Rubén Uría

El juego: España ya ha ganado

España, Portugal, Alemania e Italia, los cuatro mejores, en la hora de la verdad. Momento ideal para hablar de ese gran olvidado, el juego.  Españoles, portugueses, alemanes e italianos coinciden en ese punto clave: administran la pelota con criterio, tienen un plan y saben desarrollarlo sin despreciar la pelota. Ninguna de estas cuatro selecciones trata el balón como un bife de chorizo, ninguna renuncia a la posesión y ninguna protege su área con un ojo puesto en la calculadora y el otro puesto en el marcador.  Existen muchos y diferentes modos de jugar, todos legítimos y reconocibles. Grecia ganó una Eurocopa practicando un fútbol defensivo, poco vistoso, donde el fin justificaba los medios. Los helenos lograron triunfar con el estilo que más y mejor convenía a sus intereses, pero los falsos profetas realizaron una interpretación torticera de aquel triunfo:  para ganar hay que jugar mal, ser defensivo, ser práctico, divertirse poco y correr mucho. El tiempo ha demostrado que ese mensaje es una gran mentira. Echen un vistazo a Holanda. Sí, llegó a la final de la Copa del Mundo renunciando al fútbol total de La Naranja Mecánica de los años setenta, echándose en brazos del contragolpe, pero cuando se ha limitado a la cicatería y vivir del error ajeno, ha fracasado con estrépito en esta Eurocopa. En el resultado. Y también en su juego. Se puede ganar jugando mal, se puede vencer defendiendo y se puede conquistar la gloria con un punto de mezquindad, es cierto. Pero jugando así no se puede ganar siempre, ni se puede hacer más grande este juego.  España es la prueba.

La selección española ataca y defiende con la pelota. Ha perdido un gramo de profundidad y un segundo en velocidad de ejecución, pero compite mejor que nadie porque sabe acelerar y desacelerar, maneja diferentes registros y ha sublimado los arcanos del juego de posición. Sin nueve o con nueve, España es el espejo donde se han mirado el resto de selecciones. No, el fútbol de España no es una simple de moda, como la gloria efímera de aquella Grecia tan meritoria como jurásica. Es una fuente de inspiración que ha evolucionado los sistemas de juego, dando un vuelco histórico a los parámetros del fútbol, para cambiar algunos clichés y verdades absolutas que, hasta la irrupción de España, parecían intocables. Como Brasil '70, siempre con la pelota, la selección ha puesto el acento en un fútbol combinativo, asociativo, donde los futbolistas interpretan, de memoria, una partitura. Sí, España ha derribado un muro que durante mucho tiempo fue la coartada perfecta para el resultadismo militante. Sí, se puede jugar bien y ganar. Sí, se puede ganar y gustar. Sí, para no encajar goles no hay que acumular defensas y pegar pelotazos, porque...se puede defender tocando la pelota.

Miren a Alemania. Su versión más sistémica, más física, más marmórea y rígida ha evolucionado hacia un equipo con más armonía, más riesgo, más toque y más paciencia. La ecuación de Löw no sólo mejora las prestaciones germánicas, sino que las mejora. Esta Alemania, antes el imperio del músculo, ahora es un principado de talento. Conserva la esencia de la fiabilidad alemana y su batería de fuego en la artillería, pero ha suavizado su fútbol directo y ahora vive del engaño, del toque, del trato exquisito de la pelota.  Echen un vistazo a Portugal. Una lectura superficial nos revela que es el Cristiano Ronaldo CF y que se siente cómoda dejando la iniciativa al contrario para salir al contragolpe, pero se trata de un equipo que cada vez se maneja mejor con la pelota, que es brillante cuando adelantan línea para arropar su centro del campo y que dispone de un puñado de jugadores con buen pie. Portugal, si logra poner el talento del grupo al servicio del estilo del equipo, como hace España, será la futura dominadora en el Viejo Continente.

Y miren a Italia. Cesare Prandelli, inspirado en el fútbol de España, ha tenido la valentía de hacer un lifting al viejo estilo italiano, varado por ignorar a los centrocampistas, los reyes del fútbol moderno. Durante casi un siglo, Italia, el país del buen gusto en la moda, los zapatos o el vino, siempre apostó por un estilo rapiñador, donde la acumulación de defensas respondía a un telón de acero que escondía su gran virtud, la pegada de sus depredadores del área. Todos los equipos de fútbol tienen un sistema de comunicación propio, un lenguaje con la pelota, una identidad propia y un ecosistema ideal. Con frecuencia, los ojos del mundo identificaron el ADN italiano con un gen competitivo especial, con una defensa mitificada y con una capacidad salvaje para competir y sobrevivir en los momentos clave.  Príncipes de los resultados, los italianos han abrazado el catenaccio como una genética que no enamoraba, pero convencía. Resultados en la mano, Italia siempre fue capaz de imponer su personalidad en todos los campeonatos. Su competitividad, por encima de su talento con la pelota.  Hace unos años habría resultado una herejía que Italia, obsesionada durante años con ganar, abriera la puerta al debate de ganar y gustar. Prandelli, inspirado en el fútbol español, se ha atrevido. Esta Italia no desdeña la pelota, la cuida; no acumula zagueros para renunciar al centro del campo, sino que se dedica a repoblar esa parcela para aliviar a su zaga; no vive del error ajeno, sino que propicia el acierto propio; y no es la mejor selección del mundo, pero juega con la confianza de poder llegar a serlo.

España ha invertido su historia conquistando la Eurocopa y el Mundial,  aspirando a conseguir un triplete inédito en la historia. Pero aunque parezca mentira, su legado es aún mayor. Ha cambiado las reglas del juego, su modo de interpretarlo y su sensibilidad para jugarlo. Algo está pasando cuando los semifinalistas son equipos que responden a un mismo patrón, cuando todos han abrazado una idea, cuando todos están evolucionando hacia el camino que les ha mostrado España. Alemania se ha reciclado, poniendo la pelota por delante del músculo; Portugal ha olvidado sus complejos históricos compitiendo con el balón pegado al pie; y también Italia, hasta hace días aferrada al catenaccio, está jugando un fútbol tan aperturista como contracultural. Es posible que España no gane esta Eurocopa, pero todos tratan de imitar su estilo de juego, todos la admiran y todos se esfuerzan en clonar su fútbol. No hay gloria ni prestigio más inmortal que ese. España ya ha ganado .

Rubén Uría / Eurosport

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