Rubén Uría

La tercera Eléctrica, el alma del Real Oviedo

Casuco, Gallart, Langara, Gale e Inciarte. Cinco nombres propios, una delantera histórica, La Eléctrica, Su legado: dos temporadas, 34 partidos, 101 goles. A esa leyenda le sucedería una aún mayor, la de una regla mnemotécnica en forma de oración corta, de fácil recuerdo, que mayores y pequeños recitaron de memoria, con pasión y orgullo, como una tradición heredada de padres a hijos. Fue la segunda versión de La Eléctrica: Casuco, Gallart, Lángara, Herrerita y Emilín. Sus méritos: dos temporadas, apenas 54 partidos y 124 goles. Ni siquiera el odio, la muerte, o la hambruna de la guerra civil pudo acabar con los recuerdos de quienes fueron testigos de una hermandad de ángeles a los que, si les paraban los pies, les salían alas. Tenían el gol inyectado en la sangre y el azul de Oviedo en las arterias.

El tiempo no tuvo clemencia: el club perdió su poder adquisitivo, las estrellas comenzaron una diáspora progresiva y en el palco el sentido común fue el menos común de los sentidos. Se gastó todo, se ahorró nada, se sufrieron descensos, se lloraron derrotas y comenzó la cuenta atrás, camino del abismo. A menos dinero, más ilusión. A más ladrones, más honor. A más derrotas, más corazón. Y a más saqueos, más pertenencia. Dicen que  cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana. En el caso del Oviedo, no. Nunca cedió a la tentación de querer ver morir su deseo. Cientos rompieron el carné mil veces para volverlo a renovar otras mil, por respeto a ese recorte de periódico, cada vez más amarillento, de Isidro Lángara.

En los noventa, ajeno a los primeros apuros económicos y la fatalidad posterior, un estudiante británico de Erasmus se enamoró del espíritu de la afición del Real Oviedo. Sid Lowe, hoy referencia obligada en The Guardian y uno de los mejores periodistas deportivos de Europa, se enganchó a un equipo latino que, por ardor guerrero, parecía británico. Sid abrazó la segunda religión oficial del Principado, el oviedismo. Hizo suyo catecismo de los goles de Carlos, el evangelio según el motorín Berto y los diez mandamientos de Jabo Irureta, el profeta que alcanzó la gesta de disputar la Copa de la UEFA. Lo disfrutó como nadie. Intuía que su equipo jamás volvería a estar a la altura de su afición. Así fue.

Lastrado por las deudas, por la inacción de los políticos y por la pésima gestión de varios propietarios, a la afición del Real Oviedo se le condenó al ostracismo. A una soledad tan inquietante como dura. Al orgullo de haber sido y al dolor de ya no ser. Alguno incluso tuvo la tentación de quitar de la pared de su cuarto el viejo recorte amarillento de Lángara, cada vez más amarillento y cada vez más triste. La fatalidad fue costumbre, la mala suerte fue compañía habitual y la ruina, una rutina constante. Hubo cien culpables, pero ningún valiente.

Sepultado en su autodestrucción, intubado y en fase terminal, el Oviedo esperaba ser desconectado de la máquina. Huérfano de solidaridad, sin políticos capaces, ni jeques de marras al alcance, agonizaba a base de impagos, saqueos y miserias  A punto de recibir la extremaunción, Oviedo encontró su ángel de la guarda en un aquel estudiante de Erasmus que, en la década de los noventa, hizo suyo el cielo del Tartiere. Sid Lowe, de manera altruista, abanderó la reivindicación de quienes saben que en la camiseta del Oviedo caben la sangre, la tristeza y el dolor, pero nunca la vergüenza. De ahí que, usando el trampolín de las redes sociales, Lowe lanzase una divisa bajo el título '#SOSREALOVIEDO'.

Su proclama pública ha calado. Donación a donación, acción a acción, euro a euro, aún hay salvación para este club histórico. El gol de Lowe, como en tiempos de la legendaria furia de La Eléctrica, ha tenido una respuesta brutal en Internet. Los nietos de los que aplaudieron a Lángara y los hijos de quienes disfrutaron de Lacatus han echado mano del monedero. Así es una afición que puede presumir de tener más socios que varios clubes de Primera, que jamás ha tirado la toalla, ni en Segunda B ni en Tercera. Cantantes, deportistas, futbolistas o actores se han sumado al efecto llamada de un 'guiri' que merece el próximo Príncipe de Asturias por su iniciativa. Si llega la salvación, cabría una tercera Eléctrica compuesta por Casuco, Gallart, Lángara, Herrerita, Emilín y Sid Lowe. El alma del Oviedo aún tiene salvación, a 10,75 euros la acción.  Sí, el fútbol aún puede ser romántico. Pero amor no es literatura si no se escribe en la piel. Un poco es mucho.

Rubén Uría / Eurosport

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