Rubén Uría

Gago, cinco de oros o cuatro de copas

Diciembre de 2006. Ramón Calderón, presidente del Real Madrid, toma el micrófono para anunciar un flamante fichaje del club: 'Hoy es el día de la lotería de Navidad y nos ha tocado el mejor premio, está aquí, es Fernando Gago'. La lotería tuvo un precio: 18 millones de euros. Mediocentro defensivo, de gran reputación y menor jerarquía,  el argentino desembarcó en el Bernabéu perseguido por la comparación con Fernando Redondo, un centrojás de espaldas anchas, codos afilados y visión periférica, que sentó cátedra en Tenerife y Madrid, como superdotado de la pelota. Quizá por temor a no cumplir las expectativas ante esa alargada sombra, quizá por convicción y honradez personal, la primera declaración de intenciones de Gago como jugador madridista fue explícita: 'No soy Redondo, soy muy distinto a él'. Muy pronto el tendido siete del Bernabéu comprendió que aquella frase no estaba vacía de contenido. Nunca fue un líder natural, nunca impuso su personalidad, nunca pareció poder imponerse. Ni en el quite, ni en el manejo de la pelota. 

Por unas u otras razones (actuaciones poco convincentes, algunas lesiones, frecuentes apagones en el campo y diferentes faltas de confianza de diferentes entrenadores), Gago siempre pareció mucho peor de lo que habían augurado los periodistas: los argentinos lo compararon con Redondo, los parabólicos dieron su visto bueno y por supuesto, la prensa oficiosa del movimiento, afín al presidente — entonces Ramón Calderón recibía felaciones continuas, hoy se le proporciona trato de proscrito- abrazó esa comparativa. Pero el argentino nunca respondió a las expectativas. Siempre fue de más a menos, hasta acabar siendo el extraño caso del mediocentro menguante. El chico que iba a ser Redondo pero que no podía serlo acabó fagocitado por las urgencias del equipo y por la  ferocidad de sus compañeros, que casi siempre le ganaron la partida por la titularidad. Siempre se mostró demasiado dubitativo como para ofrecer su verdadera personalidad en el terreno de juego. 

Falto de confianza, con ausencia de gol, demasiado lento en ocasiones y propenso a las cartulinas amarillas por su aparatosidad en el cruce, Gago pasó con más pena que gloria por el Real Madrid. Tuvo partidos con Capello, más continuidad con Schuster y apenas un par de momentos con Pellegrini. Con Mourinho, más exigente que los anteriores en el plano mental y físico, Gago acabó entregando la cuchara.  Se marchó a la Roma. Allí no le fue mal, pero tampoco firmó una temporada digna de demasiados elogios. Ahora, en época de carestía, cesiones gratis y fichajes low cost, Gago vivirá su segunda oportunidad en España. El Valencia le ha rescatado para la causa. Nunca quiso ser Redondo, a pesar del empeño de los periodistas, porque no podía serlo. En Mestalla confían en que, de una vez por todas, Gago sea un cinco de oros y no un cuatro de copas. 

Rubén Uría / Eurosport

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