Rubén Uría

España, mucho más que un campeón de leyenda

Iker Casillas, además de portero milagroso, demostró ser un profeta fiable cuando acertó a definir el estilo de España: 'Somos como el Tetris, encajan todas las piezas'. Así fue. En el día más señalado de la historia del deporte español, el puzzle del ballet rojo fue perfecto. El pesimismo, la segunda religión oficial de este bendito país, argumentó un supuesto fin de ciclo. Menos profunda, con más fatiga y menos velocidad que en anteriores cursos, España contestó a los agoreros del aburrimiento alcanzando su mejor versión en la final, condenando a una intrépida Italia a rendirse y aplaudir, firmando un fin de fiesta soñado. La mejor selección de todos los tiempos,  competitiva y sedosa, capaz de jugar en un sello postal y de subsanar cualquier adversidad, hizo historia con su tercer laurel consecutivo en una gran cita. Primero fue la inesperada Eurocopa en Austria, después un Mundial apoteósico en Sudáfrica y ahora ha llegado una segunda Eurocopa, en Ucrania, que significa la cuadratura del círculo.

Del Bosque concedió rol de nueve a Fàbregas. Él respondió poniendo de manifiesto su ascendente, aportando intangibles, movilidad y ocasiones. Xavi Hernández, la fotografía del estilo de España y la metáfora del toque, fue la computadora que descifró y procesó cada balón. Silva entró en la historia anotando el primer gol, Busquets fue la bisagra clave de la máquina roja, Alonso dejó que sonara su guitarra con fuerza y Arbeloa demostró que, perfectamente, podría haber nacido en un barrio de Esparta. La secuencia del segundo tanto fue la fotografía perfecta de la hegemonía del estilo de juego de una España que, cuando encuentra profundidad, enamora: Casillas-Cesc-Jordi Alba-Xavi-Jordi Alba. Potro de rabia y miel, el mejor lateral zurdo de la Eurocopa imitó a Usain Bolt, se plantó ante Buffon y tuvo la sangre fría para liquidar. Italia, tras haberle discutido la pelota a España, se fue al vestuario con resignación. Sabiendo que esta España es un equipo legendario, un rival en permanente estado de gracia cuando tiene la pelota en sus pies. La televisión pública italiana, la RAI, después de un gran primer tiempo de su selección, fue explícita: 'Estamos perdiendo contra el mejor equipo del mundo, que hoy está empeñado en demostrarlo'. Sin comentarios.

En el segundo acto, con Italia a la desesperada y España con su  habitual paciencia, se certificaron los temores de los vecinos de Mario Monti. Con el marcador en contra y más espacios, la prima de riesgo de Italia se podría disparar. Así fue.  Entró Di Natale, pero no pudo con Casillas. Ni él, ni nadie. Porque al ángel de Navalacruz no le pasan ni los rayos X. En cobertura, el titán de Camas, Sergio Ramos, montó un tablao flamenco en el cielo y Piqué fue ese mariscal de campo con alma de delantero. Para cada pequeño problema quedaba la solución de siempre: Andrés Iniesta. Ese chico al que Oliver Atom no le llega a la suela de los zapatos. Para dibujos animados, Andresito. Simplemente, el fútbol. A España, on fire, ni siquiera le inquietó un penalti clamoroso por mano de un zaguero italiano. Al contrario, la estimuló. Italia, cautiva y desarmada, entonó el porca miseria definitivo cuando Motta, con sólo tres minutos en el verde, se rompió. Los de Prandelli se quedaban con uno menos al haber agotado los cambios. La Eurocopa tenía dueño.

España, el equipo acusado de ser aburrido, proporcionaba un festín de fútbol al mundo. Primero llegó una sinfonía de pases entre Xavi, Iniesta y Alba; luego Del Bosque quiso más y metió a Pedrito, una manada de ilusión con hambre de gol; la fiesta continuó con Fernando Torres, ese chico al que se le falta el respeto siempre y que ha vuelto a responder con goles por bulerías, y alcanzó el Nirvana cuando Mata firmó el cuarto, gracias a la generosidad de 'El Niño', que regaló un gol a su compañero de equipo en vez de cebarse en autoproclamas y egos de postín. España, España, España y España. Cuatro veces España. El campeón, otra vez, era español. Denominación de origen made in Luis Aragonés, herencia sublimada por Vicente Del Bosque, el seleccionador que demuestra cada día que es bueno ser importante, pero es más importante ser bueno. El origen fue Luis, temperamento y figura. La continuidad fue Vicente, bata blanca y bonhomía. España, un equipo de leyenda, inmortal, superó con éxito el desafío más grande de la historia de cualquier deporte: volver a ganar cuando se ha ganado todo.

Esta España, que agota los adjetivos calificativos, se ha forjado después de un viaje a través del tiempo, que conviene recordar para saborear, en toda su extensión, el éxito de un grupo que permanecerá, desde esta noche hasta el final de los días, en la memoria de los hombres. Hubo un tiempo en el que España abrazó la furia como estilo, creyendo que el tamaño sí importaba. Ahora España, desdeñando pretéritos atributos vigorosos y complejos físicos, se ha dado cuenta de que el único tamaño que importa es el de la calidad, la de sus locos bajitos. Hubo un tiempo, demasiado largo, en que Salinas fallaba una ocasión clave, en que Cardeñosa sufría en silencio su condena y en el que árbitros de países exóticos y nombres impronunciables se alternaban para engordar las excusas de mal pagador de un equipo perdedor. Ahora Xavi es la metáfora de un estilo poético de fútbol, Torres marca goles en diferentes finales de Eurocopas, San Iker abre las puertas de la gloria e Iniesta no corre, levita. Son una generación de oro. Educados para ganar.

Hubo un tiempo en que España era la campeona del mundo de ganar amistosos y la impotencia segura en las competiciones oficiales. Ahora España es la campeona de Europa, del Mundo y de Europa otra vez, pero algunos falsos profetas se rasgan las vestiduras por perder un par de amistosos. Hubo una época en la que España siempre perdía con Italia, humillada, porque hacía las maletas psicológicamente antes siquiera de competir. Ahora España compite mejor que su bestia negra, logra humillarla y consigue que los que hagan las maletas psicológicamente sean los spaghetti. Hubo una época en la que España se iba con la cabeza gacha, sufriendo el dolor de la impotencia que se le agrupaba en el costado, escuchando el sonido de la derrota, refugiándose en el vestuario a toda prisa para no afrontar la derrota. Ahora España, en la cima del mundo gracias al ballet rojo de sus enanos mortales, sabe ganar como nadie y es capaz de formar un pasillo respetuoso a quienes antes, en el pasado, le provocaron traumas y fatalismos.

Hubo una época en la que el mundo se rindió al talento individual del Brasil de Pelé, la Holanda de Cruyff, la Argentina de Maradona y también la Alemania de Beckenbauer. Ahora el planeta entero se rinde al talento no de una estrella, sino de colectivo donde los héroes son múltiples, porque es la España de Iniesta, de Casillas, de Xavi, de Ramos, de Piqué, de Alba, de Alonso, de Busquets y de Fernando Torres, entre otros. Hubo una época en la que España jugaba como nunca y perdía como siempre. Ahora España juega como nunca y gana siempre. Hubo un tiempo en que Gary Lineker profetizó que el fútbol era un deporte de once contra once en el que siempre ganaban los alemanes. Ahora el cuento ha cambiado. El fútbol es un deporte de once contra once en el que siempre ganan los españoles.

Rubén Uría / Eurosport

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