Rubén Uría

Algunos héroes anónimos españoles

Pierre de Coubertin, el francés fundador de los Juegos Olímpicos modernos, pasó a la posteridad con una frase popular que nunca pasa de moda en el deporte: 'Lo más importante del deporte no es ganar, sino participar, porque lo esencial en la vida no es el éxito, sino esforzarse por conseguirlo'.  A lo largo de la historia, no han faltado monstruos sagrados del deporte que basaron su éxito en una exigencia ilimitada que les llevó a desdeñar la primera parte de la frase del Barón de Coubertin.  El ejemplo más claro de ese sentimiento fue el brasileño Ayron Senna, que llevaba la competición en la sangre y que acuñó una frase que excluía de la gloria al participante que no ganaba: 'El segundo es el primero de los perdedores'. La vida y el deporte, nos muestra que, a pesar de geniales excepciones como Senna,  que se retroalimentaban de su competitividad extrema, la realidad es otra.

Estos Juegos de Londres están siendo el mejor ejemplo para el deporte español: las lágrimas del judoka Sugoi Uriarte, que se quedó sin bronce y sin oportunidad para rendir tributo a su madre fallecida; el trabajo descomunal sin premio de Mireia Belmonte, la sirena de Badalona que pelea contra sus propios límites; la actitud de las gladiadoras del vóley playa, Liliana y Elsa, dos guerreras en la red;  Ander Elósegui con sus arreones de corazón en cada remonte, buscando reventar el crono en aguas bravas; el aplomo de Iker y Xabi en el 49er en búsqueda de la perfección personal surcando las aguas; o la maravillosa actitud de las chicas del balonmano, un deporte casi marginal que debería tener más ayudas.  La frase de Coubertin, a cuya primera parte se agarró el tópico popular, encierra más realidad en su segunda parte. Lo esencial en la vida no es el éxito, sino esforzarse por conseguirlo.  Sugoi, Belmonte, Ander y demás forman parte de una legión de deportistas que apenas tienen notoriedad, que no tienen los privilegios mediáticos de los futbolistas de elite y que tampoco tienen sus cuentas corrientes. Compiten no sólo contra sí mismos y contra sus rivales, sino también con una obligación: la de tratar de lograr que su deporte deje de ser marginal y minoritario. Una responsabilidad que asumen con dignidad.

Una medalla para ellos significa la inmortalidad, unos ingresos decentes, completar una brillante carrera, la confirmación de un sueño hecho realidad. Pero estos héroes anónimos, que participan ofreciendo lo mejor de sí mismos, independientemente del resultado, pertenecen a una clase de personas que se han sacrificado durante horas de trabajo silencioso y casi siempre, ignorado.  Quizá por eso resulta dramático ver cómo estos deportistas, que entregan todo lo que tienen, acaben siendo presa fácil de las críticas a ojos de una opinión pública que mide sus estatura humana en base al color del metal conseguido.  Hoy, en pleno siglo XXI, con millones de televisiones informando al minuto, con las redes sociales viviendo cada prueba al segundo, la reputación de miles de héroes anónimos está en juego. El juicio sumarísimo llega en cada prueba y si los resultados no son los apetecidos, la masa social se impacienta:  se usa la palabra fracaso con tanta ligereza como crueldad. Sin saber nada o casi nada de los deportistas, de sus dificultades, de sus problemas financieros o de sus lesiones, se exigen medallas, resultados, campeonatos.

En su día, Matt Biondi, ocho veces campeón olímpico y mito sagrado de la natación, hizo una reflexión que, con el paso del tiempo, quedó en el olvido. Hoy que el deporte español ve con desesperación cómo las medallas se rozan y se niegan, conviene rescatarla. En su día, cuando fue criticado, Biondi dijo: 'Hay demasiado énfasis en el éxito y en el fracaso, y apenas muy poco en cómo la persona progresa a través de su esfuerzo. El secreto debe ser dejar de preocuparse por la victoria y la derrota, disfrutar del viaje, disfrutar del momento'.  Este es el ideal olímpico. La verdadera medalla es superarse a sí mismo.

Rubén Uría / Eurosport

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