Rubén Uría

La España que aburre

Al falso debate del falso periodismo sobre el falso nueve le ha sucedido otro despropósito que bordea el surrealismo: España aburre.  Como aburría Miguel Indurain cuando destrozaba el crono y metía minutadas a sus rivales. Como aburre Rafa Nadal cuando hace suya la arena de París a base de sangre, sudor y lágrimas. Así es el aburrimiento. Un fenómeno tan español como kafkiano. Sus creadores, en aras de la venta de humo, discuten, con ignorancia supina, la eficacia de un estilo que ha llevado a esta selección a conquistas impensables. El dedo mediático, siempre acusador, siempre receloso — a pesar de que alemanes o italianos hayan optado por intentar clonar las virtudes de España- está publicitando la idea de que esta no es la manera más idónea de jugar. Comenzaron discutiendo el copyright del estilo originado por Luis y continuado por Del Bosque, luego trataron de tapar el sol con un dedo para negar las influencias de la geometría del Barça — que no tiene la exclusividad del estilo, pero es su mejor exponente- y han acabado negando los arcanos del juego de posición, un concepto que ni comprenden ni quieren comprender, por intolerancia a preguntar sobre lo desconocido. Pero dicen que España aburre.

Hay quien no desea entender que España está programada para ejecutar posesiones eternas, pacientes, porque su poderío no consiste en interpretar el juego de posición como amenaza constante en ataque, sino también como su mejor arma defensiva posible. Sin la pelota, España sufre. La mejor fórmula para evitarlo responde a una ecuación sencilla: si la pelota está en tu poder, el rival se enfrenta a una dificultad doble, se cansa más y recibe un castigo mental severo, acumulando piernas de madera, antesala de una moral plomiza. Si el fútbol son gustos, es comprensible que se reclame un fútbol menos masticado, un estilo de menos gobierno, partidos de ida y vuelta. El gran problema es que esta España no tiene esa genética, ni los jugadores capaces de desempeñar esos roles. Tiene otros. Unos que, por su inmensa calidad, realizan interminables monólogos con la pelota. Porque su aplastante superioridad de posesión no sólo le permite atacar y tener paciencia hasta encontrar una fisura en la defensa contraria, sino que le confiere la capacidad de reducir el número de ataques en contra, limita las ocasiones del rival, le fatiga físicamente por perseguir sombras durante gran parte del partido y acaba frustrándole. Por sensaciones, España es la más vistosa cuando ataca. Por números, con la pelota en su poder, también es la más eficiente cuando defiende. Pero dicen que España aburre.

No, España no es un equipo vibrante, todo energía, de ida y vuelta, de contragolpe arrollador y temible al espacio. No, España es otra cosa. Es un todo ordenado, una orquesta coral, un equipo cuyo estilo innovador le permite atacar y defender con tanta eficacia como brillantez. España es el riesgo controlado. Si tiene el día, destroza a su rival jugando en un sello postal, con una brillantez elogiable. Si está atascada, se defiende con la posesión de balón, hasta encontrar el hueco que le permita establecer la diferencia. Así es esta España que, dicen, aburre. Juega como nunca y gana casi siempre. Debe ser que lo divertido, lo que no aburría, era caer en cuartos de final, sin estilo propio y con excusas de mal pagador.  Porque ya saben, esta España, aburre.

Otro asunto. Me comenta Luis Fuentes, con buen tino, que atendiendo a los análisis y comentarios periodísticos, el fútbol moderno se haya convertido en un partido de tenis al uso. En vez de disfrutar del poderío global de una selección, del juego de un equipo, se ponderan las actuaciones particulares de las estrellas. Cristiano sepulta a Portugal cuando está mal y la convierte en el Cristiano CF cuando lidera con acierto. Rooney anota ante Suecia y dispara los elogios, para ser poco menos que un desecho de tienta después de desaparecer en combate ante Italia. Esta cuestión, quizá un fenómeno periodístico, se acentúa más atendiendo a España. En nuestro país, además de sacar brillo a toda actuación personal, se da un paso más. Si Alonso hace un gran partido, se traduce en un palo a Busquets. Si Piqué funciona bien al quite, se interpreta como un insulto a Ramos. Si Navas marca, es un desdoro hacia Pedrito. Y si Fernando Torres marca es Dios y si falla, es un un tipo que merecería la expatriación con dirección a Uganda. España, país proclive a la vieja cantinela de las filias y las fobias, siguen sin entender que esta selección no es mérito exclusivo del Barça, ni pertenece a una columna vertebral de jugadores del Madrid, ni está dividida en diferentes egos. Es muy aburrido tener una España unida, visto lo visto.

En nuestro país, por deformación profesional, no tenemos la suficiente cultura deportiva para entender, procesar y asumir que la gestión de estos grupos no depende de nuestros gustos futbolísticos, sino del criterio uniforme de un seleccionador que defiende los intereses de un grupo, no la venta indiscriminada, a cualquier precio, de ejemplares de periódicos, ni tampoco los intereses particulares de los grandes clubes. Tampoco hemos sido educados para comprender una de las grandes máximas del deporte de equipo: el significado de esa palabra, equipo. La fuerza de esta España, al margen de su estilo, innegociable por vistoso y por eficiente, reside en una serie de jugadores que están haciendo lo que el equipo necesita. Porque el fútbol nunca ha sido un deporte donde el yo pueda estar por delante del nosotros. Vicente Del Bosque lo explicado con naturalidad y contundencia: 'Los que asocian el fútbol de esta selección al Barça o al Madrid están endemoniados. Debemos ser la selección española, la selección de todos'.  No, esta España, a pesar de los intereses creados, no va ni de los jugadores del Real Madrid ni de los del Barça. Su fuerza está en el equipo. El mejor de toda su historia. El que, según dicen, aburre.

Rubén Uría / Eurosport

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