Rubén Uría

Daños colaterales de otra astracanada

Dos millones de euros, un estadio de béisbol para jugar a fútbol, un rival de peso paja en el concierto mundial y un sinfín de abrazos con el gobernador de la zona. Así nació el invento del gotelé de Villar en Puerto Rico, ante una selección que tuvo menor interés que intentar hacer el amor con un árbol, pero que acabó anotando un gol a Reina en una de las escasas ocasiones en que fue capaz de atravesar el centro del campo. España, con la cabeza en otro lado, dominó a través de interminables posesiones, con menos finura de lo habitual, imponiéndose con tantos de Cazorla y Fàbregas en un partido demasiado extraño. Al espectáculo contribuyó, de manera dantesca, la realización del partido a través de la televisión de Puerto Rico. Cámaras estáticas, tomas absurdas, repeticiones a destiempo y rótulos con menos gracia que el cochero de Drácula. El premio gordo fue para unos marcadores inteligentes (registraban goles que no eran y anulaban los que se convertían) y para la alineación de España (aparecieron Monreal y Alonso como delanteros; Navas y Cazorla como defensas).

Eso dio de sí el surrealista amistoso en Puerto Rico, un destino idílico para vacacionar y desconcertante para jugar a fútbol. Villar, el tipo al que todos los clubes siguen votando por alguna razón ignota para que siga residiendo hasta el fin de los tiempos en la Federación, ha instalado la cultura del PPVS (pagar por ver a la selección) y sigue encantado de haberse conocido. Seguirá haciendo caja, astracanada tras astracanada, paseando a destiempo a la selección más admirada del mundo como si fuese un sucedáneo de la mujer barbuda. La Ley de Murphy, que desde hace años en fútbol es la Ley de Villar, quiso que la astracanada derivase en una buena cantidad de dinero para la Federación y una lesión para el Atlético de Madrid, en la persona de Juanfran, que tuvo que abandonar el campo para ser sustituido por Arbeloa.

Sí, ya saben, el Atlético. Ese equipo que no tiene nada que ver con otros dos que habrían puesto el grito en el cielo si hubiese caído lesionado un jugador suyo. Ese al que los que ponen los horarios premian con un partido a las once de la noche, tras tomarle el pelo recortando su preparación de la Supercopa de Europa. Sí, el Atlético. El mismo que sufrió en silencio, como las hemorroides, aquella desagradable lesión de Maxi Rodríguez, en La Condomina, en otro de esos amistosos made in Villar. Ya saben, el Atlético, ese equipo que cuando se queja no le escucha nadie, que importa menos que los cupones del edredón oficial con la cara de Kaká y cuya filosofía de vida en los últimos años es 'verlas venir, dejarlas pasar y si te mean, decir que llueve'. Cerezo dijo que, si vendía al Kun Agüero, contaría billetes. Ahora el que los cuenta es Villar. Son tal para cual. Reyes de la astracanada.

Rubén Uría / Eurosport

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