Rubén Uría

Los límites del Atlético de Simeone

Hasta dónde puede llegar este Atlético. Esa es la interrogante que se preguntan los aficionados.  La tribu colchonera disfruta y abraza el catecismo de Simeone. Ha convertido un ejército de zombis sin confianza en una tropa decidida a morir en el campo. Como si no hubiese un mañana. Abrazado a esa actitud combativa, el Atlético asoma como un equipo donde el esfuerzo no se negocia. Sabe a qué juega, cómo competir, cómo golpear y cómo sufrir. Este no es aquel Atlético que entraba en proceso de autodestrucción, que hacía el ridículo en esos campos de Dios, ni aquel desorden permanente, ni aquel conjunto incapaz de superar la más mínima adversidads. Es justo lo contrario. Se ha vertebrado en una defensa firme, se ha hecho sólido con un centro del campo intenso y tiene una maza en Radamel Falcao. Simeone no es amigo de posesiones eternas, escoge el contragolpe y alimenta motivaciones guerrilleras. Su única asignatura pendiente pasa por saber cómo manejar la pelota cuando el resultado es apurado y su equipo necesita gobernar el ritmo del partido. Quizá Oliver Torres sea la respuesta a esa cuestión. En cualquier caso, el Atlético se mueve como un solo hombre. Sin la pelota es una falange romana. Con ella, una lanza. El Atlético no es el mejor equipo de la Liga, pero juega como si lo fuera.

Volvamos a la pregunta inicial: ¿cuál es el límite de este Atlético? ¿Está para entrar en Champions, para disputar la Liga, para ser una alternativa seria a Barcelona y Madrid o simplemente, es flor de un día? Resulta imposible diagnosticar dónde acabará este equipo, pero para calibrar sus posibilidades, hay que partir desde la realidad. El Atlético tiene una plantilla algo corta, le faltan una pizca de calidad y no tiene el fondo de armario de azulgranas y merengues. Procesadas estas cuestiones, resulta curioso comprobar diferentes profecías que pronostican el derrumbe del Atlético. En la prensa, desde hace años, se condena al equipo del Manzanares a ocupar menos espacio que la sopera de Cristiano Ronaldo o la manta del Barça. Partiendo de esa triste realidad, la opinión pública lanza diferentes reproches hacia los rojiblancos: la famosa condición de pupas, que no da la talla ante el Real Madrid o que el equipo siempre es aspirante a todo en septiembre y candidato a nada en diciembre. Como si el pasado fuese una losa irreversible, como si ganarle al Real Madrid fuera un título oficial, como si el Atlético no hubiese ganado dos títulos europeos consecutivos, como si la reputación de los rojiblancos se hubiese logrado en una feria de pueblo, en el tiro al blanco, con el premio de una muñeca chochona.

Es posible que los profetas del apocalipsis vuelvan a salirse con la suya, o que la euforia desmedida de los atléticos — un vicio crónico de sus aficionados-, acabe pasando factura. Nadie se asombraría si el límite de este equipo fuese la tercera plaza. Y nadie se rasgará las vestiduras cuando pierda un par de partidos. No sería una sorpresa que el Atlético volviese a caer ante el Madrid, o que saliese goleado ante el Barça. Ahora bien, los atléticos, que antes de que llegaran los Gil presumían de ser un grande de Europa, no son ciegos. Tienen ojos y ven, en cada partido, cómo ha cambiado su Atleti. La metamorfosis rojiblanca ha sido brutal. Ha recuperado su genética del contragolpe y parece preparado para cualquier guerra. Moleste o no, este Atlético se está ganando el crédito día a día. Con Falcao y sin él, es un equipo, en toda la extensión de la palabra. Se le puede menospreciar, de hecho está ocurriendo, pero no se le puede juzgar por algo que aún no se ha producido. Veremos de qué está hecho el Atlético cuando lleguen citas de más altura, pero hasta ahora merece reconocimiento, no una catarata de dudas.

Para llegar a su estatus actual, el Atlético ha salido de su manicomio habitual. Ha bastado con que sus ilegítimos propietarios hayan contratado a un entrenador serio, que no se casa con nadie, en vez de a obedientes y manejables pagafantas a sueldo. Y ha sido suficiente con que Gil y Cerezo Demoliciones SA, no se hayan dedicado a desmantelar el equipo en verano. Del resto se ha ocupado Simeone, un mito del club que agiganta su leyenda. Como jugador protagonizó episodios censurables, fue un ganador impenitente, un animal competitivo y un símbolo para la hinchada. El Simeone entrenador es mucho más. Ha resucitado los valores deportivos del equipo, ha levantado la autoestima del grupo y ha atemperado sus formas, siendo un técnico de discurso firme y de formas impecables, hasta elegantes. Nadie podrá discutirle a este Atlético que, como reza su himno, no es el mejor, pero pelea como si lo fuera. Ese himno que se sabe de memoria su afición y que, después de años de letanías y desmanes en el palco, recita con más orgullo que nunca. Hay quien reniega del Atlético porque es más cómodo seguir relegándolo a un espacio residual en los periódicos. Y hay quien echa los pies por alto pensando en que este año se reeditará el doblete. Lo único cierto es que este Atlético es un estado de ánimo. Y en fútbol, como en la vida, el estado de ánimo lo es todo.

Rubén Uría / Eurosport

Últimos posts

Blogs destacados