Rubén Uría

La epopeya de una piraña china

Menos de cinco minutos. Un suspiro para el espectador, una vida dentro del agua. Tiempo suficiente para una tragedia, la de Michael Phelps; para una venganza, la del neoyorkino Ryan Lochte ; para una epopeya, la de la china Ye Shiwen; y para una desilusión, la de la española Mireia Belmonte. Por primera vez, el mejor competidor de la época contemporánea de los Juegos, Michael Phelps, sufrió una agonía en cien metros finales que se tradujeron en una aplastante e inesperada derrota en la piscina. El hombre que trabaja para pasar a la historia, no como el nuevo Spitz sino como el primer Phelps, el tipo que tiene remos por manos y aletas por pies, acabó ,triturado por su némesis, Ryan Lochte, más extrovertido y menos cerebral. Un fiero competidor que, tras varios años a la sombra de la estrella de Phelps, se convirtió en su ejecutor.

El éxtasis de Lochte, majestuoso e imperial en la piscina, no fue lo que más dañó la reputación de Phelps. La hiel de la derrota fue mucho más amarga para el tiburón de Baltimore. No sólo su enemigo íntimo le privó el oro, un metal que le pertenecía casi en exclusividad, sino que otros dos nadadores fueron mejores que él y le dejaron sin podio. Fue el primer golpe de efecto de los Juegos de Londres, un estado de shock: Phelps, derrotado por Lochte, se quedó fuera del podio. La opinión pública jaleó la derrota de Phelps y el debate se centrará ahora en el presunto cambio de ciclo en la piscina. El tiburón de Baltimore, el nadador más grande de todos los tiempos, se enfrenta ahora a un nuevo desafío: asumir que caer está permitido, pero levantarse es obligatorio.

A la pequeña tragedia de Phelps le sobrevino la desilusión de Mireia Belmonte, que otra vez acabó desdibujada, lejos de las medallas. La decepción de la sirena de Badalona quedó apenas tuvo repercusión local. La atención mundial se la ganó, brazada a brazada, una china que escribió una de las más grandes epopeyas de de la natación. Ye Shiwen, una adolescente de apenas cincuenta kilos de peso, ofreció un inolvidable recital de determinación. A sus 16 primaveras, la pequeña mujer cuyo nombre significa 'poesía', surcó el agua con furia, recortando su mejor marca en casi cinco segundos, para colgarse el oro olímpico, como había vaticinado la cadena CNN hace unos años, cuando tuvo la oportunidad de ver sus inhumanos entrenamientos. Ye alcanzó la pared con un tiempo de 4m28,43s. Sedienta de gloria, había realizado una carrera de ciencia ficción: había nadado sus últimos cien metros en 58'8 segundos, sólo dos décimas más que Ryan Lochte, que había puesto de pie al auditorio con su marca. Un registro de extraterrestre. La epopeya de una piraña china que devoró el crono.

Rubén Uría / Eurosport

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