Rubén Uría

Italia gana como siempre y juega como nunca

'Hay que empezar a jugar. España ha demostrado que quien juega, gana. Aprendamos a jugar: pases y pelota al suelo'. Andrea Pirlo, el mejor regista de la historia contemporánea del fútbol italiano, tuvo claro que el estilo de su país necesitaba una metamorfosis urgente. De esa tarea se ha encargado, en tiempo récord, un entrenador admirable, Cesare Prandelli. El pedigrí de las selecciones se mide en el número de estrellas que lucen en el pecho. Italia ha logrado cuatro abrazada al catenaccio. Entonces ¿por qué cambiar? ¿para qué evolucionar? Sencillo, por la irrupción de España. Por su demostración de que se puede ganar y también gustar. La squadra azurra ha comprendido que imitar los atributos de los que ganan no es un signo de debilidad, ni de desnaturalizar sus virtudes, sino un signo de inteligencia. Así que, inspirada en el modelo de España, la Italia de Prandelli ha pasado de ignorar a los centrocampistas, a concederles plena autonomía. Hace años habría resultado una herejía que Italia, ganadora compulsiva, abriera la puerta al debate de ganar y gustar. Prandelli se ha atrevido. Esta Italia no desdeña la pelota, la cuida; no acumula zagueros para renunciar al centro del campo, sino que se dedica a repoblarlo; y no es la mejor selección del mundo, pero juega con la confianza de poder llegar a serlo.  No es poco.

Andrea Pirlo sacó su violín y tocó de memoria su partitura. Al son de su música creció el resto del fútbol de su equipo. Alemania nunca tuvo antídoto contra su influencia en el juego. Lo pagó con creces. Pirlo, inspirado en cada pase, descubrió el panettone: La zaga alemana, presuntamente de acero, era de mantequilla. Los italianos, que ya se ganaron el crédito cuando le discutieron la pelota a España en la primera jornada, fueron de menos a más. Antonio Cassano, la leyenda de Fantantonio, sentó cátedra. Hummels, el central con mejor cartel del torneo, acabó masacrado por los amagos de la piraña de Bari. Así llegó el primer puñetazo italiano a la mandíbula de los alemanes. Antonio puso la poesía y Mario cobró los derechos de autor. El segundo gancho al hígado llegó en un misil tierra-aire de Balotelli [Why always me?].  SuperMario, en la suerte de la liquidación, estuvo letal. Demasiado para Alemania, que no tuvo reacción ante la adversidad. Cassano asesinaba la reputación de Hummels, Balotelli maltrataba el orgullo de la Merkel, Pirlo componía su enésima sinfonía y para todo lo demás, para toda contingencia y avalancha alemana, estaba Buffon.  Herida de muerte, Alemania se resistió a morir. A impulsos, a pesar de la intermitencia de Özil, del desastre de Schweinsteiger y del naufragio de Kroos, los teutones intentaron sobreponerse a su histórico fatalismo ante los transalpinos. Italia, con el botín a buen recaudo, decidió pasar al plan B. Dio su pasito atrás crónico para defender la renta, se encastilló para maniatar los avances germánicos y rescató su vieja y siempre efectiva fórmula, matar a la contra, con espacios. Di Natale y Diamanti pudieron hacer una carnicería, pero no acertaron. Un mano dentro del área de Balzaretti (ma che cosa fai?) provocó un penalti. Özil transformó, pero ya era demasiado tarde. Auf wiedersehen Merkel.

Italia desarticuló a Alemania y sacó billete para Kiev con justicia, por calidad con la pelota y por practicidad sin ella. En el primer tiempo, inspirada en la fórmula española,  supo desnudar las miserias alemanasi. Y en la segunda mitad, con la renta a favor, administró la ventaja con su vieja receta: defender y contragolpear con colmillo retorcido. La leyenda italiana volvió a engordar: Alemania jamás ha sido capaz de ganar a los italianos en un partido oficial y España no lo consigue desde los Juegos Olímpicos de 1920. Así es Italia: llega sin hacer ruido, compite como nadie y siempre aparece para defender su ideario y sus cuatro estrellas en el pecho. La final promete: De un lado, Italia, que trata bien la pelota y que además, no desdeña su vieja receta de la pegada al contragolpe.  Al otro lado de la ventanilla, España, que juega como nunca y gana casi siempre. Y que, por cierto, ahora compite tan bien como Italia.

Rubén Uría / Eurosport

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