Rubén Uría

¿Qué hacer con Mourinho?

...Esa es la pregunta que martiriza a Florentino, un presidente que no está pecando de intervencionista y que, hasta la fecha, se limita a una función de observador, de casco azul de la ONU, de autoridad contenida en la sombra. Con la incertidumbre de la Copa y el sueño de la Décima aún intacto, el presidente se siente profundamente disgustado con las disputar internas, los pulsos a través de los medios de comunicación y ese ambiente cainita que envuelve la actualidad del equipo. A incendio nuevo por día, el presidente considera que la situación deportiva aún tiene solución, aunque está más confundido e irritado que nunca. Sobre todo, cuando ve que su equipo se encuentra a años luz del Barça (16 puntos), una situación que agrava aún más la retranca de verse por detrás del vecino, el Atlético (a siete). Números que le atormentan, que le parecen inadmisibles para el nivel de su plantilla.

Hasta la fecha, Florentino Pérez trata de mantener la prudencia, arropar a los jugadores y no desautorizar en público a su entrenador, con la esperanza de que la tormenta escampe y que la situación pueda reconducirse. Con tacto y unidad, el Real Madrid está obligado a hacer un torniquete para frenar la hemorragia y conseguir parecerse a aquel campeón devastador que sometió al mejor Barça de la historia el curso pasado. Florentino confía en que, por el bien de la institución, entrenador y jugadores tengan la suficiente madurez profesional como para olvidar sus disensiones, para centrarse en el bien común de la institución. Aún queda suficiente campeonato, hay vida en Copa y por supuesto, está el sueño de la Décima. Por eso Florentino aún no se plantea tomar decisiones drásticas.

Al apostar por José Mourinho, Florentino acalló a sus críticos, acabando con su fama de presidente triturador de técnicos. Fichó al portugués otorgándole plenos poderes, le concedió plena autonomía, rediseñó las estructuras del club a su gusto y no le tembló el pulso a la hora de sacrificar a Valdano cuando se le exigió. Tuvo que elegir y eligió. Se pudo del lado de Mou en cada conflicto o en cada polémica. Lo que Mourinho hacía o decía era madridismo. Así fue cuando redefinió el señorío, cuando zanjó el debate de los valores o cuando se trató de decidir qué imagen debía proyectar una institución centenaria. Florentino se ha identificado – incluso mimetizado- tanto con el portugués que si acaba echándole, será como pegarse un tiro en el pie. Si le despide, será asumir, públicamente, su error. Las urnas están a la vuelta de la esquina y el presidente sabe, por propia experiencia, que las decisiones traumáticas también tendrán un impacto en el liderazgo que ostenta en el club. De ahí su espera.

Florentino mantiene una relación personal cordial con su entrenador, confía en su valía y está convencido del potencial de su plantilla. No obstante, empieza a estar agotado de los permanentes incendios que envuelven en llamas al Real Madrid cada semana. Un día son los árbitros, otro el calendario, más tarde la prensa, luego el entrenador del filial, otro el problema se llama Sergio Ramos, al siguiente es Casillas y mañana Dios dirá. Una dinámica de turbulencias para quien necesita estabilidad. Cuando fichó al portugués, Florentino sabía que era un experto en solucionar problemas al mismo tiempo que los creaba, pero el almíbar de las victorias frenaba cualquier conflicto. Ahora, cuando las derrotas se acumulan,  sospecha que debió limitar el poder de un entrenador magnífico,  pero devorado por la prótesis y los excesos verbales de quien se comporta como una suerte de Risto Mejide en chándal. La solución final al futuro de Mou será tan vieja como el fútbol: será hijo de los resultados. Si pierde, Florentino se sentirá legitimado para proceder a su despido. Si gana, habrá abrazo y manos libres para el luso en junio.

Rubén Uría / Eurosport

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