Rubén Uría

Entrenador con equipo, equipo sin entrenador

Después de una derrota dolorosa, en mitad de la confusión, de la aireada tristeza de su jugador franquicia, de fuegos cruzados, de filtraciones interesadas e informaciones difusas, el Madrid pisó el campo siendo consciente de que caminaba por la cornisa. Descolgado en Liga, ausente de malicia en el área rival y condescendiente en la suya, el equipo de José Mourinho revertió su mala racha encontrando recompensa y remedio en el último instante. No tuvo la inspiración de sus grandes noches, pero fue capaz de desequilibrar un choque que parecía perdido a través de una reacción vibrante, a la tremenda, de esas que rezuman épica en el césped y contagian fiebre en las gradas. Mourinho tenía la convicción de que tendría equipo. Lo tuvo. Por actitud, ganas de agradar y ambición, el equipo demostró que, a pesar de estar aún lejos de su mejor versión, sigue hambriento de triunfos. El portugués declinó alinear a Ramos y Özil, apostando por la juventud de Varane y un enladrillador como Essien. Con esa receta, el Madrid no encontró alegría en su juego, pero sí la energía para acogotar a un Manchester City medroso y reservón. El equipo de Mou desperdició un buen caudal de ocasiones durante todo el encuentro, pudo haber goleado en el primer tiempo, con facilidad, y acabó ganando con apuros, con la entereza de rebelarse ante la adversidad de encajar sendos goles cuando menos lo merecía. Mou tenía equipo.

El City, que tiene el dinero por castigo y que se ha gastado 460 millones de euros en un equipo que vive del error ajeno, que sale a empatar con descaro y que desprecia el fútbol ofensivo, tuvo el final que merecía su cicatería. A equipos tan negativos como el City debería patrocinarlos Polaroid. Son capaces de ganar la Premier, la FA Cup o quizá algún día la Champions, pero son un monumento a la cobardía. A comienzos de julio, el jeque decidió renovar a Mancini por cinco años, consumando el inesperado y sorprendente atraco del siglo. Paradigma de la mezquindad, de la racanería y del paso atrás crónico italiano, el entrenador italiano acabó llevándose lo que merecía su planteamiento: nada de nada. Al otro lado de la ventanilla se agrandó un Real Madrid a la vieja usanza, con poco vuelo futbolístico pero con la intensidad demandada por su técnico en anteriores compromisos. No fue el mejor Madrid de la temporada, pero sí el Madrid más comprometido, solidario y creyente. Xabi Alonso fue el jefe, Cristiano se mostró siempre, Marcelo se desmelenó en cada lance, Di María no se escondió y finalmente, el equipo tuvo más vértigo y toque cuando Mourinho dio entrada a Benzema, Modric y Özil, justo cuando el agua le llegaba al cuello.

Cristiano, en el último aliento, apagó su incendio con un gol que llevó el delirio a las tripas del Bernabéu y que consiguió que Mourinho explotase toda la tensión contenida de los últimos días, con una celebración por todo lo alto, a ras de césped. Una vez concluyó el encuentro, el de Setúbal no ocultó su euforia: señaló que el señorío para por morir en el campo y que su equipo había demostrado estar a la altura del ADN de la leyenda del club. Más allá de las camisetas, de los colores de los aficionados, no existe un placer más satisfactorio que ver cómo el fútbol golpea, con merecimiento, a quien bastardea el juego, hasta el punto de convertir a un elenco de jugadores maravillosos en una tropa de cobardones con el trasero en la nariz de su buen portero. Con sus aciertos (muchos) y sus errores (bastantes), el Real siempre tuvo fe en la victoria. Su rival, a pesar del admirable Yaya Touré, fue todo lo contrario. Jamás creyó en una victoria que, de haber llegado, habría sido un accidente. El multimillonario equipo inglés fue un monumento a la mediocridad, un sucedáneo de una fábrica de autobuses. Se encontró con dos goles, se puso por delante hasta en dos ocasiones y se aferró a una cicatería infame, impropia de su presupuesto de mastodonte. Mou tenía equipo y el City no tenía entrenador. Cristiano, a golpe de corneta, como gusta en el tendido siete del Bernabéu, acabó con la cicatería de Mancini. El entrenador del Madrid tiene equipo. El City no tiene entrenador.

Rubén Uría / Eurosport

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