Rubén Uría

Lugares comunes del Atlético

El Atlético sigue de fiesta. Existe más afán de venta que realidad en la comparación entre el equipo del doblete y la versión actual de la tropa de Simeone. Aquel equipo tenía más talento, más posesión, más capacidad para masticar la jugada y más riesgo porque su principal seña de identidad era la defensa adelantada, para jugar en campo contrario. Al equipo de El Cholo se le reconoce por un patrón de juego opuesto. No gobierna el juego,  no prioriza la posesión de la pelota y no cuenta con jugadores tan brillantes en la fase de creación de juego. Sin embargo, el ideario de Simeone responde a la genética histórica que implantó Luis en su día: actitud, agresividad, presión agobiante y contragolpe eléctrico. Menos estético pero más comprometido, menos pop pero mucho más heavy, este Atlético sí encuentra un nexo común con aquel conjunto que logró Liga y Copa. Se trata de la estrategia, de la pelota a balón parado. Si Milinko Pantic fue el brazo ejecutor de los esquemas de Radomir Antic, en este Atlético Simeone ha puesto el acento en la imperiosa necesidad de imitar esa cualidad. Para muestra, un botón: los últimos cinco goles del Atlético han sido producto de pelota parada. Un lugar común de aquel espíritu del 96.

Al margen de Falcao — el hombre se preguntó que podía mejorar y ahora también se atreve a lanzar y marcar de falta directa-, Simeone tiene en nómina a Koke, Gabi, Cebolla y Emre, especialistas consumados en una suerte en la que su entrenador ve una mina de oro. De ahí que el técnico argentino haya querido heredar de Antic la compulsiva obsesión por perfeccionar a sus lanzadores en cada sesión de entrenamiento. Ejecutar bien las faltas es aumentar el índice de ocasiones para marcar. Así que, por ahí, a pelota parada, el Atlético construyó su triunfo ante un rival menor, el Académica. El Cholo alineó a su segunda unidad para mantener fresca la base del equipo para la competición doméstica. Los no habituales firmaron un primer tiempo laxo, casi plomizo, y una segunda parte aceptable, donde plasmaron su superioridad con un punto más de agresividad. Y por supuesto, con un porcentaje de acierto brutal a balón parado. Diego Costa abrió la lata después de un saque de esquina. Más tarde llegó el turno de Emre, cuya estatura es inversamente proporcional a su calidad. Falta directa al borde del área, en territorio Pantic. Y allí donde Milinko era letal, el otomano guiñó el ojo, colocó la pelota, armó la pierna y la mandó a guardar colocándola en la escuadra. Una paloma voló por el ángulo.

En los instantes finales, llegaría el gol en fuera de juego de Cisse, que apuró al Atlético más de la cuenta y que provocó el murmullo del público. En otro tiempo, el Atlético habría hecho oposiciones al suicidio, pero ese sentimiento agónico, desde la llegada de Simeone, está enterrado en las catacumbas. Ya forma parte de la prehistoria. Con un rendimiento matrícula de honor (Chelsea), sobresaliente (Athletic), notable (Málaga), aprobado (Rayo) o incluso suspenso (Viktoria), la inercia del Atlético es demoledora. El Atlético, con un presupuesto lejos del Top-10 europeo, acumula estadísticas impresionantes: 21 partidos consecutivos sin perder, 22 encuentros encadenados marcando, 11 victorias seguidas y un entrenador, Simeone, que cuenta todos sus partidos europeos por victorias. Aún está por ver el techo de este equipo. Faltan demasiados obstáculos para poder calibrar su tope y conocer su límite. Pero nadie podría dudar de que, desde la llegada de Simeone, este Atlético es otro. Conviene no subestimarlo por si encuentra más lugares comunes con aquel magnífico equipo del doblete que cimentó su leyenda en el maná de la pelota parada.

Rubén Uría / Eurosport

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