Rubén Uría

El juego limpio que señala el camino

Es inadmisible que Andrés Iniesta se haya ofendido por las palabras de Pepe. Nadie debería sentirse así después de escuchar la verdad de boca de uno de los mejores centrales del mundo, que jamás ha lesionado a nadie y al que le hacen más faltas de las que recibe. No hay profesional del fútbol, aficionado o  periodista deportivo incapaz de reconocer  la decisiva contribución del portugués al juego limpio. Resulta indignante que la FIFA no se haya decidido a lanzar una campaña de promoción sobre el 'fair play', inspirada en los valores de este magnífico deportista, empeñado en honrar el himno del Real Madrid como noble y bélico adalid, caballero del honor. Tampoco se sostiene que el jurado de los Premios Príncipe de Asturias no tuviese en cuenta la inmaculada candidatura de Pepe, muy superior a la integrada por Casillas y Xavi. Ellos rebajaron la tensión de esos clásicos donde Pepe se empeñó en repartir paz y amor en cada partido. No se entiende el premio.

Resulta triste comprobar que hay una legión de conspiradores empeñados en destruir la intachable reputación de Pepe, lo más cercano a la reencarnación del espíritu pacífico de Rigoberta Menchú en pantalones cortos. Hay quien intenta culpabilizarle de acciones en las que él se ha comportado de manera impecable. En su día, ante el Lyon, algunos quisieron embarrar el currículum de El Santo Niño del Remedio. Primero Lissandro se permitió el lujo de colocar su cráneo al alcance de la rodilla de Don José y acto seguido, como un saco de patatas, se dejó caer al suelo, fingiendo de manera despreciable. Más tarde llegó el turno de  Cissokho, un jugador que tiende a sufrir episodios lamentables de enajenación mental transitoria. Sólo así se puede definir su acto lamentable de poner la cara cerca de los tacos de Pepe, un prodigio de la naturaleza a la hora de persuadir sin violencia gratuita.

Peor fue la campaña orquestada que tuvo que soportar Pepe ante el Getafe. Aquel día Casquero se desmayó en el área y el luso, en aras del juego limpio, solícito cuando se trata de cumplir con el reglamento, trató de incorporarle con suavidad. Lo hizo pateándole de manera reiterada, pero con una educación exquisita. Intentaba engañar al colegiado y quería provocar al público del Bernabéu, así que Pepe, cum laude en pedagogía, le hizo recapacitar a base de puntapiés. Como su dulce terapia no funcionó y Casquero le pareció un mal paciente, el portugués insistió increpándole, mientras trataba de incorporarle, de manera amable, estirándole del pelo. Alarmado por la situación, Albín, un jugador con fama de violento, acudió a su altura. Y Pepe, con su diplomacia habitual, se prestó al diálogo. Fue entonces cuando Albín propinó un mandibulazo cobarde a la mano del portugués. El árbitro decidió expulsar, de manera cobarde e injustificada, a Pepe. Qué escándalo. Hubo quien intentó culparle por su capacidad para hacer amigos de manera cordial, pero toda España pudo ver que lo magnánimo que es Pepe que, con una ternura envidiable y una sinceridad aplastante, pidió perdón y volvió a los terrenos de juego con espíritu renovado.

La persecución a este eterno opositor al Nobel de La Paz no acabó ahí. Más tarde volvió a ser objeto de insidias por un lance con Messi. A pesar de esa consigna tierna que se suele escuchar desde las tripas del sector radical del Bernabéu ('Pepe mátalo, Pepe mátalo, Pepe mátalo'), el central quiso convencer al argentino de que quedarse en el suelo era impropio en un partido de guante blanco. Espoleado por su defensa del juego limpio, se acercó a su posición y entonces, ocurrió...Sin venir a cuento y de manera premeditada, Messi colocó la mano debajo de los tacos de la bota de Pepe, que simplemente pasaba por allí. Lo más despreciable fue ver cómo el 10 del Barça se retorcía en el suelo, cuando Pepe ni siquiera había hecho realidad aquello que le pedían desde la grada. Sólo se había limitado a entregarse en cuerpo y alma por su club.  Y alguien, con muy mala intención, había colocado una mano en su camino. Así es Pepe, el Santo Niño con el tres a la espalda. Un tipo que se coloca el primero de la fila para llamar teatreros a los demás y que se presenta en sociedad como el último a la hora de pegar patadas. Su juego limpio señala el camino.

Rubén Uría / Eurosport

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