Rubén Uría

Historia de un contrapoder que no vende pijamas ni baterías de cocina

La hinchada del Atlético, condenada a 25 años de gilismo y hastiada de ser el chiste de los lunes en la oficina, vuelve a sentirse orgullosa de su equipo. Puede perder, empatar o ganar, pero su estilo, un revival de la genética de tiempos de Luis Aragonés, transmite fe y contagia combatividad. Está en la punta de un campeonato que acaba de empezar, pero abraza su licencia para soñar. Tendrá que explorar sus límites. En ese tortuoso camino deberá superar muchos obstáculos: apenas se ha gastado un millón de euros, su presupuesto es cinco veces menor que el de Madrid y Barça, y es otra víctima de esos abusivos contratos televisivos que miran por dos y relegan al resto. A eso hay que unir que su plantilla es corta y que la temporada es larga. O que algún día llegará una racha negativa. Incluso que la familia Gil volviese a las andadas para desmantelar el equipo y vender a los buenos para poder pagar a los malos. Todo eso puede pasar. Sería una gran noticia para los que tratan al Atlético como un apestado mediático, como a Valencia, Sevilla, Málaga o en su día, el Superdepor. Equipos que caían, caen y caerán simpáticos, hasta que son suficientemente competitivos para alterar las audiencias. La caja manda y el trato preferencial es para los de siempre. Para qué tratar al resto con la dignidad y atención que merecen. Eso no vende pijamas. Ni edredones.

En el caso del Atlético la afrenta mediática es más grave. Primero por inacción ante la apropiación indebida de los Gil, tan ignorada como jaleada Después, por el falso testimonio que levantan cuando se refieren al Atlético como 'El Pupas''. Lo hacen de manera sistemática, por desprecio o por ignorancia. Un embuste con precedente histórico, pero con un fin grosero. Como si una mentira, por repetirla mil veces, se convirtiese en verdad. Como si ganar cinco títulos europeos y diecinueve nacionales fuera cosa de fatalismos y pupas. Este Atlético trata de rebelarse contra ese nicho que la industria le ha adjudicado. Lo hace, por fin, mirándose a sí mismo. Sin mirar a casas ajenas. Hay quien sostiene que es un globo que se pinchará pronto. Lo que nadie puede discutirle es su compromiso y su esfuerzo colectivo. El Atlético, desde que se fundó hasta que se apropiaron de él indebidamente, siempre representó el contrapoder. Esa condición la ha recuperado ahora cuando parecía una quimera. A pesar de convivir con tiempos de venta de tenedores oficiales de plata, a pesar de que se haga coincidir su partido con el clásico o de que no abrirá un telediario ni por recomendación del médico, este Atlético se ha ganado un respeto. Para alcanzar ese estatus, ha bastado con que Gil Marín no vendiese a los mejores en verano y con que el dúo prescrito haya dejado trabajar a un entrenador serio, no a un pagafantas manejable y permeable a las órdenes de los despachos. Eso ha sido suficiente para que el Atlético haya invertido su estado de ánimo.

Ejemplo de equipo de autor, este Atlético lleva la firma de Simeone, que ha implantado dos principios sagrados en el vestuario: el corazón puede igualar el presupuesto y el esfuerzo no se negocia. Su liderazgo, como su carisma entre la grada, cala hasta el tuétano. Para abrigar a su portero, ha montado una Línea Maginot con Godín y Miranda, que han cambiado el overol por el frac. A eso le ha añadido dos alas, Juanfran y Filipe, antes frágiles y hoy afiladas. Después ha articulado un árbol carnal, que se estira y se encoge a conciencia, compuesto por arterias como Mario Suárez, Gabi o Emre. Le ha dado fuste auna segunda unidad representada por Cebolla, un uruguayo que juega con los cojones en la punta de la bota. Y ha redoblado la confianza de Diego Costa, mientras recuperaba para la causa el talento de Adrián. Para todo lo demás, como Mastercard, está Falcao, ese señor que dinamita porterías y resucita al equipo cuando está al borde del precipicio, El colombiano es una furia desatada. Se quiso quedar en un club que siempre quiere vender;  remataría una lavadora si se la arrojasen desde el fondo sur y es la palabra del señor en una fe de glóbulos rojiblancos. Siempre está ahí. Nunca se toma la noche libre. Y cuando saca a pasear sus instintos, el Atlético vuela. Simeone enciende el horno, Falcao es su fuego. En este fútbol donde sólo juegan dos y donde a todo el mundo le interesa que sólo se hable de esos dos, la irrupción de este Atlético alborota el gallinero. A la gente no le gusta que uno tenga su propia fe, pero este Atlético cree en lo que hace. Eso merece respeto. El que se ha ganado este Atlético a pulso. El que en su día se ganaron Valencia, Sevilla, Athletic o Málaga. Equipos que no dispararán la venta masiva de pijamas y baterías de cocina por cupones coleccionables, pero que merecen reconocimiento y respeto.

Rubén Uría / Eurosport

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