Rubén Uría

El Madrid reclama el trono del Barça

Cumpliendo, punto por punto, todas las secuencias y el desenlace del guión perfecto soñado por José Mourinho, el Madrid hizo volar por los aires la hegemonía del mejor Barça de la historia en el escenario donde más sufrió la dictadura de Messi. Sobresaliente en táctica y esfuerzo, notable en puntería y oficio, el Madrid se sacudió sus complejos y rompió una racha negativa que había amenazado seriamente el Estado de Bienestar del madridismo. Después de una decena de partidos humillado, el equipo madridista selló su título de Liga con grandeza, llevando el choque al terreno que más le convenía, el de un ida y vuelta frenético donde siempre tuvo un gramo más de fuerza que su rival. Tuvo más presencia física, más decisión en cada pelota dividida, más empaque en su ideario de juego — tanto para el repliegue como para la ofensiva- y  más puntería de cara a gol, su principal virtud. El equipo local, el de la geometría, la seda, la hipnosis, la combinación en un sello postal  y la aceleración de Messi, rubricó una actuación más que discreta. Ni tuvo el vuelo de las grandes ocasiones, ni estuvo matrimoniado con las musas, ni gozó de esa pizca de fortuna que buscó, siempre, con más desesperación que fútbol.

El mejor Madrid de los últimos años se olvidó de la histeria colectiva, de la conspiración y de sus excusas de mal pagador, para desplegar el potencial de fuego de un equipo que abraza, de manera justa y merecida, un título. Un campeonato que debería servir para rearmarle y creer que a la institución, a pesar de quien pese y se llame como se llame, le sienta mal no intentar jugar bien. Con ambición, determinación y autoridad, el Madrid manejó mejor los tiempos de un partido donde brilló en el primer y el último tramo, sufriendo tras el descanso, el periodo donde cedió iniciativa y balón a un Barça, hasta entonces tan desactivado como desconocido. El equipo de Mou, el de los récords, las estadísticas y el saco de goles de sus dinamiteros, conquistó el Camp Nou para romper la supremacía de un Barça que, desde hace tres años y medio, le había condenado a sentarse en del diván del psiquiatra.

Khedira, a la salida de un saque de esquina, pegó el primer puñetazo encima del verde tapete del Camp Nou y coloreó el primer parcial de blanco. Alexis, suplente de inicio, prendió la mecha del empate y espoleó a los suyos. Cristiano, el de los gestos, las autoproclamas y los misiles tierra-aire, volteó el partido cuando la tropa de Guardiola, irreconocible y desfigurada, parecía reencontrarse. Con el signo del partido en el aire y todo por decidir, Özil, el violinista sobre el tejado de Mou, dibujó un pase de tercipelo para el portugués que, en carrera, superó a Mascherano, quebró a Valdés con el cuerpo y le superó con tanta sangre fría como aplomo. El gol hacía volar por los aires la esperanza culé. Era una sobredosis de endorfinas para el madridismo. Para esto, y no para meter dedos en ojos ajenos, fichó el Madrid a Mourinho. Para ganar con autoridad. Y al Barça.

De ahí hasta el final, el Madrid se dio el gustazo de invertir los papeles de los últimos clásicos: cedió el rol de la impotencia al Barça y él, firme y sólido, se regaló el de campeón virtual. En el duelo particular, la balanza también se inclinó: Cristiano asumió el papel de Terminator vestido de blanco y Messi, el marciano que, dicen, nació en Rosario, abandonó su rol celestial para ofrecer su versión más terrenal e inocua.  Fatigado, desconectado y por momentos, desnortado, el Barça cedió ante un Madrid que reventó una plusmarca propia de una misión imposible. El Barça llevaba lleva 54 partidos sin perder en el Camp Nou y fue el Madrid, caprichos del destino y premio para su esfuerzo, el que logró poner una pica en casa del, hasta ahora, mejor equipo del mundo.

El Madrid, por fin, podrá darse la satisfacción de degustar a un equipo que, sin árbitros e historias para no dormir, se ha demostrado que puede competir con cualquiera. El título será blanco. El futuro inmediato medirá de qué tamaño son las cicatrices del perdedor, porque el Barça está obligado a suturar sus heridas en la Champions y levantarse de un golpe anímico brutal. También medirá el nivel de ambición de un Madrid que, reforzado por su victoria más dulce, con sabor a título y en casa de su máximo rival, aún conserva la bala de plata de La Décima, el santo grial que persigue el madridismo, que hoy dormirá a pierna suelta. Tiene motivos: sin complejos, su equipo aspira al trono del Barça.

Rubén Uría / Eurosport

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