mismo espacio en los periódicos que los cupones de la sopera oficial de Kaká. Papá Falcao está triste. Pero su hijo, no. En el Atlético tiene todo el reconocimiento que Cristiano, dicen, cree merecer.

Rubén Uría / Eurosport

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