Rubén Uría

España: Silva para gobernar y Pedrito para ejecutar

Era un partido de interés general, a emitir en abierto y con cobertura estatal, pero las televisiones nacionales se negaron a pagar sobreprecio y los españoles no pudieron disfrutar en sus casas del partido de La Roja, algo que no sucedía desde un choque ante Malta en 1983. Así que, de esa guisa, el personal tuvo que arreglárselas para seguir las incidencias de lo que ocurría en Bielorrusia. Unos escogieron la oferta de la aldea global, conectando con diferentes enlaces a través de Internet, mientras que otros optaron por el encanto de la radio, para vivir una noche de transistores, como en los viejos tiempos. Era el primer Bielorrusia-España de la historia y los de Vicente Del Bosque llegaban con dos preocupaciones. La primera, la urgencia clasificatoria: había que ganar para no perder comba con Francia, el gran obstáculo en el grupo. La segunda, la defensa: huérfano de Puyol y de Piqué, Del Bosque apostó por Busquets como falso central y por Fàbregas como nueve mentiroso. Esa doble apuesta embustera fue una verdad absoluta. Sergio aportó limpieza a la salida del balón y Cesc fue el socio ideal de sus compañeros.

La tricampeona, que sufrió lo indecible ante Georgia, se aplicó el cuento y pisó el acelerador a fondo desde el inicio. En el primer minuto, Fàbregas estrelló la pelota contra el palo después de una preciosa combinación con David Silva. Sólo tres minutos después, otra vez Silva, golpeaba su remate contra la madera después de un servicio preciso de Xavi Hernández. Cuatro minutos, dos postes. Bielorrusia, apocada, cedió ocho minutos después. En el doce, Jordi Alba culminó una incursión en posición ilegal para regatear al meta local y establecer el primero de la noche. El gol no debió subir al marcador, pero fue pleno en  toque, distracción y aceleración. Los locales apenas podían contener a Silva. El canario, que bailó claqué de manera reiterada entre la nube de defensas bielorrusos, ofreció un recital de lo más granado de su repertorio. Hizo lo que quiso, como quiso y cuando quiso. Como filtrar un pase sutil, marca de la casa, al espacio. Allí apareció Pedrito, ese chico que juega de todo y que lo hace todo bien porque como decía Kubala, es un prodigio en poder, saber y querer. Se desmarcó, metió la quinta velocidad, amortiguó la pelota de Silva con elegancia y definió con sutileza. Los españoles no lo podían ver por televisión, pero su selección estaba ofreciendo un recital en Minsk.

En el segundo acto, Del Bosque dio descanso al mejor, Silva, para tenerlo fresco ante Francia y dio minutos para completar el rodaje de Iniesta. Bielorrusia amagó con un par de incursiones, pero España no dejó de ser ambiciosa. Fruto de esa ambición que parece no tener fin en un equipo que lo ha ganado todo, emergió Pedrito. Volvió a encontrar una pelota en fase de liquidación y vacunó de nuevo al portero. Aún había más. Lejos de conformarse, el hijo del gasolinero demostró que su voracidad no tiene límites y rubricó una jugada de video-juego, dejando claro que caso es digno de elogio. Era el primer hat-trick de su carrera. Incluso pudo haber marcado un cuarto gol, después de un chutazo de Villa al travesaño. Pedrito cantó bingo en Minsk, porque nadie pelea ni se entrega como él. Siempre lo deja todo: ante Alemania o ante Bielorrusia, ante el Leverkusen o el Mollerusa. Por eso siempre encuentra recompensa. Su nombre de guerra es Pedrito, que no Pedro, porque su magia consiste en disputar cada pelota con la ilusión de un juvenil. En Minsk reivindicó su verdadera dimensión como futbolista: es un gigante.  España, en el partido que no se pudo ver en las televisiones de su país, se regaló una fiesta. Silva gobernó el partido y Pedrito fue su brazo ejecutor.

La goleada en Bielorrusia le dio la razón a Mano Menezes. El seleccionador brasileño advirtió que La Roja, a día de hoy, está por encima del resto de selecciones. El recital de Minsk fue otro golpe de autoridad de España. Una selección admirada en todo el planeta, que ha ocupado la plaza que dejó vacante Brasil con su jogo bonito y que está un peldaño por encima de potencias como Argentina, la propia Brasil o Alemania. Esta España no es invulnerable y está llamada a tener que perder algún día, pero es una de las mejores selecciones de todos los tiempos por su identidad y su estilo de juego. España impresiona no por lo que ha ganado, que ha sido mucho, sino por su modo de ganar. Bielorrusia es un equipo menor, pero España se siente cómoda siendo el Brasil del siglo XXI.

Rubén Uría / Eurosport

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