Rubén Uría

El fuego interior de Michael Phelps

Ayrton Senna, Roger Federer, Carl Lewis, Michael Jordan o Muhammad Ali. Hombres que alcanzaron el estatus de dioses, que engrandecieron el deporte, que exploraron sus límites y que, sin ser invencibles, acabaron por convertirse en leyendas memorables, en gigantes que combatieron sus demonios persiguiendo la perfección. Vencieron, cayeron, se levantaron, dudaron, fueron enterrados antes de tiempo y resucitaron para volver a ganar todo lo que ya habían ganado.  Senna fue un héroe, un carisma andante, un hombre que nació con el veneno de competir en la sangre. Roger Federer es la perfección hecha raqueta, la delicadeza sutil de un giro de muñeca aterciopelada, el golpe imposible en carrera, la sublimación de la elegancia en pantalones cortos. Carl Lewis fue un Prometeo de ébano, el hijo del viento que devoró récords y pistas con tanta intensidad como personalidad. Michael Jordan nació con muelles en las piernas, hizo suya la mirada del tigre, fue Dios disfrazado de jugador de baloncesto y el señor de los anillos que gobernó a todos sus competidores desafiando la ley de la gravedad en cada vuelo sin motor hacia canasta. Muhammad Ali fue el mejor deportista del siglo XX, el más grande, el dios del ring que volaba como una mariposa y que picaba como una abeja,  el ego descomunal, un uno-dos como un relámpago, un superviviente de mil batallas y también el negro que se negó a ser el campeón de los blancos. 

En ese panteón sagrado de la historia del deporte vive cómodamente instalado, desde hace años Michael Phelps, el tiburón de Baltimore. El hijo de un policía estatal de Maryland y de una profesora de universidad, que comenzó a nadar a los siete años, al diagnosticarle un trastorno por déficit de atención con hiperactividad. El mejor nadador de todos los tiempos tiene manos por remos y pies por aletas, pero no es ese el mejor secreto de su éxito.  El suyo radica en su odio visceral a la derrota. En su determinación, enfermiza, por la victoria.  Curtido en interminables sesiones de entrenamiento (entre 2000 y 2008 fue capaz de nadar una media de 85.000 metros por semana, 18.000 kilómetros, casi el doble de la circunferencia del planeta Tierra) y famoso por sus copiosos desayunos (tres sandwiches con huevo, queso, lechuga, tomate, cebolla y mayonesa; tres tortitas con virutas de chocolate, una tortilla, dos tostadas francesas y dos tazas de café), Phelps se ha ganado su lugar en la historia a base de constancia y disciplina.

Asesorado por su mentor Bow Bowman, sombra y conciencia del campeón, Phelps ha engullido victorias, récords y medallas. Lo ha hecho con una voracidad exagerada, como si el mundo se fuese a acabar mañana, como si su apetito por la victoria fuera insaciable. Phelps ha consagrado su vida a conjugar el verbo vencer. Nadie ha trabajado con tanta intensidad como él, nadie se ha esforzado con tanta tenacidad, nadie ha deseado con más fuerza que él cada victoria, nadie ha estado más dispuesto que él a sacrificar cualquier cosa con tal de ganar.  

Phelps también ha sido inmune al virus que más afecta a los grandes campeones: morir de éxito. Nunca se ha enamorado de su larga colección de éxitos, adornada por 14 medallas de oro, por 37 récords del mundo o por la gesta de superar el récord de Mark Spitz, el mito que inmortalizó la natación. Nadie le habría culpado de haberlo hecho, pero él siempre se ha resistido a mirar la vitrina de trofeos. Sólo es feliz en las piscinas. Nadie sabía si después de ganar todo, de batir a todos y de destrozar todas las marcas, Michael estaría dispuesto a volver a meterse en el agua para afrontar nuevos retos. Se dijo que estaba cansado, que ya no tenía gana de nada, que quería tomarse un año sabático y que jamás volvería a ser el que fue, porque ya no tenía que demostrar nada a nadie. En otoño de 2009, tras dilapidar seis semanas de entrenamientos, después de varios meses de reflexión personal, Michael tomó su decisión. Ni su familia, ni siquiera Bow Bowman, sabían qué iba a decidir. Un día telefoneó: 'Lo haré, estaré en Londres'.

Había recuperado la pasión. El fuego de la victoria, de la competición, de no rendirse nunca, seguía dentro de él. Desde ese momento hasta el día de hoy, se ha entrenado más fuerte que nunca, ha recurrido a nuevas tácticas de entrenamiento como la práctica del boxeo e incluso ha dormido en una cámara que estimula altitudes de 2.4 a 2.7 kilómetros, para fortalecer su resistencia. El tiburón, otra vez, está dispuesto a todo. Su apetito por la victoria, 16 medallas después, aún no se ha saciado. Tras años en la cumbre, abonado al éxito, su voracidad sigue intacta. Jamás se ha distraído, ha sido capaz de apartar sus miedos, no ha sucumbido a las comodidades del dinero y ha tenido la entereza de levantarse después de cometer dos errores que casi acaban con su carrera, como cuando fue arrestado por conducir ebrio o cuando fue fotografiado fumando marihuana.

Ha destrozado todos los cronos, ha reinado en todas las especialidades, ha superado el récord de Spitz y aspira a igualar o superar el registro de la gimnasta soviética Larissa Latynina, que consiguió 18 preseas. Niño prodigio en Sidney, rey de Atenas y emperador absoluto de Pekín con ocho oros, Phelps afronta el último desafío de una vida donde se ha empeñado en superar todos los retos que se han puesto en su camino. El tiburón de Baltimore, después de haberlo ganado todo y haberlo vuelto a ganar,  se enfrenta en Londres a sí mismo. Siente que aún le queda el último aliento y que ha reencontrado su fuego interior. Pase lo que pase, vuelva a ser de oro o fracase en su último intento, ha hecho suyo el auténtico ideal olímpico: la lucha del hombre por superarse a sí mismo. Nadie representa mejor ese ideal que Michael Phelps. El tiburón de Baltimore aún tiene el fuego en el cuerpo.

Rubén Uría / Eurosport

Últimos posts

Blogs destacados