Rubén Uría

¿Españoles disfrazados?

España, campeona de Europa y del mundo, empató ante Francia. Suficiente para que los que guardan un machete cubano debajo del colchón -que eran felices cuando España ganaba amistosos y no pasaba de cuartos de final-, potenciasen su apología del odio. Primero, furibundo ataque a la reputación del seleccionador. Que si es flojo, que si no sabe, que si le dieron el carnet en una tómbola, que si el buenismo es sinónimo de incompetencia, que si su bigote no señala el camino. Después le tocó el turno a varios de los jugadores del equipo que mejor ha jugado y más ha ganado en la historia de nuestro fútbol. No hubo lugar para la crítica constructiva. En su lugar irrumpió un vómito de bilis, durante tanto tiempo tragada y contenida. Fue en las redes sociales. Ese contenedor gigante de odio donde miles de personas vuelcan sus frustraciones personales insultando a quienes no piensan como ellos. Como si el número de insultos fuese proporcional al número de argumentos. La red social, cada día que pasa más antisocial, fue un estercolero. Más que nunca.

Se pudieron leer vejaciones, insultos, faltas de respeto, mofas y befas. Sin piedad, sin tregua y a discreción. Los destinatarios: el seleccionador, los jugadores, los que defienden la trayectoria de la selección y los periodistas que opinan - con más o menos acierto-, sin insultar a nadie. Nada nuevo en este país oportunista, especialista en descuartizar a los ídolos caídos en desgracia, aunque sea puntual. Los trompeteros del apocalípsis, los mediáticos y los anónimos, pusieron a funcionar su pesada maquinaria de improperios. No es novedad, el odio deportivo, en todas sus formas y expresiones, empieza a arraigar. En este país en su día se arremetió contra Pau Gasol ( le colgaron la etiqueta de blando), se dudó de Rafa Nadal (tras su lesión se dijo que estaba acabado) e incluso se ninguneó a Miguel Indurain (aburrido porque ganaba casi siempre). Anoche le tocó el turno de la selección española de fútbol, uno de los mejores equipos de la historia de este deporte.

La yihad de twitter, inasequible al desaliento cuando se trata de asesinar la reputación de jugadores, entrenadores, periodistas y todo lo que se mueva porque hay que darle leña al mono hasta que hable portugués, festejó por todo lo alto. Algunos esperaban a Del Bosque con la escopeta cargada a la vuelta de la esquina. De ahí que anoche aprovechasen el cartucho, porque la caza no abunda mucho. Para el seleccionador no habrá ni olvido, ni perdón. Sólo insultos. Como con Casillas y Ramos, sospechosos de no se sabe exactamente qué, pero receptores del odio indisimulado de la guardia pretoriana de su profeta, el único.

Fue empatar Francia y la lista negra del odio, vía pajarito azul, creció de golpe. Raúl, que tiró del carro cuando no éramos tan buenos, siempre fue el chivo expiatorio ideal. Hoy su relevo como cabeza de turco es Fernando Torres. En otra dimensión aparece Arbeloa, alguien que ha sufrido tantas faltas de respeto como las que le esperan a Juanfran, criminalizado con saña por cometer un error grave que desembocó en gol francés. Su fallo desató la riada de 'señorío' en la red: torpe, idiota, paquete, cojo y demás lindezas. Arbeloa, experto en sobrellevar ofensas gratuitas, le aconsejará cómo ignorar a los que insultan. Son los efectos secundarios de los ventiladores mediáticos de alfalfa, las secuelas de los que suministran estramonio copiando el formato Sálvame. La tirria De Luxe, inspiradora del rencor del pajarito azul, inasequible al desaliento y al botón de bloqueo, cree que hay madridistas disfrazados. Eso sí, que nadie se atreva a preguntarse si hay mucho español disfrazado.

Rubén Uría / Eurosport

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